Más destruido que partido
La recuperación del PSOE como partido de gobierno exige la previa y definitiva superación de su indefinición ideológica y su evidente contradicción organizativa
La destrucción del Partido Socialista va mucho más allá del retroceso que experimenta la socialdemocracia en toda Europa, y hunde sus raíces en una historia de divisiones internas, indefinición ideológica y errores organizativos. Desde su complicidad con la dictadura de Primo de Rivera, pasando por su protagonismo en la Revolución de 1934 y su incapacidad para colaborar con las fuerzas moderadas en defensa de la República en 1936, el recorrido del socialismo español deja mucho que desear. Tras la muerte de Franco, el sólido liderazgo de Felipe González abrió un paréntesis socialdemócrata que no llegó a transformar las entrañas de su partido. En buena medida, el felipismo fue solo un espejismo que distorsiona la dura imagen del socialismo español. La tensión entre un radicalismo con aromas revolucionarios y el pragmatismo socialdemócrata, entre el centralismo histórico de cualquier izquierda nacional y el autodeterminismo táctico de los oportunistas, entre el europeísmo occidentalista y un tercermundismo neutralista renace con fuerza una y otra vez en el PSOE. No deja de sorprender que aún hoy el artículo 3 de sus Estatutos proclame la plena vigencia del Programa Máximo, de inequívoca factura marxista.
A esta indefinición ideológica añade el PSOE una evidente contradicción organizativa. Su estructura interna de carácter federal casa mal con la apelación al voto directo de las bases; o se es una federación de organizaciones territoriales o se otorga el poder de decisión a los militantes. Las primarias son una fuente inagotable de conflictos cuando se utilizan para contraponer dos legitimidades distintas y eso es lo que ha ocurrido desde que en 1998 Joaquín Almunia, elegido por la estructura del partido, fue derrotado por Josep Borrell, aupado por los militantes. La lista de las primarias es una sucesión de fracasos internos y electorales. Cuando ahora Javier Fernández antepone la convocatoria del Consejo Político Territorial, feudo de los barones, al Comité Federal, y al mismo tiempo descarta cualquier acuerdo con fuerzas independentistas, no está intentando nada más que volver a las posiciones ganadoras de los ochenta.
La recuperación del PSOE como partido de Gobierno exige la previa y definitiva superación de todas estas incongruencias. Una defensa inequívoca de la igualdad entre todos los españoles reclama rechazar de plano cualquier tipo de consulta soberanista y oponerse a fórmulas de financiación o de distribución de competencias que inevitablemente conllevan la ruptura de la solidaridad entre los ciudadanos. Una plena vocación europea y occidental hace necesario afirmar la confianza en el individuo, la propiedad privada, la economía de mercado y la estabilidad presupuestaria, dejando definitivamente a un lado cualquier fundamento marxista por retórico que sea. Y la búsqueda de la eficacia organizativa les debería llevar a elegir entre personas y hectáreas, sin más confusiones.
La mejor garantía de que no habrá elecciones en diciembre la ofrecen las tres docenas de diputados sanchistas que pondrían en peligro sus escaños si la nueva dirección tuviese que confeccionar unas nuevas candidaturas. El PSOE tendrá tiempo para poner su casa en orden, diferenciarse de sus competidores de izquierda y reconciliarse con el núcleo central de la sociedad española. Que lo sepan hacer conviene a todos.



