Rudi inicia su retirada de la vida política
La dirigente del PP aspiró a ser ministra con Rajoy, pero ahora dejará en breve sus cargos dentro del partido.
De carácter firme a la par que discreta, Luisa Fernanda Rudi (1950) saborea las que serán sus últimas semanas en la primera línea política. Esta sevillana de nacimiento, pero aragonesa de adopción, ha transitado en las últimas dos décadas por un buen número de cargos públicos y dentro del PP bajo un denominador común: su imparcialidad y un currículum político alejado de toda polémica, un hecho difícil de encontrar a día de hoy entre la clase dirigente. Rudi rompió varios techos de cristal a lo largo de su trayectoria política sin ser una “feminista de pancarta”. A ella le gusta recordar que fue la primera censora de cuentas en Zaragoza, lo que en la actualidad es el cuerpo de auditores, tras unas oposiciones en las que un puñado de mujeres compitieron contra cientos de hombres. Luego fue la primera alcaldesa de la ciudad, la primera presidenta del Congreso de los Diputados y, finalmente, la primera presidenta de Aragón.
Casi unanimidad
Aquel día del año 2000 en el que se convirtió en la tercera autoridad del Estado se produjo una votación en la Cámara Baja que difícilmente se volverá a repetir en el futuro a corto o medio plazo. El PP de José María Aznar acababa de lograr la mayoría absoluta y la candidatura de Rudi fue la única que se presentó a votación en el Hemiciclo. Hubo 329 votos a favor, quince en blanco, cinco nulos y, lo más sorprendente, ningún voto en contra.
En la víspera, los representantes de PP, PSOE, CiU, CC e IU habían llegado a un acuerdo sobre la composición de la Mesa del Congreso, lo que desembocó en aquella plácida y cortés votación del día siguiente, en la que Rudi se convirtió en la primera mujer con mando en la Carrera de los Jerónimos. En su discurso de aceptación, la nueva presidenta del Congreso reconoció que su elección era un “símbolo” en el “largo trecho que queda por recorrer hasta alcanzar la ansiada igualdad real”. De su etapa en Madrid no hay constancia de declaraciones estridentes, meteduras de pata o micrófonos abiertos, pese a que fue una legislatura complicada, con sesiones de alto voltaje como las del caso Gescartera, el hundimiento del Prestige o la guerra de Irak.


