Hablar, negociar
Los políticos tienen el deber de dar una salida a cualquiera de las situaciones que generen los resultados electorales. Tras el 26-J lo importante no será con quién se negocia sino sobre qué.
“Atendiendo exclusivamente a las circunstancias numéricas y a las restricciones que establecen las posiciones extremas en cuanto a la soberanía nacional, solo parecen probables dos salidas de muy corto recorrido: Gobierno del PP en minoría, con apoyo externo de Ciudadanos y oposición del PSOE (aunque en la investidura se necesita la abstención de ambos), o elecciones en la primavera”.
Esas palabras pertenecen a un artículo que publiqué en esta misma revista inmediatamente después de las elecciones pasadas de diciembre de 2015. Quise llamar la atención sobre el inútil esfuerzo que podría ser el intentar imaginar otras posibilidades, puesto que los actores concernidos estaban posicionados contra cualquier otra fórmula de Gobierno. Aprecio la búsqueda de un acuerdo entre el Partido Socialista y Ciudadanos, únicos que lo han buscado y logrado, pero ambos eran conscientes de que no sumaban el número de diputados necesarios para la viabilidad del programa que habían pactado.
El hecho constatable es que los representantes políticos no han sabido dar una salida a la realidad política derivada de la decisión libre de los electores. Aunque no es aceptable la invención de algunos políticos y opinantes de que los electores habían expresado o mandatado a los partidos la obligación de pactar (los electores manifiestan su preferencia por uno u otro partido, pero no se adhieren a las interpretaciones que hacen unos y otros sobre cómo formar un Gobierno), los actores políticos tienen el deber de dar una salida a cualquiera de las situaciones que generen los resultados electorales. Y en esta labor han fracasado todos, si bien algunos con responsabilidades más culposas que otros.
Mariano Rajoy ha repetido cada día que la responsabilidad ha estado en Pedro Sánchez porque no quiso hablar con él. Se olvida de que en el único encuentro que tuvieron se negó a saludar al líder socialista. Se olvida de que dio una espantada inédita en la vida política española cuando se negó a aceptar el encargo del Rey para intentar formar un Gobierno. Rajoy prefirió culpar a otros en lugar de tomar en serio los contactos y las negociaciones con todos los grupos. No, él renunció a cualquier esfuerzo, probablemente por irresponsable comodidad.
Pedro Sánchez y Albert Rivera sí hicieron un esfuerzo para llegar a un acuerdo y lograron un programa aceptable que hubiese sido muy útil para sacar al país del atolladero, pero ellos sabían que no era suficiente para pasar la investidura, y eran conscientes de que ni el PP ni los partidos que se suman en Podemos aceptarían la abstención para hacer viable el programa que habían pactado.
En todo caso, los vetos, las líneas rojas y la negación de contactos expresan que faltó la madurez necesaria para resolver los graves problemas que amenazan a la sociedad española.
En cuanto a la actuación de los partidos sumados en Podemos, sus erráticas posiciones a la búsqueda del espectáculo han dejado claro su escaso respeto por el sistema democrático. En algunos momentos su jefe, Iglesias Turrión, utiliza un lenguaje democrático pero cuando habla a los suyos sus posiciones están bien lejos de la democracia y contra la libertad: “Para mí la representación no implica ningún compromiso, que el tuyo es un Parlamento burgués de mierda. Yo voy ahí en todo caso a liarla y a transmitir el espíritu de los movimientos sociales a los Parlamentos. Voy en camiseta a las instituciones y voy ahí a montar el pollo. La clave del poder no está en las instituciones, aquí está en nuestras pelotas”.
¿Es viable un pacto con dirigentes que piensan de tal modo? La respuesta es no. La representación escénica que han hecho los partidos políticos para descargar la responsabilidad en los otros en cuanto a la repetición de elecciones ya pasó. Ahora hay que elegir otra vez con el claro conocimiento de qué han hecho los distintos partidos. El PP ha esperado que los demás le otorgaran el Gobierno (con voto de apoyo o abstención) sin intentar siquiera un acuerdo. Los partidos sumados en Podemos han intentado “liarla” como dice su líder, deteriorar las instituciones en las que no creen. Los nacionalistas van a lo que representa su objetivo a más corto o más largo plazo, la independencia. Izquierda Unida se ha entregado voluntariamente a una violación por Podemos. Y los socialistas y los de Ciudadanos, muy meritorios, han forjado un pacto sin viabilidad por falta de apoyos.
Se han convocado elecciones y antes de que hablen los ciudadanos hay ya bastante unanimidad en que las cosas quedarán como estaban. Solo mencionan, o más bien desean, que la amalgama de partidos sumados en Podemos más la rendición de Izquierda Unida puedan superar al PSOE. Bueno, sumar los resultados de cinco o seis partidos y comparar la suma con lo que obtenga un solo partido no parece que pueda dar mucha satisfacción. Lo que sí se deduce con facilidad es que estos partidos coaligados tienen como objetivo único la destrucción del partido de los socialistas, como viene ocurriendo, en su deseo, desde que en 1921 los socialistas no aceptaran la imposición de un régimen totalitario como el que intentó apoderarse de los partidos socialistas europeos.
Mientras que los partidos dirimen estas rencillas de poder, ¿dónde está el proyecto que la sociedad española necesita y espera?
Los políticos democráticos han de elevar su mirada hacia los problemas reales de la sociedad, remontar el enfoque demasiado anquilosado en los problemas de los políticos (tendencia a sustituir las comunidades autónomas por miniestados, el reparto del poder, la descalificación de los demás).
La sociedad española está sometida a altas tensiones que amenazan un futuro de prosperidad. ¿Cómo dar cauce a la joven generación sin empleos, o con empleos temporales que alternan con periodos de paro, que no generan derechos para la jubilación? ¿Qué solución dan a las apetencias de los nacionalismos que pretenden la fragmentación de la nación? ¿Cómo defender a los usuarios y consumidores hoy sometidos a la arbitrariedad de ciertas empresas? ¿Cuál debe ser el camino para alcanzar un nivel razonable en la educación? ¿Qué acuerdos firmar para expulsar de la vida política a los corruptos y aprovechados? ¿Cómo responder a las exigencias de la UE que empobrecen a la clase media española? Estos, entre otros muchos, son los problemas que deben atraer la atención de los partidos políticos. Lo importante tras las elecciones del 26 de junio no será decidir con quién se habla, se negocia, si no sobre qué se habla, sobre qué se negocia. El país lo necesita.



