Rita Barberá, de fallera mayor a ninot
La exalcaldesa de Valencia fue una niña bien de la sociedad valenciana, seguidora de los pasos de su padre y, por fin, la mamma del PP de Valencia. Su hundimiento ha terminado arrastrándola.
Hacía tiempo que Rita Barberá miraba bajo sus pies, aunque no al precipicio que quizá vea ahora. En sus últimos años como alcaldesa, salir en Fallas al balcón del ayuntamiento para presidir la mascletá ya no era un baño de masas asegurado. No solo porque Mariano Rajoy podía no estar presente, dependiendo del momento que atravesaran los escándalos de corrupción en la comunidad. También porque la masa se había descontrolado. Ya no era seguro que a la zona que queda justo debajo del balcón accedieran solo seguidores de la alcaldesa para empezar los aplausos que, por mimetismo, terminaba repicando en toda la plaza. En los últimos años, la Policía Municipal tuvo que sacar del lugar a personas que “no podían estar allí”. Sobre todo tras cerrar Canal Nou, la televisión autonómica, y la aparición de un grupo llamado Intifalla, que tomó por costumbre ir a protestar al término de cada mascletá. La solución, subir la música para que no se oyeran los pitos.
El balcón del ayuntamiento en Fallas fue, según un político de la ciudad, “el sitio de exhibición de la gloria” de Barberá. Allí botó, aplaudió y congregó durante años a dirigentes del PP como demostración de su poder. Fue también donde en 2015 se lanzó a hablar un valenciano que su familia, de origen catalán, siempre se negó a utilizar y pronunció aquel “caloret faller” que hizo las delicias de sus críticos y las redes sociales. Al cabo de dos meses dejaba la alcaldía y menos de un año después enfila el camino de los olvidados del PP. Barberá pasó de ser el ojo derecho de su padre al ojo derecho del PP, por sus éxitos en su mayor granero de votos. Hoy, algunos dirigentes del PP valenciano con responsabilidades de décadas a sus espaldas dicen no conocerla más que de “hola y adiós”.
Barberá tiene hoy a la mitad de sus exconcejales imputados; al resto, investigados; el PP de Valencia en manos de una gestora, y el de Madrid concediéndole una última gracia, la de esperar su dimisión para no tener que destituirla. Nada que ver con el “icono” por el que se la tuvo hasta hace nada. A lo largo de toda su vida, ha sido referente y protectora de sus tres hermanas, cuñados, sobrinos y cargos del PP de Valencia, donde jamás le hicieron una lista desde fuera. “Ella los ponía, los encumbraba y los desemcumbraba”, dice del trato que tenía con sus concejales una conocida, que destaca su “bonhomía” con su entorno. Era una “gran mamma” para ellos, añade. No dudaba en colocar a hermanas o sobrinos y si se cansaba de algún protegido casi siempre miraba dónde encontrarle un acomodo lejos de ella.
Barberá era el ejemplo en el que tenía que mirarse Soraya Sáenz de Santamaría, según le dijo su madre cuando empezó en política. A cambio de éxitos electorales y protección, hacía y deshacía a su antojo. A ninguna de las fuentes consultadas por este semanario, dentro y fuera del PP, le cabe en la cabeza que Barberá no supiera lo que ocurría en empresas privadas con una elevada participación del ayuntamiento –donde presuntamente se amañaron contratos y se cobraron comisiones– ni en su grupo municipal –donde habría funcionado una caja B que concejales y asesores intentaban blanquear–. Hablan de “poder absoluto”. “Rita era mucha Rita. Rita mandaba, ¿eh?”, dice un dirigente popular.
Pasar desapercibida nunca fue con la exalcaldesa, que igual se ganaba a los empresarios valencianos que era considerada la “reina del mercado” por la cercanía que mostraba hacia la gente.
Barberá se convirtió en alcaldesa en 1991 gracias a un pacto con la Unión Valenciana de Vicente González-Lizondo, que ella, a la que nunca se le ha conocido públicamente pareja, calificó de “matrimonio político perfecto”. Lo recuerda Vicente González Lizondo hijo, que cree que el acuerdo fue mucho mejor para Barberá que para su padre. “En boca de todos los que vivieron esa época está el recuerdo de que mi padre era quien trabajaba y Rita la que salía en la foto”. En el Pleno municipal, su imagen “campechana” y “simpática” desaparecía para la oposición. El socialista Joan Calabuig, hoy teniente alcalde, dice que Barberá no permitió un debate sobre su gestión en 19 años. “No había sesiones de control y en el Pleno jamás se le pudo replicar ni una sola vez. Eso ha pasado durante casi 20 años, es una cosa delirante”. Si la oposición se enfrentaba a ella, “nos gritaba que queríamos protagonismo a costa suya y se acababa la discusión”, recuerda. Hace dos años aceptó celebrar un debate sobre el estado de la ciudad en el que, en lugar de ir ella, mandó a Alfonso Grau.
Fue la primera de las cuatro hijas de una familia bien situada de la sociedad valenciana, originaria de Cataluña, de donde proceden sus dos apellidos, Barberá y Nolla. Este segundo aún es sinónimo en Valencia de una de las mejores cerámicas de la tierra, gracias a la fábrica de la que fue propietario su tatarabuelo en Meliana, una localidad de L’Horta, al lado de Valencia. Allí aguanta casi en ruinas el palacete al que el tatarabuelo Nolla invitó a almorzar a Amadeo de Saboya, que quedó fascinado con unas cerámicas que cubrieron los suelos en varias cortes europeas. Aunque la fábrica pasó a otras manos a principios del siglo XX, en el imaginario colectivo sigue ligada a la familia de Barberá, una “coletilla” de la que dan cuenta en el estudio Arae, que ha investigado sobre la riqueza de sus diseños y materiales. Barberá asistió el año pasado con algunos de sus primos a la inauguración de una exposición sobre estos trabajos, con los que ya solo queda un vínculo “afectivo”. Llegó a decir que lo que más echaría de menos del ayuntamiento que dirigió a lo largo de
24 años serían los mosaicos del suelo, decorado por sus antepasados Nolla.
De niña, estudió en el colegio católico Domus, hoy situado en la localidad de Godella, pero que en aquella época se encontraba en el centro de Valencia, donde vivía y todavía vive la exalcaldesa. Allí niegan que fuera un centro de élite, aunque ya era concertado y hasta los años 80 del pasado siglo fue solo para niñas. Barberá es su alumna más renombrada, y por eso siempre ha sido invitada a los eventos más importantes del colegio, por ser “un referente” de la ciudad. Poco después de dejar la alcaldía la pasada primavera, Barberá hizo acto de presencia en la celebración del 75 aniversario del centro. Ante antiguas compañeras, leyó un breve discurso en el que se acordó de sus maestras, como aquella que las obligaba a poner las palmas de las manos sobre las rodillas cuando estaban sentadas. Los veranos los pasaba en Jávea, donde aún hoy tiene una casa en Tosalet, la mejor urbanización, en la zona de los pinares, habitada por familias bien situadas de Madrid y Valencia.
Colegio católico y veraneos en la casa familiar en la playa cuadraban muy bien con el entorno de familia acomodada en el que nació la exalcaldesa. Además de sus ricos ancestros, es nieta de médico e hija de periodistas. Se licenció en Políticas, Económicas y Empresariales en Valencia y después fue a Madrid a estudiar Periodismo para seguir los pasos de José Barberá, director de los diarios Jornada y Levante aún durante el franquismo y presidente de la Asociación de la Prensa de Valencia. Un señor con peso y “de derechas a más no poder”, recuerda una periodista que, incluso conociendo a la familia, no consiguió que la aceptara en la asociación por sus ideas izquierdistas. Después trató a la hija, cuando empezó a trabajar en lo que sería el equivalente del gabinete de prensa del Gobierno Civil. “Rita es calurosa, cercana, se apunta a un bombardeo”, dice de ella.
No solo siguió los pasos profesionales de su padre, también los ideológicos. “Era muy de derechas, pero en plan populista, como una cacique, lo que pasa es que se ha sabido acoplar a las circunstancias”. Este carácter y, seguramente también la mano de su padre según las crónicas de entonces, le llevarían a ser proclamada en 1973, con 25 años, musa de la Olimpiada del humor que organizaba el Ayuntamiento de Valencia.
La conversión durante la Transición de los Gobiernos Civiles en las delegaciones del Gobierno pilló a Barberá haciendo recortes de prensa, escribiendo notas y organizando comidas en el Sindicato Vertical. También entrando en política y divirtiéndose.
Por aquellos años, uno de los mejores planes de la gente bien de Valencia era ir al casino de Monte Picayo, situado en un exclusivo hotel del mismo nombre. Hoy está cerrado pero a finales de los 70 y principios de los 80 lo mismo pasaban por allí estrellas de Hollywood y miembros de las casas reales que Juan Pablo II bendecía el complejo y a sus empleados. También una joven Barberá, a la que le gustaba sobre todo jugar al dominó, recuerda una colega lejana. “A Rita le gustaba jugar”. Quizá por eso dio el paso al frente y se convirtió en una de las fundadoras de Alianza Popular (AP) en Valencia en 1976, a pesar de que al principio no le gustaba ni un pelo a Manuel Fraga. En esos tiempos, AP en Valencia eran “cuatro gatos” que eligieron a Barberá para presentarse a las elecciones autonómicas de 1983. Compaginó escaño (que conservó hasta 2015) con el puesto de jefa de prensa del presidente de la Confederación Empresarial Valenciana (CEV), Vicente Iborra Martínez, con el que vivió su primera crisis política, aunque menos grave de la que protagoniza ella hoy. Iborra dimitió en 1985 al verse implicado en un fraude de la empresa de aparcamientos de la que era propietario. Barberá continuó en su puesto con un nuevo presidente, que también le dio el empujón a la política. Pedro Agramunt presidió el primer PP valenciano y de su mano fue candidata por primera vez a la alcaldía de Valencia.
Hay quien cree que, al cabo de los años, le traicionó al permitir que José María Aznar eligiera a Eduardo Zaplana y no a él como candidato a la Generalitat. De traición también se habla estos días con motivo de la venganza que estaría llevando a cabo quien fuera su más estrecho colaborador. Alfonso Grau, que sugiere que Barberá conocía la contabilidad B y el blanqueo en respuesta a que ella le dejó solo en su implicación en el caso Nóos y defenestró a su mujer, la también exconcejala María José Alcón.
Pocos años después de su llegada a AP, Fraga se desharía en elogios hacia a ella. También hizo muy buenos amigos entre otros pata negra de AP y luego del PP que le han acompañado hasta hoy, Aznar y Mariano Rajoy entre ellos. Por el contrario, miraba por encima del hombro a llegados de otras formaciones, como Eduardo Zaplana, procedente de UCD, al que, incluso siendo presidente de la Generalitat, puenteaba para llamar directamente a Génova, la sede nacional del PP. Esto también lo haría después con Alberto Fabra. En respuesta, Zaplana decidió castigarla con no salir en Canal Nou. Quedaba relegada a programas vespertinos en el segundo canal, lo que dolía especialmente a alguien que, según cuentan en el PP, no aspiraba más que a seguir al mando de Valencia, a pesar de los dos amagos que hizo para encabezar la lista al Congreso. Pero también a recibir “cariño” de su partido, el que ahora le ha retirado Madrid. “Rita podía haber sido presidenta de la Generalitat, pero le gustaba ser alcaldesa de Valencia. Pero siempre con la foto al lado del que mandaba, para ella era suficiente”.
El castigo de Zaplana se lo levantó su sucesor, Francisco Camps. Ya había sido concejal suyo –cargo que, según las malas lenguas, nunca dejó de desempeñar– y la recuperó en la televisión. Barberá volvió a aparecer en los telediarios, nada menos que en eventos de tanto brillo como la Copa América de vela o la Fórmula 1. Camps no llegó a caer en desgracia a ojos de Barberá, pero sí del PP cuando su imputación por el caso de los trajes hizo insostenible su situación. Barberá, como persona de confianza de Camps y de Rajoy, fue una de las pocas personas que pasó la última noche en casa del president convenciéndole de que la dimisión era la mejor salida. Después llegó Alberto Fabra, un castellonense fuera de su órbita de influencia valenciana que, además, tenía el cometido de hacer limpia. Los enfrentamientos con Barberá fueron sonados por sus líneas rojas. Por ejemplo, la exalcaldesa no estaba de acuerdo con que los imputados no pudieran ir en una lista electoral. Una situación similar vivió Baleares con José Ramón Bauzá, expresidente de las islas que tomó las riendas de un PP regional también muy golpeado por casos de corrupción. Recuerda que ante la tarea de limpiar el partido tenía claro que no valían las medias tintas, algo “nada fácil porque yo estuve absolutamente solo”. “Fue una decisión propia y sin ayuda, porque lo que se pedía es que se contemporizara, con tranquilidad, que no había juicios, que no se podía...”, mensajes que llegaban “desde todos los niveles”. “Yo actué conforme a lo que creí que se necesitaba en ese momento”, recuerda Bauzá.
Fabra, a la luz de los casos que se siguen conociendo, no consiguió limpiar el partido. Ahora comparte escaño en el Senado junto a Barberá que, una vez más, logró ser más escuchada por Rajoy y situó a su preferida a la cabeza del PP valenciano, María Isabel Boning, la misma que ha puesto una gestora a dirigir el PP de la ciudad del que Barberá fue la líder. De momento, el PP aguarda a que Barberá dimita. Mientras no lo hace, Rajoy le ha hecho un último favor al blindarla incluso si se convocaran elecciones. La ha retirado de la importante Comisión Constitucional del Senado a la que iba a ser asignada pero será miembro de la Comisión Permanente, que no se disuelve y por tanto, Barberá no perdería su condición de aforada.
Lo que parece claro es que estas serán las primeras Fallas en más de dos décadas en las que no presenciará la mascletá desde el balcón del ayuntamiento. Nadie en el nuevo consistorio –coalición de Compromís y PSOE– tiene intención de invitarla.



