¿Es el Parlamento una institución inteligente?

03 / 03 / 2016 José Antonio Marina
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En los Parlamentos no suele haber debate de argumentos, sino enfrentamiento de fuerzas. El argumento con más votos se impondrá al argumento con menos votos.

En mi artículo anterior preguntaba si la tópica afirmación “el pueblo tiene siempre razón” era verdadera. Concluía que la democracia nada tiene que ver con la verdad, sino con el poder. No es un procedimiento para alcanzar conocimiento, sino para organizar las voluntades. Esta semana, Julio Anguita –nada sospechoso de elitismos insolidarios– me ha dado la razón. En una entrevista en la revista Papel, dice: “¡El pueblo se equivoca casi siempre! La democracia no es decir ‘pueblo mío, llevas razón’, sino ‘pueblo mío, acato lo que dices”. Tal afirmación pone en tela de juicio cualquier tipo de decisiones asamblearias. El rechazo a la democracia directa que sentían los redactores de la Constitución americana venía de su desconfianza hacia esos movimientos populares. Confiaban más en una democracia indirecta, representativa, en la que los Parlamentos elaboraran, filtraran, contrastaran los deseos del pueblo.

Y es aquí donde surge el problema. ¿Son los Parlamentos instituciones inteligentes? Una organización inteligente es aquella en que una serie de personas que tal vez no sean extraordinarias, por el hecho de trabajar de una manera determinada alcanzan resultados extraordinarios. Ese plus es la “inteligencia de la organización”. Se manifiesta porque maneja mejor información, la elabora mejor, toma mejores decisiones y aprende con rapidez.

Que maneje mejor información es posible, puesto que recoge las opiniones diversas de sus votantes. Mis dudas comienzan con la manera de elaborar esas informaciones, es decir, con la forma de pensarlas. Un Parlamento debería ser un lugar donde los argumentos se enfrentaran y donde el más poderoso fuera aceptado. Eso es lo que permitiría una buena decisión. Pero en los Parlamentos no suele haber debate de argumentos, sino enfrentamiento de fuerzas. El argumento con más votos se impondrá al argumento con menos votos, aunque sea más débil si nos atenemos a las razones que lo apoyan. Nadie aspira a convencer. Como señalaron March y Simon en su libro sobre organizaciones, es una cuestión de bargaining y no de arguing. De trato, no de argumentación. Las opiniones de los demás son inmutables y no hay que pretender que cambien. Se trata de alcanzar un compromiso entre fuerzas. Lo estamos viendo en las negociaciones para el nuevo Gobierno. Eso supone que los enfrentamientos son gestionados, no solucionados. Es una manera de salir del paso posponiendo las decisiones al futuro. Un problema actual se transforma en un problema futuro. Eso impide que los Parlamentos sean órganos de progreso intelectual. Son meras confrontaciones de fuerzas. Pensar es aprovechar la información para progresar hacia una mejor toma de decisiones. Exige atender a los argumentos ajenos, ser autocrítico, estar dispuestos a reconocer las evidencias más fuertes. Mantenella y no enmendalla  es una demostración de tozudez, no de inteligencia.

Tampoco los Parlamentos son organizaciones que aprendan. Sospecho que los parlamentarios salen de su mandato con el mismo capital intelectual con que entran, porque la estructura del debate político solo les impulsa a reforzar sus posiciones, a afinar su argumentario contra el otro, a consolidar su puesto en la organización. Cuando escribí Los sueños de la razón, sobre los comienzos de la Revolución francesa, revisé la correspondencia de los miembros de los Estados Generales de 1789, que elaboraron la Constitución. Los debates eran de enorme altura, y alguno de los representantes comentaba en sus cartas la cantidad de cosas que tenían que aprender para estar a la altura de su misión. Ahora no veo ese esfuerzo.

La democracia es el mejor sistema  para gestionar el poder. Se mueve en el terreno de los intereses y de la voluntad. Sería deseable que profundizara en su dimensión cognitiva, porque vivimos un mundo enormemente complejo en el que es difícil navegar. 

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