¿El pueblo tiene siempre razón?

04 / 02 / 2016 José Antonio Marina
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La democracia no tiene nada que ver con la verdad, sino con el poder. No es un procedimiento para alcanzar conocimiento, sino para organizar las voluntades individuales.

El populismo es la exageración de la democracia. Una exageración no es una falsedad. Es, tan solo, una verdad sacada de quicio. Nadie se atreve a negar que “el pueblo siempre tiene razón”. Conviene, sin embargo, analizar la afirmación. ¿Puede equivocarse el pueblo al votar a alguien o a algo? Primer error: se convierte el “pueblo” en un sujeto único que tiene una voz propia. Eso es una ficción de mitología política, falsa y fácil de instrumentalizar. No existe tal entidad. No existen el “pueblo”, ni la “nación” como entidades autónomas. Solo existen individuos, y lo que se llama “voluntad popular” es un conglomerado puramente estadístico y sociológico. Parte de ciudadanos quiere una cosa y otra parte, otra. Son las personas y no los pueblos quienes hablan.

Ni siquiera aceptando la ficción “pueblo” tiene valor la frase “el pueblo siempre tiene razón”. La democracia no tiene nada que ver con la verdad, sino con el poder. No es un procedimiento para alcanzar conocimiento, sino para organizar las voluntades individuales. ¡Ya es bastante! Tiene como límite los límites del voluntarismo. Los regímenes dictatoriales siempre han sido exageraciones de la voluntad. La película de Leni Riefenstahl
 sobre el congreso del partido nazi en Múnich se titula El triunfo de la voluntad. Stalin y Mao Zedong creían lo mismo y su fracaso histórico es patente y terrible. Lo que decido al votar no es quién tiene razón, sino a quién quiero entregar la cuota de poder que me corresponde como ciudadano. Ese es el sentido que tiene la “ley de las mayorías”, que no aseguran que son la mejor opción, sino la que tiene más poder detrás. Verdad y poder son dos niveles distintos, con fundamentos diferentes y  criterios heterogéneos. Pondré un ejemplo muy burdo. Hace 2.000 años una votación democrática hubiera concluido que la Tierra era plana, que el Sol giraba a su alrededor, o que las mujeres eran inferiores a los hombres. La esencia de la democracia es respetar la parcela de poder –pequeña, sin duda, pero real– que tiene todo ciudadano. Por eso, el problema prácticamente insoluble de todas las democracias es saber qué hacer con las minorías.

En este momento cuando están de moda las redes, el conocimiento compartido, la inteligencia colectiva, las multitudes inteligentes, voy a atreverme a decir que el rey va desnudo. Una red no es creadora de conocimiento, a no ser que esté organizada para ser una red de conocimiento. Wikipedia lo es, porque tiene unos criterios de evaluación de sus contenidos. Confía en que alguien, movido por el deseo de precisión y de verdad, corregirá los errores. En cambio, el “me gusta”, de otras redes solo me da una información sociológica, pequeña y poco fiable, no es un criterio de calidad. Cualquier poderoso que contrate un community manager puede producir trending topics. El amontonamiento de opiniones no hace progresar el conocimiento si no son posteriormente elaboradas y evaluadas. Tal vez por ello, los padres de la Constitución americana, que eran políticamente sabios,  aborrecían la democracia directa, porque pensaban que era demasiado espontánea.

Es cierto que muchos pensamos que la democracia debería ser también un método para aumentar el conocimiento y hacer triunfar la razón, pero no lo hemos conseguido aún. El Parlamento debería haber sido, precisamente, la institución donde los argumentos se enfrentaran, para que triunfara la razón, pero es solo el lugar de enfrentamiento de los poderes. El que tiene la mayoría impone su opinión. Esto me plantea una pregunta que espero responder en el próximo artículo: en este momento ¿es el Parlamento una institución inteligente?  

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