Ficciones políticas

07 / 09 / 2016 José Antonio Marina
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La democracia se rige por la ley de las mayorías, y nunca ha sabido qué hacer con las minorías. la tarea del gran político es la cuadratura del círculo.

Se repite que el pueblo español ha dicho que debemos pactar. Espero que nadie lo diga en serio. El “pueblo español” no ha dicho nada. No es una entidad real que tenga voz única. “Pueblo español”,  “pueblo catalán”, “pueblo vasco” o “pueblo francés” son nombres colectivos, no designan un sujeto único. “Pueblo” es el conjunto de ciudadanos. Los españoles, en las últimas elecciones, han expresado su desacuerdo político. Han mostrado su disenso. Siempre que oigan mencionar la “voz del pueblo” o “la voluntad nacional” piensen que están intentando timarles. Las ideas de “pueblo” y de “nación”, que históricamente han favorecido a los totalitarismos, están relacionadas con una idea que se considera la esencia de la democracia –la voluntad general–, expuesta por Rousseau y que tuvo gran repercusión durante la revolución francesa. De entrada Rousseau tuvo que distinguir dos cosas: la “voluntad general” y la “voluntad de todos”. La “voluntad general” era la que deseaba el bien común, la voluntad del pueblo. La “voluntad de todos” era el fragmentado agregado de deseos individuales. Ambas solo podían coincidir en caso de unanimidad absoluta, muy difícil de alcanzar. Rousseau no supo qué hacer con las discrepancias, aspiraba a un consenso total. Los ciudadanos podían no saber lo que el pueblo que constituían deseaba. Por eso, todos los partidos que hablan en nombre del pueblo o de la nación se ven obligados a una intensa actividad de proselitismo para hacer que los individuos sepan lo que deben votar. Su objetivo: conseguir que el pueblo vote lo que desea el pueblo. ¿Se dan cuenta de la ficción?

La democracia se rige por la ley de las mayorías, y nunca ha sabido qué hacer con las minorías. La tarea del gran político es ser capaz de la cuadratura del círculo, llevando a cabo sus programas, pero respetando los derechos legítimos de los demás. En eso consiste su poder creador. Lo demás es calderilla política. Me sorprende el desprecio que los populismos tienen por el político. Consideran que es un mero receptor de los deseos y opiniones de la gente. Un mero colector. Esto es una ficción rayana en la impostura. No se puede esperar que el pueblo proporcione las soluciones a los problemas. Lo que puede y debe hacer es expresar sus necesidades y reclamar sus derechos. El político que ante cualquier decisión dice: “espere que tengo que consultar a mis bases”, está abdicando de su papel de creador, de pedagogo, de articulador de un proyecto.  Está confesando: soy inútil.

Se habla mucho de pactos, como única manera de resolver el disenso. Es el modo más sencillo, y más ramplón, porque trata de llegar por dilución a un acuerdo de mínimos. Es jugar a la baja. Lo que necesitamos son acuerdos de objetivos máximos. Ser capaces de satisfacer las exigencias legitimas de todos, de tirios y de troyanos. Esa es la gran creación política. Eso es lo que debería designar esa manoseada expresión de un hombre (o una mujer) de Estado.

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