Elecciones y Gobierno
Los datos reales (frente a las encuestas) suponían un cambio cuantitativo y cualitativo de tal magnitud que lograron convertir un mal resultado en un tranquilizador alivio.
Es moneda corriente que, en las primeras horas que suceden a un proceso electoral, todos los partidos se proclamen como si hubiesen sido el partido ganador, pero solo uno de ellos puede declararse triunfador con la lógica que asegura que gana el que más votos ha conseguido.
Pero en política juegan también otras lógicas. A veces se suele considerar ganador a aquel que tiene mejores condiciones para formar Gobierno con el apoyo de otros. Se recurren también a otras referencias: cuántos votos obtuvo en relación con los que consiguió en el anterior proceso electoral; considerar lo obtenido con referencia a las expectativas creadas antes de la votación. Y, ¿cómo se crean esas expectativas? Mediante la publicación de encuestas que teóricamente se hacen para conocer la tendencia de las preferencias de los electores, pero que últimamente se destinan a orientar el voto proclamando a unos vencedores, a otros perdedores; también se crean esperanzas por el tratamiento que los medios de comunicación hacen de las encuestas y, por último, por las declaraciones de los candidatos que, generalmente, se proponen como ganadores desde el primer instante de la campaña.
Tomando en cuenta todas esas variables, el resultado electoral del 26-J no ha dado cumplida satisfacción a ningún partido, aunque con una clara gradación. El hecho obvio es que el Partido Popular ha vuelto a ser el partido más votado e incluso ha mejorado algo su resultado respecto a la última votación. Bien es verdad que para un partido que ha de gobernar, los 137 escaños obtenidos no son un balance muy halagüeño. El PSOE ha logrado un resultado bastante decepcionante, el más bajo de la etapa democrática, aunque no sea el peor de su historia como machaconamente repiten los que no conocen nada de la historia. Sin embargo, el PSOE vivió la noche electoral con alivio pues la coalición de las deplorables (técnicamente) encuestas y los comentaristas de las televisiones mostraban un enfermizo regodeo en certificar el deseado sorpasso, que no se dio.
Los datos reales suponían un cambio cuantitativo y sobre todo cualitativo de tal magnitud que lograron convertir un mal resultado en un tranquilizador alivio. Pero no sería bueno para el Partido Socialista una actitud conformista ante una votación demasiado alejada de las previsiones que puede y debe hacer un partido con vocación de mayoría, con proyecto de Gobierno. Tal vez la percepción que pudo tener el electorado socialista de que el PSOE había intentado negociar un Gobierno con los dirigentes de Podemos provocó el rechazo de una parte de ese electorado.
En valor relativo, el fracaso ha sido asignado por todos a la coalición de 16 partidos titulada Unidos Podemos. La arrogancia de sus dirigentes, la importante financiación con que contaban y el excesivo, por sectario, tratamiento favorable de algunas operadoras de televisión, destacando La Sexta, en la que el matrimonio ha derrochado un estilo nada democrático en la información (se hace difícil calificarla así) política, no dieron el resultado esperado.
Objetivamente Podemos (ahora Unidos Podemos, gracias a la operación de venta de Izquierda Unida) ha venido para garantizar el Gobierno de la derecha. Dividiendo el voto de la izquierda, la derecha gana aunque sea con exiguo porcentaje de votos para gobernar. Solo admitiendo esta interpretación de la estrategia de la derecha puede comprenderse que algunas televisiones se hayan entregado a un grupo político que tiene entre sus objetivos el control de los medios de comunicación.
No han sido mejores los resultados de Ciudadanos, ni de los nacionalistas, en el caso de Cataluña enredados en sus obsesiones secesionistas.
Aunque el gran galardón negativo habría que entregárselo a las empresas demoscópicas, incluido el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Si constatamos que la realización de sondeos es muy costosa y que fracasan en sus predicciones, ¿cuál es el sentido de estas encuestas? La respuesta es clara: orientar el voto. Aunque parece que este objetivo tampoco fue alcanzado.
Otro fracaso es el de los que luchan contra la corrupción, pues como puede comprobarse, la corrupción no tributa. En Madrid y Valencia, el PP, el partido de la corrupción en esas regiones, gana las elecciones.
Pasada la resaca de los resultados se plantea ahora la conformación del Gobierno. El número de los diputados de unos y otros arroja una verdad incontestable. Es a Mariano Rajoy a quien corresponde formar una mayoría de Gobierno; es además el único que puede intentarlo dados los resultados.
A pesar de que el número de diputados del PP, 137, no hace fácil la formación de un Gobierno, Rajoy cuenta con un argumento a su favor, nadie en uso de sus facultades mentales puede pensar en una nueva repetición de elecciones, lo que facilitará su investidura.
La idea de una gran coalición entre PP y PSOE no parece muy aconsejable dado que el Partido Socialista es la alternativa a los conservadores y no sería provechoso para el país ni para la democracia abandonar la oposición en manos de un grupo insolvente y cuyas aspiraciones para la nación resultan cuando menos ambiguas.
En política, lo natural siempre es mejor que la elaboración a contracorriente. No conozco cuál será la posición de cada partido, pero lo natural es que el Partido Popular y Ciudadanos lleguen a algún tipo de acuerdo y que el Partido Socialista se sitúe frente al programa conservador.
A partir de estos hechos probables, Rajoy tendría que intentar sumar a otros pequeños grupos de ideología no extraña para los conservadores. Su afición a dejar pasar el tiempo no le ayudaría en este trance.
En todo caso, si Mariano Rajoy no es capaz de resolver lo que solo es de su responsabilidad, formar una mayoría que le permita gobernar, todos los partidos habrán de revisar sus posiciones con el único objetivo de que no se reproduzca la situación anterior, la indeseada por todos repetición de elecciones.
Una última observación merece el proceso electoral del 26 de junio. En el más oscuro rincón de nuestra democracia se ha levantado un monstruo de mendacidad y destrucción. Un sibilino rumor ha tomado cuerpo en el nido televisivo de Podemos: en las elecciones ha habido fraude electoral. Los padrinos del oportunismo han encontrado la explicación de su fracaso, las urnas han sido manipuladas.
Si además de limpios fuesen rigurosos deberían saber que nuestro sistema de escrutinio electoral es reconocido internacionalmente como el más seguro, pues permite que todos los que compiten sitúen a sus agentes en todas las mesas y reciban un acta del conteo de cada mesa. Solo hay que sumar las actas de las que se entrega copia a los miembros de todos los partidos en cada mesa.
Pero el espíritu autodestructivo campea por algún set de televisión y alguna sede partidaria. Todos los demócratas deberían arrojar al infierno de la perversión y la maldad a cuantos quieran justificar su fracaso lanzando fango sobre el sistema que garantiza libertad y seguridad. No hay democracia sin prensa libre, así que todos deberían rechazar estos ejemplos de manipulación en la prensa y en los partidos.



