Las canas y las urnas
La edad es el factor que, desde hace algún tiempo, determina con más intensidad el sentido del voto.
A falta de novedades sobre candidatos y programas, en estas semanas predominan los comentarios sobre encuestas y predicciones. Por todo lo publicado sabemos que es la edad el factor que, desde hace algún tiempo, determina con más intensidad el sentido del voto. Las nuevas fuerzas políticas han construido su espacio entre los menores de 45 años, mientras los partidos tradicionales resisten atrincherados tras el voto de los mayores. El análisis de la crisis económica y la corrupción son los factores que más están influyendo sobre las preferencias de los votantes. Sobre lo segundo, la corrupción, no parece fácil establecer correlación alguna con la edad, salvo que alguien quisiera argumentar que la experiencia nos hace más cínicos e insensibles ante la podredumbre política que nos rodea. Sin embargo, a poco que escarbemos en la realidad económica es fácil descubrir claras razones para explicar el voto de jóvenes y mayores.
España es el país desarrollado que en mayor medida concentra el gasto público en las personas mayores. Pensiones y sanidad son las partidas que más crecen a lo largo de las últimas décadas, con o sin crisis, haya o no recursos para financiarlas; ambas están directa y significativamente correlacionadas con la edad de los perceptores. Financiar estos gastos recurriendo al endeudamiento implica trasladar a las generaciones más jóvenes el esfuerzo de atender con sus rentas futuras los gastos corrientes de hoy. Y lo están haciendo conscientes de que, con toda probabilidad, el sistema no será capaz de garantizarles en su vejez una prestación equivalente a la que hoy reciben sus mayores, y de que la regulación actual del mercado de trabajo les condena a desempeñar puestos precarios y mal remunerados en beneficio del blindaje que detentan los más veteranos. La tasa de paro joven, la mayor entre los 28 Estados de la Unión, alcanza el 51,8%. Siendo potencialmente los trabajadores más productivos, por formación y ambición, este dato ilustra por sí mismo la gravedad de una discriminación que apenas mejora a lo largo de los últimos años.
Votar es elegir entre alternativas, respaldar lo que está bien o buscar una respuesta mejor. Junto al eje convencional izquierda-derecha se consolida entre nosotros una opción más generacional: mantener el statu quo o recuperar una voluntad reformista hoy perdida. De diciembre a junio pocas cosas han cambiado en este panorama y, en consecuencia, apenas variarán las preferencias de los electores. La única novedad es que Podemos intenta frenar su sangría de votos absorbiendo a IU, una maniobra que difícilmente culminará con éxito. Julio Anguita y Diego Cañamero son incompatibles con los aires de transversalidad y modernidad que hace bien poco impulsaba el pragmático Íñigo Errejón.
Así las cosas, la variación en los resultados vendrá dada por la participación o, para ser más exactos, por el reparto relativo del aumento de la abstención. Los partidos tradicionales no ofrecen nada nuevo, pero confían en un electorado más participativo, por hábito y por aversión al riesgo que entraña cualquier cambio; no buscan seducir sino movilizar y concienciar sobre los inconvenientes de aventurarse en nuevas experiencias. Para los más noveles el reto está en mantener la ilusión de los suyos. Con todo, julio se parecerá mucho a enero, y solo la voluntad de acuerdo podrá abrir paso a un nuevo Gobierno.



