El federalista
Se habla mucho en España de reforma constitucional y corremos el peligro de que los cambios se decidan en los despachos políticos
Pocos textos políticos aprecio tanto como el que se conoce con el título de El federalista. Es un conjunto de artículos que Alexander Hamilton, James Madison y John Jay escribieron en tres periódicos de Nueva York, los años 1787-1788, para explicar la Constitución americana al gran público. En el primer artículo, Hamilton se dirige al pueblo “llamado a deliberar sobre una nueva Constitución de EEUU”. Les recuerda que tienen que decidir “con su conducta y su ejemplo, la importante cuestión relativa a si las sociedades humanas son capaces o no de establecer un buen Gobierno, valiéndose de la reflexión, o si están por siempre destinadas a fundar sus Constituciones políticas en la casualidad o la fuerza”. Hamilton, como todos los implicados en la nueva Constitución, era una persona curtida y escéptica. Por eso añade: “Esto es algo que debe desearse con ardor, pero no esperarse seriamente. El plan sobre el que tenemos que deliberar ataca demasiados intereses particulares, demasiadas instituciones locales, para no involucrar en su discusión una variedad de temas extraños a sus méritos, así como puntos de vista, pasiones y prejuicios poco favorables al descubrimiento de la verdad”.
Estoy de acuerdo con el comentario de George Washington: “Esta obra seguirá mereciendo la atención de la posteridad, cuando hayan pasado las circunstancias transitorias y los hechos fugitivos que rodearon esta crisis porque en ella se discuten con sinceridad y capacidad los principios de la libertad y los problemas del Gobierno”. Pero lo que aún me sigue admirando es el propósito de estos autores de publicar ese comentario en los periódicos, es decir, argumentándolos ante el pueblo.
Se habla mucho en España de reforma constitucional, y corremos el peligro de que, una vez más, los cambios se decidan en los despachos políticos. Ante un asunto que por su transcendencia todos los grupos van a querer instrumentalizar, debemos intentar, con el tiempo necesario, ir explicando a los ciudadanos cuáles son los asuntos a cambiar, cuáles son las alternativas, y por qué unas son mejores que otras. Para tomar decisiones políticas –como para tomar cualquier decisión– debemos disponer de la información necesaria, saber distinguir la pasión del argumento, y poner aquella en cuarentena.
Pondré un ejemplo de lo que debemos evitar. Contemplado desde un observatorio imparcial, el debate sobre el “proceso catalán” ha sido metodológicamente inadecuado, por lo que inevitablemente debía resultar inútil. En primer lugar, porque se daba demasiado protagonismo al concepto de “nación”, concepto tan sumamente vago que permite interpretaciones distintas. De hecho, el nacionalismo español se enfrenta al nacionalismo catalán, sin que haya argumentos no fácticos para sostener que uno es mejor que el otro. En segundo lugar, porque se ha confiado en la omnipotencia de la pasión. Todos los obstáculos pueden eliminarse si uno se empeña en ello. Eso ha hecho que se oculten los problemas y se desdeñe la descripción detallada de los procedimientos y de los efectos. Por último, porque todos los cambios se piensan de acuerdo con un modelo. Y una parte del pensamiento nacionalista ha elegido como modelo la liberación de las colonias. Un modelo que no es pertinente, como ya advirtió la ONU (resolución 1.514 y 1.541 de 1960) al explicar que el “derecho a la autodeterminación” a que se referían los Pactos Internacionales sobre Derechos Humanos, solo afectaba a la independencia de las colonias.
Señalo este ejemplo para indicar
la necesidad de que antes de comenzar cualquier cambio constitucional, se emprenda una tarea previa de pedagogía política. Y animo a los grandes medios de comunicación para que sean ellos los que, como sucedió en el caso del El Federalista tomen la iniciativa.



