A vueltas con Europa
Grecia, el Reino Unido y la futura gobernanza de Europa... problemas que necesitan soluciones urgentes para prevenir desastres en la eurozona.
El mundo de la empresa no es perfecto. Pero cuando hay problemas, sus responsables toman las decisiones que consideran necesarias, aunque sean dolorosas. Todo lo contrario que en el mundo de la política, donde antes de la fecha límite marcada, todos juegan al póquer, como me comentaba hace poco una exministra, y nadie quiere ser señalado como culpable del fracaso de las negociaciones, como opinaba privadamente un alto cargo de La Moncloa. Tomemos el ejemplo de Grecia: si Europa fuese una empresa, probablemente los máximos representantes de Atenas, el Eurogrupo, Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Central Europeo (BCE), la Comisión Europea y el Consejo Europeo se hubiesen sentado en una mesa hace meses para decidir en un tiempo razonable si hay posibilidades de llegar a un acuerdo, partiendo de la base de que es bueno que Grecia siga en la Eurozona y que a un compromiso solo se puede llegar si ambas partes modifican sus posturas maximalistas. Pues no, en la política europea se encadenaron miles de reuniones técnicas y políticas infructuosas así como comentarios contradictorios e hirientes por parte de todos los bandos hasta que al final Grecia perdió los nervios.
Si lo que ha pasado con Grecia se repite con Gran Bretaña, qué dos años de incertidumbres y sobresaltos nos esperan. Desde que David Cameron ganara las elecciones generales y anunciara un referéndum en 2017 sobre la continuidad de los británicos en la Unión Europea, no hay día en el cual los medios de comunicación no reflexionen sobre las probabilidades de un No, independientemente de las concesiones que consiga el Gobierno conservador de sus socios comunitarios, por ejemplo en el tema del “turismo de seguridad social”, dadas las reservas de París o Varsovia de aceptar cambios en las normas sobre la libertad de circulación de los ciudadanos europeos. Si, como temen muchos expertos, una salida del Reino Unido sería mucho peor que la de Grecia, en una empresa responsable los pesos pesados europeos se citarían seguramente lo antes posible para buscar una posición común que dé bazas suficientes a Cameron para promocionar el Sí en el referéndum, sin desvirtuar lo conseguido en los tratados europeos.
La buena noticia es que a los Gobiernos de Alemania y Francia, por un lado, y de España, por el otro, la parálisis en cuanto a avances en la gobernanza europea, por lo menos de la Eurozona, les comienza a inquietar tanto que se han puesto manos a la obra para reclamar cambios en la política económica común: van desde una unión presupuestaria auténtica hasta un cambio de mandato para el BCE, para que no solo tenga el objetivo de combatir la inflación, sino también para prevenir divergencias macroeconómicas entre los países miembros. Entre las medidas propuestas, no demasiado airadas por los medios de comunicación, se incluyen además la aceleración de la unión del mercado y fiscal, la armonización de las políticas económicas y, en el caso de Madrid, la reclamación de eurobonos.
Es hora pues que los líderes europeos actuales se comprometan con propuestas imaginativas, atrevidas e ilusionantes. La solución no puede seguir siendo lo que Europa ha hecho en los últimos años: marear la perdiz hasta llegar a compromisos de última hora que no satisfacen a nadie. Es necesaria una estrategia común, por ejemplo para 2025, y atacar los problemas como lo haría una empresa seria y responsable, preocupada por su marca y reputación.



