Compás de espera

04 / 03 / 2016 Gabriel Elorriaga
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Tras forzar el primer movimiento de su principal adversario, Mariano Rajoy se enfrenta ahora al escenario que había buscado desde la noche electoral.

La investidura fallida, sin precedentes en democracia, abre en la política española un tiempo hasta ahora inexplorado. Dos meses que pueden ser de ebullición, de estancamiento o de resolución; una cuenta atrás que se vivirá con la presión creciente ejercida por la amenaza de una repetición electoral. En etapas de confusión, quien primero pone un papel sobre la mesa fija los términos del debate. Insuficiente para alcanzar la investidura, el acuerdo protagonizado por socialistas y Ciudadanos tiene la virtud de haber situado en el centro el terreno de juego para cualquier acuerdo posterior.

El Partido Socialista parece haber agotado sus opciones pero no conviene precipitarse. Por prudencia o ingenuidad, la actual dirección parece haber querido seducir con poco más que sus encantos a la izquierda populista. El lenguaje que Podemos entiende es el de la fuerza y es ahí donde Pedro Sánchez tiene aún posibilidades. Todo el poder local acumulado por los radicales depende del respaldo socialista que, hasta ahora, les ha sido regalado. Mientras tanto, algunos presidentes regionales padecen la deslealtad insolente de Podemos desde el primer instante. La clave está en que los alcaldes pueden ser sustituidos a partir de junio –transcurrido un año desde su elección– mientras que es imposible conformar mayorías alternativas contra los presidentes socialistas. Un gesto de autoridad de Sánchez, si cuenta con el respaldo interno suficiente, podría cambiar todo el panorama.

Tras forzar el primer movimiento de su principal adversario, Mariano Rajoy se enfrenta ahora al escenario que había buscado desde la noche electoral; aunque posiblemente no pudo anticipar el desconcierto vivido entre sus filas al rehuir la investidura que naturalmente le correspondía. No es fácil conciliar ante la opinión pública la reivindicación de la victoria con la negativa a encabezar el proceso de formación de Gobierno, como tampoco resulta sencillo explicar el desprecio del acuerdo alcanzado entre aquellos con quienes se dice querer pactar. Ahora, con el horizonte despejado, llega el momento de asumir el protagonismo aunque solo sirva para certificar las carencias. Porque, tras la táctica, emerge la evidencia de que los términos del reclamado acuerdo a tres bandas difícilmente se alejarían en lo sustancial de lo ya pactado, y que el escollo que subsiste es que 123 escaños son notoriamente insuficientes para ganar la investidura si los 227 restantes descartan de plano esa opción.

El Partido Popular no puede renunciar a encabezar el Gobierno, pero para conseguirlo debe ser flexible en las personas y en las propuestas. Reconocer a las partes en la negociación e identificar correctamente sus intereses es un requisito previo para alcanzar un acuerdo satisfactorio. El electorado de Ciudadanos, mayoritariamente situado en el centro derecha, abandonó el paraguas del PP tratando de forzar así cambios en su seno; en consecuencia, lo único que su dirección no puede asumir es la continuidad sin más de los protagonistas de la etapa anterior. El Partido Socialista poco más puede moverse ya hacia su derecha sin riesgo de quiebra interna. El voto o la abstención ajenos nunca serán un acto debido; o hay pacto o habrá nuevas elecciones. Si no se exploran todas las posibilidades, si no se agotan los cauces posibles para alcanzar un acuerdo, las urnas penalizarán al indolente. 

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