Regalos envenenados

25 / 09 / 2009 0:00 Clara Pinar y Antonio Rodríguez
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Los políticos españoles reciben a diario obsequios de todo tipo sin que apenas haya control sobre ellos. A diferencia de otros países, en España no existe ninguna regulación que obligue a rechazarlos a partir de una determinada cuantía. Salvo contadas excepciones, lo habitual es aceptarlo todo.

Francisco Camps puede convertirse muy pronto en el primer presidente autonómico en enfrentarse a un juicio por cohecho impropio. Los cuerpos del delito son los trajes y otras prendas de vestir cuyo importe habría sido satisfecho por personas implicadas en la trama de corrupción relacionada con el Partido Popular y que pasará a la historia como el caso Gürtel . Esos trajes, que Camps sostiene que no fueron un regalo porque los pagó de su bolsillo, no son más que la punta del iceberg del oscuro y descontrolado mundo de los obsequios que recibe gran parte de la clase política española. Si bien esta cuestión está algo más clara en el Gobierno central, el resto de administraciones españolas gozan de total impunidad para hacer con los regalos lo que en cada momento estimen pertinente.

De manera general, todas las fuentes consultadas por Tiempo dicen aplicar el “sentido común” a la hora de aceptar o rechazar aquellos presentes que reciben a diario. Cuando se les pregunta sobre el criterio utilizado para determinar si un regalo no debe aceptarse porque quien lo hace podría estar esperando algo a cambio, las mismas fuentes utilizan frases hechas del tipo “lo socialmente aceptado” o “lo tradicional”. Para organismos internacionales como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo de Europa (OCDE) o el Consejo de Europa, que un político reciba un regalo constituye por sí mismo un factor de riesgo de corrupción aunque no exista constancia de que el cargo público da o hace algo a cambio.

Por este motivo, otros países de nuestro entorno tienen regulados los límites que no pueden sobrepasar estas dádivas, algo que la OCDE cree que también deberían hacer las autoridades españolas. Este organismo reconoce que en los últimos años se han dado algunos pasos en el buen camino -el principal es el código de buenas prácticas de 2005 elaborado por el ex ministro Jordi Sevilla -, pero advierte que aún quedan muchas cosas por mejorar. En España, el límite entre el regalo aceptable y el que puede constituir un delito de cohecho impropio es una cuestión tan subjetiva que da lugar a situaciones como la que actualmente afecta a Camps : mientras que en el PP se cree inverosímil que el presidente valenciano se venda por unos simples trajes, el juez del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana José Flors sostiene en su auto de imputación que la naturaleza del regalo (los trajes), la reiteración con que se hicieron y su coste “no pueden incardinarse en el marco de la adecuación social”, o lo que es lo mismo, que se trata de un obsequio que sobrepasa la simple cortesía.

Aunque divergentes, ni la posición que mantiene el PP ni la del magistrado son certezas absolutas porque no hay ningún texto legal que las ampare. Para el profesor de Derecho Penal de la Universidad de Castilla-La Mancha Adán Nieto, esa subjetividad es “el punto más polémico” del debate sobre dónde está el límite entre el regalo que responde a la cortesía y el que está motivado por una actitud más reprobable. Ante la falta de regulación clara al respecto, ¿qué es lo que se hace en realidad? En el palacio de la Moncloa, residencia del presidente del Gobierno, casi todo lo que llega como regalo se queda en el recinto. En primer lugar, están los obsequios recibidos en el extranjero durante las visitas oficiales, que se colocan en una recóndita estancia. Junto al despacho de José Luis Rodríguez Zapatero , una planta por encima de donde el Consejo de Ministros se reúne cada viernes, existe una sala restringida a la que sólo acceden unas pocas personas. En su interior están alineadas unas vitrinas con algunos de los regalos que mandatarios extranjeros han obsequiado a los presidentes de Gobierno de la democracia y, a tenor del nombre que los responsables de protocolo le han puesto a esta sala –la galería de los horrores–, cualquiera se puede imaginar el poco gusto con el que se fabricaron algunos de estos objetos.

Rotación de regalos

Pocos lo saben, pero un equipo de funcionarios de Patrimonio Nacional sustituye periódicamente estas piezas por otras que se encuentran almacenadas en uno de los sótanos del recinto presidencial, donde se guardan para siempre. De este tipo de obsequios no se devuelve ni se subasta nada. “No se puede negar un regalo porque estamos hablando de relaciones internacionales”, justifica a Tiempo un responsable gubernamental. Por esta vía llegaron a España la llama peruana que regalaron a Felipe González o el caballo que entregó Muamar el Gadafi a José María Aznar en su primera visita a Libia. La primera acabó en un zoológico madrileño tras una temporada en los jardines de La Moncloa, mientras que el purasangre, de nombre Nayar el Qaid –“el rayo del líder”–, pasó a formar parte de la remonta del Ejército. Los países árabes suelen hacer regalos muy caros, en especial las monarquías del Golfo Pérsico, al bañar en oro y plata muchos de los obsequios. En todo caso, los rolex de oro de los que se habló en el pasado son un mito fruto de una leyenda urbana, según la citada fuente. Por su parte, los países centroeuropeos regalan cerámica, cristal y jarrones, mientras que las repúblicas iberoamericanas gustan de dar cuadros y objetos típicos locales. Además, existe una regla no escrita que prohíbe que un jefe del Ejecutivo se lleve consigo los obsequios cuando termina su mandato. En cuanto a los regalos que llegan directamente a Moncloa a nombre del presidente, es su jefe de gabinete quien tiene la potestad de rechazar un objeto cuando cree que el envío supera los límites de la simple cortesía. “La gente suele ser bastante sensata”, subraya un responsable gubernamental.

En todo caso, Zapatero se suele quedar para él los gemelos, las corbatas y las plumas que recibe. Y si se reciben objetos perecederos –como las anchoas del presidente cántabro, Miguel Ángel Revilla , las cestas de Navidad o las botellas de vino–, pasan directamente al servicio de cocina de Moncloa y, a continuación, a la mesa de la familia Zapatero o a las comidas institucionales con invitados. ¿Y qué suele regalar un presidente del Gobierno? Nada ostentoso ni muy caro. La clave está en la búsqueda de algo que le guste al receptor. Los obsequios más socorridos son el vino, las reproducciones de grabados y el jamón ibérico que, sobre todo, han degustado los cancilleres alemanes: primero fue Helmut Kohl en la etapa de Felipe González y la tradición se ha ido repitiendo con Gerhard Schroeder y Angela Merkel . Mención aparte dentro del Gobierno merecen los ministerios, donde la falta de una regulación específica hace que cada departamento gestione sus regalos. En Navidad, por ejemplo, la Administración cuenta con tres criterios para felicitar a alguien: sólo con una tarjeta navideña, con una tarjeta y un pequeño detalle como una corbata o un pañuelo y con una tarjeta y un gran regalo.

En el Ministerio de Defensa, por ejemplo, este último apartado incluye cajas de botellas de vino que rondan entre los 60 y los 90 euros, cuadros, reproducciones enmarcadas de mapas antiguos... y en la época de José Bono mantas, campanitas con alguna inscripción y relojes. El ahora presidente del Congreso compartió con el ex director del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) Alberto Saiz el gusto por sorprender a alguno de sus allegados con un buen vino manchego. En cuanto a los regalos que llegan a nombre de los ministros, se toma nota de la recepción, se informa al titular y éste hace uso de ellos con total libertad. No se suele repartir nada y más de un despacho ministerial ha tenido cuadros sin desembalar durante bastante tiempo. Asimismo, al igual que en Moncloa, sólo el jefe de gabinete decide si se devuelve algún objeto y, en última instancia, la decisión corresponde al propio ministro. “Puede haber algún regalo con doble intención. Algunos intentan ser más agradables de lo normal para ver si medran un poco. O quizás sin intentar nada a cambio, pero con la intención de que brille, aunque no suele ser lo normal”, apunta un alto cargo a esta revista. José Antonio Alonso , por ejemplo, casi nunca aceptaba algo cuando era ministro y Jordi Sevilla, estando en Administraciones Públicas, tuvo que hacer de tripas corazón y, a pesar de que le encantan las estilográficas, se vio en la obligación de devolver una pluma muy cara. “Es que era demasiado. Cuando la vi, como las conozco, pensé: ‘Esto es mucho”, relata el ex ministro a este semanario con la tranquilidad de saber que el regalo fue cosa del departamento de protocolo de una empresa cuyo presidente ni siquiera se enteró de lo ocurrido. Precisamente, Sevilla era el ministro de Administraciones Públicas cuando en 2005 se adoptó en España el único código de conducta que ha tratado de regular la recepción de regalos en la Administración. Era la época en la que grandes empresas empezaban a poner reglas sobre los obsequios que podían recibir sus ejecutivos para no incurrir en conflictos de intereses y a los responsables del ministerio les pareció que esta idea podría trasladarse también a la función pública. Con respecto a los obsequios, ese código establece que “se rechazará cualquier regalo, favor o servicio en condiciones ventajosas que vaya más allá de los usos habituales, sociales y de cortesía” y también indica la conveniencia de no aceptar nunca “préstamos u otras prestaciones económicas que puedan condicionar el desempeño de sus funciones, sin perjuicio de lo establecido en el Código Penal”. El texto impulsado por Jordi Sevilla añade que “en el caso de obsequios de mayor significación de carácter institucional se incorporarán al patrimonio del Estado”.

Según recuerdan responsables de su elaboración, está claro qué es legal y qué no lo es y el código pretendía aclarar las “zonas grises entre lo legal y lo ilegal”. Trasladado a la actualidad, el presidente Camps no podría haberse escudado en lo dispuesto en el código para justificar que le hubieran regalado los trajes de la discordia. “Es evidente que no, porque es un regalo a muy pocas personas, y por tanto no es institucional. En segundo lugar, es claramente un regalo que va por fuera de los usos y conductas de nuestro país”, estiman las mismas fuentes. “Te pueden regalar una botella de vino, una caja de puros, pero un traje no hay por dónde cogerlo”.

Arbitrariedad regional

Aunque el código de buenas prácticas se dirigía en principio a la administración central del Estado, el Ministerio de Administraciones Públicas también quiso que fuera adoptado por las comunidades autónomas, pero no tuvo éxito, ni siquiera entre las gobernadas por los socialistas. La única que dice aplicarlo actualmente es Andalucía, según han informado a Tiempo fuentes de la Junta. El resto de gobiernos regionales ha declinado adherirse a un documento que suscita “escepticismo” sobre su utilidad, recuerdan las fuentes consultadas. Así pues, en los ejecutivos autonómicos imperan más bien los usos y costumbres y la cortesía. Ahí se encuadran, por ejemplo, las botellas de vino, puros o libros que cada Navidad entran y salen de ministerios, consejerías o concejalías, de la misma manera que ocurre en el sector privado. Esos son los regalos más frecuentes que dicen recibir los presidentes regionales, que, como tónica general, aseguran no haberse topado con problemas de conciencia a la hora de aceptar o no un regalo que pudiera suscitar suspicacias, según explican a este semanario algunos de ellos, como los de Galicia o Castilla y León. Tampoco es común llevar un registro de todos los objetos que se reciben, que no suelen salirse del intercambio de productos típicos o artículos tradicionales, normalmente a título institucional. Por ejemplo, el presidente de La Rioja, Pedro Sanz , no tiene problemas en quedarse con los obsequios, siempre que estos “formen parte de la cortesía, de la muestra de buena educación y de las relaciones entre las personas”. La pauta de comportamiento del presidente riojano se basa en “la tranquilidad de la conciencia de cada uno”, según se explica desde su entorno, y es la misma que le llevó a aceptar uno de los regalos que más ilusión le ha hecho: el mural con el que le obsequió el Centro Riojano la capital de México y que Sanz mandó colocar en la sede de la presidencia del Gobierno riojano.

Como norma general, la presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre , devuelve todos los regalos que se le hacen a título personal, a excepción de aquellos que tienen un “valor sentimental”, que suelen ser libros firmados; flores, que utiliza para decorar su despacho; y dulces, que suele repartir entre sus colaboradores. Fuera de estos casos, los regalos regresan a sus donantes, incluida aquella ex compañera de colegio que trató sin éxito de regalarle un marco de plata. El Gobierno madrileño, donde la cuestión de los regalos tampoco se rige por reglas concretas, suele homenajear a deportistas de élite, como el jugador de la NBA Pau Gasol , que recientemente recibió el Premio Internacional de Deporte de la Comunidad de Madrid, o el ganador del Tour de Francia Alberto Contador . Ambos regalaron a Aguirre una camiseta firmada que tuvo el mismo destino: la Consejería de Deportes. El resto de regalos institucionales permanecen en las dependencias del Gobierno regional, donde los obsequios de la época de Aguirre conviven con los de la época de Alberto Ruiz-Gallardón . La polémica del caso Camps también ha salpicado al presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla . Tras conocerse la decisión del juez Flors de imputar a Camps por el tema de los trajes, la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá , protestó por que nadie se haya quejado de las anchoas que Revilla lleva a La Moncloa cada vez que se entrevista con el presidente del Gobierno. Gracias a esas declaraciones, ahora sabemos que también recibe anchoas el presidente popular, Mariano Rajoy, y que Revilla no piensa dejar de pasear por toda España productos típicos de su tierra como también lo son el queso y los sobaos pasiegos. Sin embargo, Revilla es mucho más cuidadoso como receptor de regalos.

La mayoría de los que recibe a título institucional son libros que quedan expuestos en las vitrinas de la sede de la presidencia donde recibe a las visitas. Hace unos meses Revilla fue obsequiado por el grupo de comunicación Vocento con un ejemplar de la exposición callejera de vacas decoradas -la llamada Cow Parade-, que cambió un sitio en una calle en Madrid por la entrada a la sede del Gobierno cántabro en Santander. A título personal, se muestra mucho menos dispuesto a ser agasajado, tal y como demostró hace cinco años, en las semanas previas al enlace entre el príncipe Felipe y Letizia Ortiz . Al presidente le preguntaron qué se iba a poner para la boda y él respondió que tenía pensado alquilar un chaqué, porque no merecía la pena comprar uno si no se lo iba a volver a poner. Entonces recibió una carta de un grupo de sastres cántabros en la que se ofrecían a confeccionarle un chaqué y regalárselo, algo que rechazó. Finalmente, Revilla se compró un chaqué de 700 euros y, después de la boda, lo entregó a una subasta benéfica, donde se recaudaron 4.200 euros a favor de un proyecto de cooperación en Mali. “Lo razonable” y los “usos de la simple cortesía” son también los conceptos que aparecen en el código de conducta que elabora actualmente la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP). Este organismo agrupa a los ayuntamientos españoles, que son las instituciones a las que más han salpicado los casos de corrupción durante los últimos años. En los próximos meses la FEMP adoptará un código que establece que “en el desempeño de sus funciones, los representantes electos deberán abstenerse de cualquier conducta que se considere soborno pasivo o activo”. El alcalde del municipio madrileño de Villanueva de la Cañada, Luis Vives , es el ponente del PP en la comisión de la FEMP que trabaja sobre un código que, una vez más, no establece límites objetivos a lo que es aceptable.

Como edil, en una ocasión no aceptó una cesta de Navidad “de tres pisos” que le parecía excesiva y la donó a una institución benéfica, pero defiende que la mayoría de las veces “no hay nada” detrás de los regalos a los políticos. A la hora de fijar un límite, quizá “por encima de 100 o 200 euros”, aunque “todo depende” del regalo o de quién lo haga. Uno de los contados ayuntamientos que sí tienen su propio código es el de San Sebastián, cuyo alcalde, Odón Elorza , es precisamente el ponente socialista en la comisión de la FEMP que trabaja en el código común. En 2005, la corporación donostiarra aprobó el Manual de buenas prácticas políticas que, a pesar de ser una isla en el panorama nacional, es igualmente impreciso. Una vez más, contempla que “no se aceptarán regalos de carácter significativo que vayan más allá de los usos sociales habituales, ni compensaciones ni favores que puedan condicionar el desempeño de sus funciones”.

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