Pasiones políticas
La mayor parte de las decisiones políticas se toman por motivos no conscientes, emocionales, por lo que es urgente conocer cómo trabaja realmente nuestro cerebro.
La agitada política internacional me hace retomar un tema que estudio intermitentemente: las pasiones políticas. Resulta difícil definirlas, porque pueden entenderse de tres maneras. 1. Pasiones políticas en sentido estricto son aquellas que nacen de la misma estructura política de la convivencia, por ejemplo, el patriotismo, el nacionalismo, la afiliación a un partido. 2. Pasiones que afectan al ser humano en cualquier circunstancia, pero que pueden tener como desencadenante un hecho político. El papel de la indignación, de la compasión, del orgullo, del resentimiento o del odio en movilizaciones políticas es evidente. La pasión del poder –que es ubicua– puede convertirse en pasión por el poder político. El ansia de libertad puede concretarse en la lucha por la liberación política. 3. La utilización política de grandes pasiones humanas, como la venganza, la sumisión, el miedo, la envidia o el sexo.
La pasión es una realidad controvertida. Es una emoción intensa, duradera, que puede monopolizar la mente de una persona o de una colectividad, y que despierta enormes energías. De ahí su ambivalencia. Por una parte, la pasión puede cegarnos; por otra, sin pasión no se puede hacer nada importante. Esto sucede también en las políticas. George Lakoff, un distinguido psicólogo y lingüista de la Universidad de Berkeley, ha publicado The Political Mind, un libro cuyo subtítulo es Por qué usted no puede comprender la política americana del siglo XXI con un cerebro del siglo XIX. La mayor parte de las decisiones políticas, afirma, se toman por motivos no conscientes, emocionales, por lo que es urgente conocer cómo trabaja realmente nuestro cerebro cuando se ocupa de esos asuntos.
Desde hace muchos años, los psicólogos estudian lo que denominan “estilos de atribución”. Simplificando mucho: unas personas piensan que ellas controlan su comportamiento, mientras que otras piensan que es el entorno social el que determina el comportamiento de los individuos. Los primeros suelen tener preferencias políticas liberal-conservadoras, mientras los segundos suelen tenerlas socialistas.
Drew Westen, un psicólogo político de la Universidad de Emory, ha publicado The Political Brain, un libro cuyo subtítulo es El papel de las emociones en el destino de una nación. En 2004 comenzó una investigación para saber cómo funciona el cerebro de los miembros de un partido. Llegó a la conclusión de que pocas personas se afilian tras un proceso racional. Sucede en política algo parecido a lo que John Maynard Keynes detectaba en el mundo económico. Creía que su complejidad e imprevisibilidad hacía que muchas decisiones fueran tomadas por los animal spirits, es decir, por las emociones. Años después, el psicólogo Daniel Kahneman ganó el premio Nobel de Economía por decir lo mismo. La política pulsional ha jugado una mala pasada a Grecia. Espero que aprendamos.



