Normandía

17 / 09 / 2015 Fernando Savater
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El diálogo y la tolerancia están muy bien, pero no podemos olvidar que lo que acabó con el nazismo y devolvió la libertad a Europa fue el desembarco de Normandía

Ya sabemos que ningún suceso puntual puede convertirse en base para una vasta generalización o una teoría que lo explique todo a poco precio. Pero a veces hay episodios circunstanciales en los que es casi inevitable ver algo así como una metáfora de la sociedad, la historia o lo que ustedes quieran. Es un atajo indebido y me excuso por tomarlo pero, qué quieren, todos tenemos momentos de iluminación o debilidad, lo que prefieran.

La detención del supuesto terrorista en el tren francés entre Ámsterdam y París me parece una especie de precipitado de la Europa en que vivimos y los peligros que la amenazan. No hace falta que les recuerde los detalles: un individuo armado con un Kalashnikov y otros instrumentos mortíferos en un tren en que viajaban más de medio millar de pasajeros, con la disposición inmediata de empezar a disparar y reducido in extremis por cuatro viajeros, tres militares americanos de paisano y un inglés entrenador de rugby. Mientras ellos actuaban contra quien tiene todos los boletos para ser considerado un terrorista y no un pobre ladrón que intentaba robar para sacar del hambre a su familia (como pretexta el inculpado), los empleados del ferrocarril y otras personas que debían haberse considerado concernidas por la seguridad del convoy se habían encerrado lo más lejos posible del conflicto, tras una puerta con sus cerrojos convenientemente echados, y en esa prudente clausura decidieron aguardar heroicamente hasta que se despejase la situación. Si no llega a estar allí el equipo voluntario anglosajón de intervención rápida, la Policía supone que el sospechoso, un islamista radical, podía haber incendiado un vagón con la gasolina que también llevaba y después disparar a mansalva causando una de esas matanzas a las que mal que bien nos vamos acostumbrando... escalofriantemente.

Ante esta amenaza del terrorismo islámico, que ya es indudable en Europa aunque aún mucho peor en diversos países de mayoría musulmana, nuestros gobernantes muestran a menudo una actitud demasiado conservadora, que recuerda un poco a la de los encargados del tren francés. La capacidad institucional suele intervenir más bien tarde, cuando lo irreparable ha ocurrido ya, y el justificado deseo de no vulnerar las libertades individuales que tanto nos enorgullecen desemboca en una pasividad que puede llegar un día a lograr que los ciudadanos detesten sus libertades que tan vulnerables lo hacen y acaben votando a quien les pida renunciar a ellas a cambio de mayor seguridad. Y mientras, parece que todos esperamos que vuelvan a salvarnos unos americanos sobre cuya rudeza y falta de sofisticación hacemos chistes pero en cuya decisión bélica confiamos... mientras nos refugiamos tras la puerta blindada para no padecer el tiroteo.

Porque el diálogo y la tolerancia están muy bien, claro, y también el respeto a las garantías constitucionales y la prudencia antes de vernos envueltos en conflictos militares complejos y de resultado dudoso a corto o medio plazo. Pero en el fondo ninguno podemos olvidar que lo que acabó con el nazismo y devolvió la libertad política a los europeos fue el desembarco de Normandía.

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