Pánico en el Peñón
Gibraltar tiembla. Y no solo la zona inglesa. A ambos lados de la frontera se mira con preocupación la posible salida del Reino Unido de la UE. El impacto en la zona, de casi 600 millones de euros, puede ser catastrófico.
Todos los días, como muchos españoles, Manuel Márquez se levanta y se dirige caminando a su puesto de trabajo. Por el camino, sin embargo, Manuel tiene que enseñar el DNI para cruzar la frontera, una de las pocas que aún conserva por tierra nuestro país. Trabaja en Gibraltar, igual que otros 7.000 españoles contratados en el peñón. La estimación es que por cada uno de los que tienen contrato, casi otro trabaja sin él, en limpieza u otros quehaceres. Vienen cada mañana desde todos los rincones de la comarca, aunque fundamentalmente de La Línea de la Concepción. A esos trabajadores españoles se unen en la frontera otros 5.000 extranjeros, cuyo puesto de trabajo está en Gibraltar, pero que viven en el lado español de la aduana. El tránsito, en principio sencillo, puede llevar unos segundos o varias horas. La verja, como se conoce aquí a la frontera, es caprichosa y se mueve muchas veces al ritmo de la respiración de Madrid y Londres. Si la relación es fluida, corre veloz, si se enquista en torno a algún asunto, las colas empiezan a acumularse. Pasó en 2013, cuando el Gobierno de Gibraltar lanzó al mar varios bloques de hormigón con barras para crear un "arrecife artificial" que, en la práctica, evitaba la pesca de arrastre de la flota española. Como represalia, el Gobierno español limitó la llegada de camiones con material de construcción y llevó al límite el control aduanero en la frontera. La verja, en la práctica, se cerró. Los trabajadores tenían que pasar dos o tres horas esperando al sol para cruzar. Los peores días, incluso cinco o seis. En ocasiones, cuando les llegaba el turno era hora de volver. Los más afortunados tenían familiares con los que quedarse a dormir en Gibraltar durante la crisis. La mayoría, no.
El cierre oficioso también golpeó a los residentes. Gibraltar es completamente dependiente de las importaciones. No cultiva alimentos, ni tiene apenas industria. Todo llega desde España. Las colas de 2013 hicieron muy difícil el aprovisionamiento. Ni las mercancías o los turistas entraban, ni los gibraltareños salían. La economía de toda la zona se bloqueó. Los comercios de La Línea de la Concepción registraron descensos en sus ventas de en torno al 40%. Los restaurantes, aún mayores.
Es solo una muestra de la fragilidad que rodea a la frontera del Reino Unido con España, una de las pocas terrestres que los británicos tienen en el mundo y probablemente la que más afectada se vería en caso de que el próximo día 23 las urnas certifiquen su salida de la Unión Europea. “Sería una tragedia”, confiesa Joseph Blake apoyado en el mostrador de la tienda de puros donde trabaja. La pertenencia a la UE y las regulaciones fiscales especiales (Gibraltar está exento del arancel externo común o la obligatoriedad del IVA, además de tener un impuesto de sociedades muy bajo) han contribuido a que en el peñón despunten algunos negocios que copan buena parte de la economía local. Uno de ellos tiene que ver con el tabaco. “Esta es la tienda más barata de Europa. Los habanos cuestan la mitad que en España, menos de un tercio que en Londres”, explica Blake. La mayoría de sus clientes son europeos, que viajan por la costa andaluza y se acercan un día a Gibraltar a comprar y ver el peñón. “No quiero ni pensar que España empezara a exigir visados para entrar y salir”, se preocupa.
El Impacto económico
Muchos temen que la salida de la Unión Europea asfixie el pequeño territorio (6,8 km2, apenas del doble de tamaño que Central Park), en el que oficialmente viven unos 32.000 británicos. “Sobreviviríamos, pero el periodo de adaptación sería muy duro”, reconoce Gemma Vásquez, directora de la campaña Gibraltar, Stronger in Europe, que aboga por la permanencia del Reino Unido dentro de la UE. El 40% del PIB de Gibraltar depende de servicios financieros que se basan en regulaciones europeas. Sin ellas, el peñón tendría que volver a buscar un sitio. Su estatus especial dentro de la UE ha permitido que muchas empresas desplacen al peñón sus sedes a pesar de operar en otros países. Las cifras no son del todo claras, pero algunas estimaciones calculan que en Gibraltar están registradas entre 20.000 y 30.000 empresas (16.810 activas según el propio gobierno del Peñón), en torno a una por cada habitante. En los últimos años, la zona ha vivido un auge de empresas dedicadas al juego on line. Su actividad, muy difusa, facilita que se establezcan en Gibraltar, desde donde operan para todo el mundo. “Una salida de la UE nos obligaría a volver a construir toda la regulación desde la nueva situación”, reconoce Vásquez desde el local en el que se coordina la campaña.
En realidad Vásquez y todos sus colaboradores pelean contra fantasmas. Dentro del peñón resulta prácticamente imposible encontrar a nadie que vaya a votar a favor de la salida de la Unión Europea. Su intención no es ganar, algo que dan por seguro, sino movilizar lo máximo posible a los votantes para que no se queden en casa. Con los tracking diarios de las encuestas dando un empate casi contante entre las dos opciones, Vásquez cree que los 24.000 votos de Gibraltar (un 0,05% del censo) pueden ser definitivos.
Para que alguien defienda el Brexit en Gibraltar es necesario buscar a los turistas ingleses, a ser posible mejor cuanto más mayores. “Votaremos por la salida porque creemos que es lo mejor para nuestros hijos y nietos”, explica Lori Getty, mientras su amiga asiente una y otra vez y apunta: “No queremos dar más dinero. Creemos que podemos usarlo mejor que dándolo a la UE”. Ambas acaban de bajar de un crucero y pasan unos días recorriendo la costa mediterránea. Sobre Gibraltar ni siquiera tienen opinión. “Lo hacemos por nuestros hijos y nietos”, repiten cuando les preguntan por las consecuencias.
“El problema es que muchos británicos ni siquiera se han parado a pensar en las consecuencias económicas”, asegura Pepe, director general de la mayor compañía de venta de perfumes de Gibraltar. “Todos los líderes mundiales han avisado de que la primera en sufrir el Brexit sería Inglaterra”, señala. “Muchos votarán llevados por el enfado, pero no por la razón”.
En Gibraltar, sin embargo, es un tema de conversación diario. Todos están convencidos de que España aprovechará cualquier oportunidad para dificultar lo máximo posible el paso de la frontera y tratará de poner a la colonia entre la espada y la pared. No solo dependen de las importaciones desde España. Nuestro país les proporciona también infraestructuras de comunicaciones, servicios, asistencia sanitaria a muchos de sus residentes en el marco compensatorio establecido por la UE... incluso la retirada de la basura.
En este contexto de total dependencia, el ministro de Exteriores español, José Manuel García-Margallo, y el Gobierno del PP se han convertido en los últimos años en la bestia negra del peñón. Es difícil encontrar alguien que no sospeche de las intenciones del Gobierno del PP de aislar el peñón. “Aunque con el PSOE tampoco ha sido nunca fácil”, reconoce Pepe.
La defensa de la UE
Es precisamente esa “amenaza” lo que más preocupa dentro de Gibraltar. Hasta ahora, cuando la presión fronteriza se volvía
inaguantable los gibraltareños acudían siempre a Europa en busca de una defensa. Fue la UE quien desbloqueó el conflicto de las colas y quien impidió la instalación del peaje de entrada que quería poner en marcha el alcalde de La Línea para los vehículos que entren y salgan de Gibraltar. “Hay que recordar que la verja está abierta solo porque España quería entrar en la Unión Europea y se lo exigieron”, apunta Vásquez.
Efectivamente, durante trece años la frontera permaneció cerrada a cal y canto, con todas las comunicaciones cortadas entre ambos países. La decisión, unilateral de España, se tomó en 1969 tras la votación de la Constitución de Gibraltar y permaneció inalterable hasta siete años después de la muerte de Franco. En diciembre de 1982 se abrió el paso a peatones como gesto aperturista pedido por la CEE en las negociaciones de admisión de España. Poco más de dos años después, en 1985, empezaban a entrar y salir también vehículos.
Durante esos trece años el peñón tuvo que sostenerse aislado. La mayor parte de las mercancías llegaban directamente desde el Reino Unido, pero también desde otros países. “Entonces nos ayudaron desde Londres. Se implicaron. Esta vez pasaría lo mismo, pero esperemos que no haya que llegar a ese extremo”, confía Pepe. No todo es economía, recuerda. Había familias que quedaron divididas y tenían que hablarse a través de la valla. “Eso no puede repetirse”.
Desde la apertura de la frontera, las relaciones, más o menos tensas, se han mantenido estables. Y se sigue avanzando en la colaboración. Manolo Márquez ha participado en muchas de las negociaciones como delegado de la Asociación de Trabajadores Españoles en Gibraltar y de la Plataforma por una Frontera Humanitaria. El trasiego de trabajadores de un lado a otro de la frontera ha obligado a ambos países a acordar cuestiones como la jubilación, el paro o el seguro médico. “Lo necesitamos los ciudadanos”, explica. “Y más en una zona con más del 40% de paro, sin futuro para sus jóvenes y en el que la única salida para muchos es encontrar empleo en el peñón. Ojalá en lugar de 10.000 fuésemos 30.000 trabajando allí”, se queja.
La cuarta parte del PIB
También en el ámbito empresarial las relaciones son estrechas. A raíz de la crisis de las colas, en 2013 se montó el Grupo Transfronterizo, que aglutina a la mayoría de las organizaciones patronales, sindicales y sociales de la zona, tanto españolas como inglesas. De esa cooperación han surgido no solo mejores condiciones para los trabajadores, también oportunidades de inversión y negocio para ambos países. Ángel Serrano, secretario general de UGT Algeciras y presidente rotatorio del grupo (seis meses para cada país), explica que una salida de la Unión Europea sería “tirar a la basura” todos esos acuerdos. Justo en este momento el organismo negocia su conversión en Agrupación Europea de Cooperación Territorial, unos órganos pensados para facilitar la cooperación transfronteriza, trasnacional o interregional en la Unión Europea, que además reciben fondos europeos para ello. Por supuesto, el Brexit acabaría con la idea.
Según Serrano, las consecuencias de una salida del Reino Unido y un endurecimiento de la frontera serían catastróficas no solo para el peñón, sino para toda la zona. “Es una rueda en la que todo gira. Produce riqueza para toda la región. Si eliminas a Gibraltar de esa rueda, al final se acabará parando”, advierte. Hasta hace poco nadie sabía de qué tamaño era esa rueda. El año pasado, sin embargo, un informe de la Cámara de Comercio de Gibraltar estableció el efecto que el peñón tiene sobre la zona. En total, el estudio atribuye a la colonia un impacto durante 2013 (año de los datos que maneja el informe) de 600 millones de euros en la economía de la zona, la cuarta parte del PIB total. Solo en importaciones de mercancía y servicios el peñón gastó ese año 219 millones de euros. En sueldos a trabajadores españoles, otros 54 millones de euros. Entre directos e indirectos, se calcula que soporta en torno a uno de cada seis empleos de toda la región.
Y detrás de las cifras siempre hay nombres. Y como sus vecinos ingleses, todos tiemblan. Uno de ellos es el de María de la O. Toda su familia depende de Gibraltar. Ella, hostelera, trabaja en un negocio de La Línea cuya clientela es mayoritariamente inglesa. Su padre, su hermano y su cuñado, son algunos de los que cada mañana cruzan la frontera para trabajar. Si se cerrara la verja todos acabarían en poco tiempo en el paro. Algo parecido le pasa a Josef, encargado de uno de los restaurantes más cercano al paso. El 50% de su facturación depende de gibraltareños los fines de semana y de trabajadores extranjeros del peñón entre semana, muchos de ellos alojados en zona española. Durante el episodio de las colas perdió la mayoría de sus clientes. Lo mismo le ocurrió a José Girado, carnicero en el mercado municipal de La Línea. La mayor parte de los negocios de alimentación trabajan a diario con los restaurantes de Gibraltar. Sin ellos de clientes solo podría quedar abierta la mitad “o menos”, se lamenta José. “En España se habla de si Gibraltar español o inglés, pero aquí lo que nos quita el sueño es lo que voten los ingleses”, confiesa. Hasta el 23 muchos no podrán dormir.



