Descifrando al PSOE

01 / 04 / 2016 Gabriel Elorriaga
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Tras las elecciones, cuando todos debían centrarse en la formación de un Gobierno estable, los socialistas optaron por anteponer sus discusiones de familia a los intereses generales.

Pedro Sánchez, durante el debate de investidura.

La crisis de la socialdemocracia no es un fenómeno español, ni ha tenido en nuestro país su impacto más acusado. Lo que sí resulta castizo es añadir a la debilidad ideológica el cuestionamiento de la realidad nacional sobre la que se proyecta la acción política. El alma del PSOE flota sobre dos dudas existenciales, una le lleva a defender la plurinacionalidad de España, otra le sume en la perplejidad al comprobar que los antiguos compañeros progresistas ya no les consideran parte de los suyos. Rotos por dos ejes, el político y el territorial, su respaldo electoral no puede dejar de mermar.

Tras las elecciones generales, cuando todos debían centrarse en la formación de un Gobierno estable, los socialistas optaron por anteponer sus discusiones de familia a los intereses generales. De lo primero de lo que se les escuchó hablar fue sobre la necesidad de celebrar un congreso de partido y de hacerlo con urgencia. La fractura interna ganó la primera mano a la responsabilidad institucional. Ante la perplejidad causada en los observadores más neutrales los inquietos comenzaron pronto a replegarse de mala gana, pero el daño ya estaba hecho. Las negociaciones con otras fuerzas quedaron tan constreñidas que la aritmética parlamentaria se hizo imposible.

Pedro Sánchez ha tenido sin duda la habilidad de sacar algún rédito del peor resultado del PSOE moderno. Consciente de que cualquier solución pasaba por la colaboración de su bancada, ha tomado para sí un protagonismo que las urnas no le otorgaron. La duda desde el primer instante, sin embargo, es si lo hizo con algún propósito constructivo o si, como más bien parece, tan solo ha buscado un firme parapeto tras el que protegerse de sus enemigos internos. Si lo que pretendía era dar un Gobierno razonable a España sabemos ya que ha fracasado; si quería lo segundo, parece que lo ha conseguido. Aplazado el congreso prometido se garantiza ahora su segundo cartel electoral y, con ello, una nueva oportunidad.

El PSOE es un partido enfermo, roto en su interior y, en consecuencia, demasiado débil para negociar. Ceder requiere ideas claras y fortaleza interna; de ambas cosas carece el socialismo actual. Nadie parece ya tener nada sustancial que decir, no hay debate ideológico alguno. Quedar como cuarta fuerza política en Madrid, con su secretario general al frente de la candidatura, debería haber provocado alguna reflexión más allá del fulanismo habitual. La discusión va quedando limitada a elegir entre mantener una mermada hegemonía política en Andalucía o lanzarse a un intento vano por mimetizarse con los diversos nacionalismos territoriales, ahora más teñidos de populismo que nunca. Cualquiera de ambas opciones hace del PSOE un partido inútil para la gobernabilidad de España aunque, por supuesto, los protagonistas de una y otra facción se juegan su futuro en el empeño.

Con la fallida investidura de Sánchez, hace ya un mes, terminó el tiempo ordinario de juego y se dio paso a la prórroga; en el mes de abril nos encontramos ya en la tanda de penaltis. Nada hace presagiar un acuerdo de investidura y, lo que es peor, las opciones que se barajan parecen a cada momento más indeseables. Pero, a diferencia de lo que ocurre en la Champions League, si persiste el empate habrá que volver a comenzar el torneo y se evidenciará así el fracaso de todos los protagonistas.  

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