La maniobra PP-Podemos
La derecha sabe que en términos históricos el adversario a batir es el Partido Socialista, por eso ha diseñado el crecimiento de podemos.
En una entrevista publicada en esta revista comenté la operación que el Gobierno del Partido Popular había concertado con los rectores de una cadena de televisión para que potenciaran la presencia y el tratamiento positivo del grupo político Podemos. Mis palabras parece que han excitado a algunos dirigentes de la derecha. Contaré cómo llegó a mi conocimiento el acuerdo e intentaré explicar a la vista de los acontecimientos cuáles son las razones que han hecho coincidir los intereses de dos grupos políticos: PP y Podemos.
Cuando hace unos dos años la cadena La Sexta comenzó a dar un tratamiento hiperprivilegiado a Podemos, precisamente en un momento en el que Podemos declaraba que pretendía el control de los medios de comunicación, me interesé por saber cuál podría ser el mecanismo por el que un grupo económico, Planeta, había decidido apoyar sectariamente a un partido que presentaba propuestas en el borde de lo antisistema (aún no había caído del caballo socialdemócrata su dirigente). Lo que contaron personas del entorno es que el presidente del Gobierno había hecho valer el agradecimiento que pensaba que le debía el grupo mediático por haber autorizado la compra de las compañías de televisión, y había solicitado que apoyaran al Partido Popular provocando el debilitamiento del PSOE mediante la potenciación de Podemos, que dividiera el voto del electorado situado en el centro izquierda y la izquierda. Los informantes pedían discreción para que no cayera sobre ellos la represión del medio.
Recientemente se han publicado dos artículos de dos periodistas que dan cuenta de la operación, con lo que el respeto a la discreción exigida perdía su vigencia.
Hace mucho que avisé de que algunos estaban incubando el huevo de la serpiente. Algunos parece que ahora han despertado y publican editoriales en los que afirman que el éxito que puede tener Podemos beneficia al Partido Popular.
¿Es posible que el electorado no recuerde cómo llegó José María Aznar a La Moncloa? ¿Ha podido desaparecer de la memoria colectiva la pinza organizada entre José María Aznar y Julio Anguita? Ahora vuelve este mismo, ahora mentor de Pablo Iglesias Turrión.
La derecha sabe que en términos históricos el adversario a batir es el Partido Socialista; la izquierda imposible y fantasiosa no es un peligro para la derecha. Por eso ha diseñado el crecimiento de Podemos, para que robe votos a los socialistas, lo que permitirá al PP, aunque descendiendo sus apoyos, seguir gobernando. Pero el juguete puede habérsele escapado de las manos, es lo habitual cuando se crea un monstruo, la criatura quiere vida propia y se escapa del control de su creador. La última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) pronostica el ansiado sorpasso que con tanta fruición han deseado en el PP y entre los periodistas más adictos, pero situando muy próximo al PP al partido amarillo potenciado por la derecha. Se les han congelado las sonrisas a los dirigentes del PP.
Algunos periódicos, sin embargo, han titulado sus primeras como si estuvieran informando de los resultados electorales, no de una encuesta, tal es el ansia que sienten de ver postergado al PSOE. Más allá de que se trata solo de un sondeo, y de que en España estos acostumbran a estar maquillados, tomemos como hipótesis de trabajo el resultado del CIS.
¿Qué Gobierno podría resultar de esos datos? ¿Estamos abocados de nuevo a una repetición de elecciones? Estos interrogantes traen consecuencias de las posiciones enrocadas de los partidos políticos. El Partido Popular no se apea de sus dos premisas: gran coalición y el candidato es Mariano Rajoy. La respuesta del PSOE es la negativa a las dos. Ciudadanos aceptaría la primera pero no la segunda. El PSOE y Ciudadanos podrían reeditar el acuerdo de hace unos meses, pero según el sondeo no daría la suma necesaria. Añadir los votos de Podemos no parece posible, porque sus dirigentes no lo aceptarían y porque el PSOE debe ser consciente de que cualquier acuerdo de Gobierno con la formación que no respeta la democracia representativa es una aventura condenada. La experiencia de lo sucedido en Cataluña con la CUP, apoyándose el Gobierno sobre un grupo antisistema, es prueba bastante de su inconveniencia.
¿Cuál puede ser la salida del impasse, que resultaría ridículo si desembocara de nuevo en elecciones, de un país sin Gobierno y con partidos que no logran arbitrar algún tipo de acuerdo?
No es difícil comprender la reticencia de muchos a la operación de gran coalición con un partido, el PP, consumido por la corrupción y con una trayectoria en la última legislatura que, si puede presumir de haber arreglado las cifras macroeconómicas, debería avergonzarle por el dolor causado a millones de españoles con su política de recortes de las prestaciones sociales.
Aún más fácil es entender los escrúpulos que sienten muchos de dejar en manos de la camarilla de Podemos parcelas de poder gubernamental que afectarían peligrosamente a la vida de los españoles. Siempre habrá algún exquisito que afirme que esto es favorecer el voto del miedo. No, es la responsabilidad lo que obliga a advertir de lo que algunos se niegan a ver, pese a tenerlo ante los ojos.
Pero la sociedad española exige clamorosamente que los partidos respondan a la necesidad de conformar un Gobierno y dejar de devolver la responsabilidad a los electores.
Tengo para mí que la única salida, si los resultados no dan una mayoría clara ni del PP ni del PSOE, es que los partidos se comprometan a permitir gobernar, aun en minoría, al partido que obtenga más votos. Claro que si este fuera, como en diciembre, el Partido Popular, podríamos encontrarnos otra vez con la renuncia a ser candidato a la investidura de Mariano Rajoy, con lo que este hombre pasaría a los anales históricos como paradigma del político que no quiere serlo si ello conlleva alguna responsabilidad de trabajo.
Empieza a extenderse entre gente que no tiene, ni se le pide, un conocimiento de las estructuras del poder, la idea de que no parece tan necesario que exista un Gobierno. Les viene a la memoria la inestable historia de los Gobiernos italianos, que desde el final de la Segunda Guerra Mundial mantenían el récord de la menor permanencia, una media de nueve meses. Se oyen comentarios acerca de que la limitación de la actuación de un Gobierno en funciones evita que se cometan los desmanes de los últimos cuatro años. Estos no son argumentos válidos. La pertenencia a un órgano de poder más amplio, la Unión Europea, y los graves problemas que padece hoy la sociedad española no permiten muchas frivolidades. Los asuntos por resolver son muchos y difíciles como para estar jugando con ligereza. El insoportable desempleo, la desigualdad creciente, el empobrecimiento de las clases medias, la amenaza contra el sistema de pensiones, la integración de los refugiados, tantos otros asuntos están apelando a la responsabilidad de los partidos para que encuentren una solución que permita una mejor gobernación.



