Los fugitivos

15 / 10 / 2015 Fernando Savater
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Si descuidamos por egoísmo mal entendido una intervención económica y política, no podremos quejarnos de los problemas de una inmigración en perpetuo crecimiento

La clarividencia de Hannah Arendt ya profetizó que nuestro época iba a ser la de las multitudes de exilados, huyendo de sus tierras de origen empujados por las guerras, la xenofobia, la miseria y la falta de oportunidades cívicas, las hambrunas, las tiranías. Ya no cabe duda de que vivimos plenamente inmersos en ese tiempo atroz. Cientos de miles de personas buscan asilo y esperanza en nuestros países desarrollados y democráticos cuya tentadora promesa conocen por imágenes que se difunden por todo el planeta. Bien sabemos, desde luego, que nuestro sistema dista de ser perfecto, plenamente justo e igualitario. Pero esa muchedumbre irresistible de fugitivos, a la vez desesperados y llenos de ilusiones, nos recuerda la relatividad de los males que nos aquejan y las ventajas de que gozamos los ciudadanos de las democracias occidentales.

Desde luego, todas esas personas en desgracia merecen apoyo. No olvidemos que el mundo se hace más seguro a medida que se hace más justo y hay menos desesperados en él. Pero también es necesaria la razón en la gestión de esa ayuda, no solo intervenir a golpe desacompasado de corazón. Para empezar, es preciso distinguir entre inmigrantes y refugiados. Estos últimos huyen de situaciones bélicas como en Siria y en cierta medida en Libia, etcétera. Es preciso acogerlos, como mandan la humanidad y las leyes internacionales, y procurar en la medida de lo posible integrarles laboralmente en nuestros países. No se les puede pedir que se queden en su tierra y resuelvan enfrentamientos como el de Bachar al Assad con el Estado Islámico, dos opciones entre las que es difícil decir cuál es peor y más sanguinaria.

Pero el caso de los inmigrantes es diferente. Huyen del atraso y la mala administración de sus lugares de origen, de la falta de oportunidades, el caciquismo, la corrupción y la intolerancia religiosa endémica. Son males sin duda tan reales como las guerras, pero contra los cuales los ciudadanos pueden luchar. Sería necesario convencerles de que, puesto que están dispuestos a arriesgar sus vidas y las de sus familias en la fuga hacia países más desarrollados política y socialmente, deberían emplear ese coraje y capacidad de sacrificio en luchar por mejores condiciones de vida en su propia tierra. Por supuesto, nuestras democracias se comprometerían a ayudarles en tal esfuerzo, sin duda más largo pero también más digno que acogerse a la benevolencia de quienes ya tienen esos deberes hechos. Lo malo es que difícilmente los europeos podemos apoyarles en la tarea democratizadora cuando en muchas ocasiones mantenemos vínculos comerciales o estratégicos precisamente con los sátrapas que mantienen sojuzgados y sumidos en la miseria a sus pueblos. Para evitar vernos desbordados por quienes aspiran humanísimamente a una vida mejor, debemos brindarles apoyo para que la consigan en sus lugares de origen, lo que sin duda ellos preferirían. Si descuidamos por egoísmo mal entendido esta intervención que debe ser a la vez económica y política, no tendremos luego derecho a quejarnos de los problemas que podemos encontrarnos al manejar una inmigración en perpetuo crecimiento.

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