Perplejos

10 / 08 / 2016 Alfonso Guerra
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Ante la situación de perplejidad autóctona en España tras dos elecciones generales, va creciendo el número de nostálgicos de aquel denostado bipartidismo.

Los europeos han sido sacudidos en los últimos meses por sangrientos atentados que han extendido el miedo y la indignación. El terrorismo individual, dispuesto a morir, es difícil de combatir, pero no se le vencerá con acciones que respondan a la norma de lo políticamente correcto. Tras una matanza, la conciencia colectiva (es una metáfora) se tranquiliza con flores, velas, mensajes de amor y ositos de peluche, pero sabemos que es una respuesta inútil para el combate contra el terror.

Es frecuente que tras los atentados terroristas muchos se empeñen en desligarlos de las ideas islamistas, pero la realidad habla por sí sola. Los autores de los atentados serán nacidos en Francia, Alemania, Bélgica o Inglaterra pero todos tienen orígenes en Túnez, Irán, Marruecos, Afganistán y matan bajo el grito de “Alá es grande”. Se quiere negar la evidencia porque se vive con mayor tranquilidad de conciencia, pero los enemigos de la democracia y la libertad van ganando terreno, sembrando con su odio el miedo, el terror.

Los nuevos sistemas de comunicación, de manera especial las redes sociales, están facilitando que sean muchos los que adquieran un poder de influencia que si no está ordenado democráticamente se resuelve a favor de la demagogia y la mentira. Basta con pensar en la insólita experiencia del referéndum acerca de la permanencia del Reino Unido en la UE, el brexit. Son ahora muchos los que se arrepienten de una decisión que fue adoptada libremente por los ciudadanos, pero que no reunía las condiciones mínimas democráticas para garantizar que el voto fuese verdaderamente libre, pues solo conociendo el significado y las consecuencias del acto de votar puede hablarse de libertad.

Los europeos están perplejos ante los últimos y reiterados atentados que responden más a una guerra terrorista, global, tecnológica y religiosa (Giovanni Sartori). Después de aceptar a regañadientes que la seguridad imponía la “necesidad” de pérdida de libertad, expresada en la vigilancia de todos, en las escuchas de conversaciones telefónicas, de lectura de mensajes vía Internet, los ciudadanos comprueban alarmados que no sirve para la seguridad sino solo para la violación de la intimidad. Algunos de los autores de las matanzas terroristas estaban fichados por la Policía, incluso uno de ellos, el que degolló al sacerdote en el norte de Francia, estaba “vigilado” permanentemente con una pulsera electrónica. El fracaso de los servicios de inteligencia y del control de los sistemas policiales causa una enorme perplejidad en los europeos.

En España se añade una situación de perplejidad autóctona. Dos procesos electorales no han sido suficientes para que los partidos políticos, vehículo de conformación de la voluntad de la sociedad, alcancen una fórmula de gobernación que se ocupe de los problemas de una sociedad que vota y ve que sus votos no tienen una correlación política posterior.

Constatado que no es posible un Gobierno alternativo al del partido que ha obtenido mayor número de votos y de escaños, y considerando que no resulta mínimamente serio descargar otra vez (tres ya) sobre los electores la solución del conflicto que paraliza la vida política, los partidos deberían ejercer un acto colectivo de responsabilidad absteniéndose ante la investidura del partido que tiene la minoría mayor. Conscientes de que el dirigente del PP no ha hecho, ni piensa hacer, nada para lograr el apoyo de otros partidos, no ha ofrecido ningún programa de Gobierno y se limita a decir compungidamente que nadie quiere hablar con él, los dirigentes de las otras fuerzas políticas podrían abstenerse todos y sería posteriormente en cada proyecto gubernamental cuando podrían ejercer su posición conjunta mayoritaria. Es decir, que la abstención de todos no supondría dar carta blanca al Gobierno conservador, pues su posición en la Cámara le obligaría a acordar los proyectos que quiera sacar adelante.

¿Por qué no lo hacen? Porque el encanallamiento a que ha llegado la política española y los hooligans de algunos en la prensa han logrado hacer pasar como normal que un acto de responsabilidad se considere un acto criminal. Unos y otros se observan para ver cuál es el primero en adoptar una posición responsable para caer sobre él criminalizándole. Otros, conscientes de su deber histórico, no se atreven a dar el paso porque prensa y políticos caerán sobre ellos.

Mientras tanto, los ciudadanos asisten a un disparatado juego en el que todos saldrán perjudicados. El espectáculo que dan algunos con sus declaraciones públicas hace pensar que creen que los electores padecen algún tipo de idiotismo. El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, amenaza con modificar su posición –de abstención a voto contrario–si observa algún tipo de negociación del PP con los nacionalistas. ¡Pero si su grupo se ha beneficiado ya de esa negociación! Han obtenido dos puestos en la Mesa del Congreso de los Diputados gracias a la negociación con los nacionalistas, gracias a los votos de los nacionalistas. Y en una finta que evidencia una completa incomprensión de nuestro sistema político impulsa al Rey a involucrarse en las decisiones políticas.

El dirigente de Izquierda Unida, Alberto Garzón, junto con algunos de Podemos, se esfuerza en empujar a Pedro Sánchez a intentar un Gobierno alternativo, porque los números de los diputados lo permitirían, ¡pero si ya lo intentó en marzo y votaron en contra de Sánchez! Es una hipocresía malsana que crea hastío y desaliento en los ciudadanos, deseosos de que los políticos cumplan su función y abandonen la campaña electoral cuando esta ya ha terminado y se conoce la voluntad del electorado.

Desde el PP se declara que Mariano Rajoy está trabajando incesantemente para lograr un acuerdo con los otros partidos, pero desconocen en qué consiste ese trabajo. La impresión que tiene la mayoría es que el político conservador se cree con un derecho natural a ser investido sin que sea preciso acuerdo alguno. Esta posición queda corroborada con la extraña teoría que exponen sus portavoces. Consideran “un teatrillo”, “un circo” que Rajoy pueda acudir a un debate de investidura si no tiene previamente asegurados los votos. Así, se podría evitar la votación de investidura; bastaría que le comunicaran, previamente, que cuenta con su apoyo.

Tan absurdo planteamiento hace dudar de la concepción democrática de un partido que gana las elecciones pero que no sabe qué hacer con los resultados. Ante esta situación va creciendo el número de nostálgicos de aquel denostado bipartidismo.

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