La canciller ante el éxodo

24 / 09 / 2015 Carsten Moser
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Para la avalancha de refugiados que llega a Europa, Alemania es la tierra prometida. Un problema que mantiene en vilo a Angela Merkel

A Angela Merkel, que no ha parado de dar la cara durante estos meses, se le nota el cansancio acumulado de tantas crisis, reuniones y preocupaciones. Sus ojos apagados, su andar exhausto, su dicción pausada transmiten el peso de la responsabilidad que siente sobre sus espaldas como mandataria del país más poderoso de la Unión Europea ante el éxodo migratorio que ha desbordado todas las expectativas. A pesar de todo, en sus múltiples intervenciones ha sabido mantener la calma, midiendo siempre sus palabras en contraste con tantos discursos xenófobos e insolidarios de otros jefes de Gobierno que le deben de haber sacado de quicio alguna que otra vez, además de tomar decisiones arriesgadas como dejar entrar a Alemania a los miles de sirios que se habían amontonado en la estación central de Budapest y gritaban “Alemania, Alemania”. Veinticinco mil llegaron a Múnich en los cuatro días después. Sin duda ha sido el verano en el que se le han acumulado más problemas que nunca en la década que lleva como canciller.

La llegada masiva de refugiados a Alemania ha tomado una dimensión sin precedentes: mientras que en todo el año pasado hubo 200.000 solicitudes de asilo, solo en agosto de este año se llegaron a contabilizar 104.000 solicitudes. Una avalancha humana que está siendo contestada con profesionalidad por las autoridades, con muestras de solidaridad por parte de la mayoría de los alemanes, pero también con cerca de 350 ataques de la ultraderecha a centros de acogida en lo que va de año.

A nivel alemán, Merkel ha declarado las 800.000 solicitudes de asilo que se esperan para 2015 como “desafío nacional que sabremos asumir con tanto éxito como el reto de la unificación alemana hace 25 años”. A nivel europeo, la canciller ha insistido hasta la saciedad en que la Unión Europea debe acordar un reparto justo entre sus Estados miembros ante este éxodo migratorio, “porque si no logramos una distribución equitativa de los refugiados, muchos volverán a cuestionarse Schengen. Y eso es algo que no deseamos, porque la libre circulación de ciudadanos es un principio fundamental de la Unión Europea”.

Al reto del drama migratorio, que parece haber desbordado a todos los dirigentes europeos menos a la canciller, hay que añadir su preocupación por las turbulencias económicas y financieras en China y sus posibles consecuencias para Europa, por el futuro de Grecia –cuyas elecciones generales, por cierto, eran antes portada de casi todos los medios escritos europeos y hoy tienen dificultades para encontrar siquiera una mención en páginas interiores– y de la Eurozona, necesitada de reformas urgentes para mejorar su gobernanza, o por asegurar el éxito de la cumbre contra el cambio climático de París, un tema que, como exministra de Medio Ambiente, está entre las prioridades de su agenda. Angela Merkel también ha tenido tiempo para dejar clara su posición ante el proceso secesionista en Cataluña: en una rueda de prensa con el presidente Mariano Rajoy hace dos semanas en Berlín manifestó que los tratados de la Unión, “que todos tienen que respetar, garantizan la soberanía nacional y la integridad territorial de los Estados”. Para que no quepa la menor duda, la canciller añadió que una hipotética independencia de una región significa su salida de la Unión Europea y del euro. La secundó poco después el primer ministro británico David Cameron. Se puede decir más alto, pero no más claro. 

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