Padre Ángel, un cura todoterreno
No quiere presumir de influencia, pero desde hace décadas tiene acceso al Rey, a presidentes y ministros y a todo tipo de celebrities, que no dudan en colaborar en actos en beneficio de Mensajeros de la Paz, la asociación que desde 1962 alimenta y consuela a los más desfavorecidos
En julio, Felipe VI fue invitado a la sede del Colegio de Arquitectos de Madrid. Acudía a la presentación de un informe de esta entidad, pero el monarca quiso aprovechar para ir a saludar en un edificio contiguo. Se saltó el protocolo para acercarse a la iglesia de San Antón a ver al padre Ángel, creador de la fundación Mensajeros de la Paz, premio Príncipe de Asturias a la Concordia en 1994. Mari Carmen Fernández, una de las coordinadoras allí del reparto de alimentos, presenció cómo el Rey pasó entre vagabundos, expresidiarios o toxicómanos para saludarle, una imagen que resume la mezcla entre dos universos en la que vive desde hace décadas el padre Ángel. El objetivo es claro: ayudar a quienes tienen necesidades, sean niños, personas mayores, familias sumidas en la crisis y, desde principios de este año, toxicómanos o vagabundos que se acercan a por un café caliente y un desayuno a San Antón. Para recaudar fondos para sufragar comedores sociales, residencias o el Teléfono Dorado para ancianos solos, no tiene problema en reunirse con presidentes, llamar a ministros, asistir a los desayunos informativos que abundan cada mañana en Madrid con políticos de todo signo. Durante la dictadura, era recibido por Franco. Desde la llegada de la democracia, ha estado con todos los presidentes de Gobierno, como atestiguan algunas de las cientos de fotografías que cubren las paredes de la sede madrileña de Mensajeros de la Paz. Presidentes y ministros; dirigentes regionales y cualquier líder político que destaque. También con personajes de la prensa del corazón, con quienes comparte actos benéfico-publicitarios a favor de Mensajeros de la Paz, que reparte al año toneladas de comida entre casi 5.000 personas (890 menús diarios para adultos y 370 a menores) en sus 12 comedores sociales; ayuda de ropero; para libros escolares, o compañía telefónica a ancianos.
Si se le pregunta por qué va tanto con políticos y celebridades, él continúa la frase: “Y con los presos y con los pobres y esos que no salen en la prensa. En Oviedo, al principio, me decían que me veía con el gobernador civil y con el obispo... y con los mineros”.
–Pero con ese acceso será usted un cura muy influyente...
–Ojalá lo fuera. Como decía Felipe González, yo no quiero mandar, yo quiero ser influyente, dice.
A medida que la fundación y su influencia han ido creciendo, también han aparecido los proyectos internacionales. Y los viajes, uno de los últimos para acompañar a Cuba al papa Francisco, con quien ya viajaba en el metro de Buenos Aires antes de que fuera elegido Sumo Pontífice. Antes fue a la frontera entre Hungría y Alemania para exigir a la UE una solución para los refugiados. A su regreso fue recibido por la vicepresidenta del Gobierno. “Creo que hay que estar en todos los sitios. Sirve para sensibilizar, hay mucha gente que no se entera, entre ellos yo”, dice a modo de mea culpa por el descubrimiento, hace unos cuatro años, de que había comedores para familias que se han quedado sin nada por la crisis. Ahora Mensajeros de la Paz tiene 12.
Su ubicuidad se ilustra en un chascarrillo que circula por la asociación:
–¿En qué se diferencian Dios y el padre Ángel?
–En que Dios está en todas partes y el padre Ángel ya estuvo.
A sus 78 años, Ángel García Rodríguez tiene fama de agotar a sus colaboradores y salir indemne de interminables jornadas en las que igual recrimina a un ministro que no se hace lo suficiente por los refugiados que participa en una subasta benéfica, celebra misa, concede entrevistas o le da por llevar víveres a lugares tan complicados como Irak, donde sabe que su cabeza tiene puesto un precio. La ayuda a los más desfavorecidos le interesó incluso desde antes de ser ordenado sacerdote.
Nació en Mieres (Asturias), pero pronto se trasladó a la pedanía de La Rebolleda junto a sus padres y a su hermana, que aún vive en Oviedo. A los 12 años ingresó en el seminario y a los 24 fue ordenado. Para entonces, ya sabía de las penurias que sufrían los inmigrantes, portugueses sobre todo, llegados a Mieres para trabajar en las minas. Con un padre que trabajaba en una fábrica y una madre costurera, su familia era humilde pero se las apañaba. “Para nosotros eran tiempos un poco difíciles pero para otros eran muy difíciles”, recuerda Ignacio Gallo, párroco de Santa María de Lugo y compañero de seminario desde los 12 años. Con la guasa que “le acompañará hasta el día de su muerte”, dice su amigo, el padre Ángel se dedicaba a recaudar entre sus compañeros parte del pan que recibían –“con arena, para que pesara más”–, lo escondía en la sotana y “con esa panadería ambulante” se iba a Mieres para repartirlo.
A pesar de un providencial mal oído –el arzobispo de Oviedo propuso ponerle un profesor de música “porque, si no, no lo ordenamos”, decía–, se convirtió en sacerdote en 1961 y, pasados unos meses en los que fue capellán, pronto empezó a pedir la cesión de apartamentos para alojar a niños y jóvenes de Oviedo que vivían a la intemperie. Esta es su misión original y la manera en la que sigue viviendo. Su domicilio en Madrid es una de las casas de acogida de Mensajeros de la Paz. También dio lugar a la primera asociación que creó con otro sacerdote, la Fundación de la Cruz de los Ángeles, que sigue funcionando.
En 1962 fundó Mensajeros de la Paz, que con los años ha ido ampliando sus labores asistenciales. La última empezó en enero, cuando, recién abierta la iglesia de San Antón, empezaron a tratar con personas sin hogar.
En 2014, la asociación ingresó casi 300.000 euros de aportaciones de usuarios, más de 1,8 millones por promociones y colaboraciones y casi 400.000 por subvenciones, donativos y legados.
Para captar recursos, Mensajeros de la Paz recurre a lo público y a lo privado. En este segundo caso, el procedimiento más común son las aportaciones que hacen diversas empresas –desde grandes bancos a otras desconocidas–, más o menos discretas en función del rédito que la compañía donante quiera sacar a su cercanía con el padre Ángel. Muchas ayudan como parte de su política de responsabilidad social corporativa. Por ejemplo, hace unas semanas la clínica dental Smylife organizó una subasta de unas esculturas, un evento en el que participaron los empleados y al que acudió el padre Ángel. Se recaudaron 25.000 euros, íntegros para Mensajeros de la Paz. Otras fórmulas son la organización de cenas o almuerzos en los que la diferencia entre el precio del cubierto y su coste real también va a la organización. Pero no pensemos en los precios astronómicos que se pagan en Estados Unidos por cenar en beneficio de la investigación contra el SIDA o de un candidato presidencial. Aquí se habla de cobrar 50 euros por un coste de 25. Es en estos saraos donde ha sido frecuente verle con personas populares. Ellos acuden porque quieren colaborar y la empresa consigue publicidad a través de un acto benéfico.
–¿Cómo se siente entre tanto personaje de las revistas del corazón, no le parece frívolo?
–Yo las veo más como personas que necesitan más cariño, que alguien les diga algo –dice.
Belén Esteban o Blanca Cuesta, nuera de la baronesa Thyssen –a cuya última hija bautizó él en la iglesia de San Antón–, son algunas de las muchas celebridades con las que el padre Ángel se codea. Tras el fallecimiento de Lina Morgan se especuló con que parte de su fortuna iría a parar a Mensajeros de la Paz. “No es así, te lo dice quien lo sabe. Yo conocía a Lina Morgan y nunca hemos hablado de testamento”, asegura a Tiempo.
Con esos recursos, llega el momento de contar con las autoridades públicas, para conseguir la cesión de inmuebles donde poder instalar comedores, guardarropas o teléfonos dorados. El ayuntamiento o la comunidad ceden el espacio y el resto de gastos corre a cuenta de Mensajeros de la Paz. Del fallo en este sistema procede uno de los grandes motivos de indignación del padre Ángel en los últimos tiempos: nada más convertirse en alcaldesa de Las Recas (Toledo) en mayo, la popular Laura Fernández dio instrucciones para que solo los niños empadronados pudieran ir al comedor municipal gestionado por Mensajeros de la Paz, lo que dejaba fuera a los sin papeles. La respuesta del padre Ángel fue cerrar el comedor y buscar otro sitio, que finalmente le fue concedido desde la Junta de Castilla-La Mancha. Asunto resuelto, que no disipa el disgusto. “Ha sido quizás el mayor escándalo y la mayor dificultad que he tenido yo en diez años”, dice.
El padre Ángel afirma no conseguir nada concreto de su cercanía a los políticos, aunque en la fundación sí asumen que algunos réditos da. Por otra parte, todos los políticos quieren acercarse a él, desde los del PP a los de Podemos. No solo el Rey, también Pedro Sánchez se ha acercado a San Antón.
Todos tienen en común que le invitan a sus actos. Es frecuente verle en los del PP –en las paredes de su despacho cuelgan fotos con Mariano Rajoy desde que era ministro de Educación– y en los del PSOE –“quiero mucho a Pedro Sánchez”, dice–. Últimamente se le acumula el trabajo con la aparición de nuevos partidos. “Es que vienen tantos de golpe... –dice– ayer estuve comiendo con Carmena, antes con Rivera”.
Podemos también le invitó a sentarse en la mesa principal el día en que Pablo Iglesias fue invitado a un desayuno informativo en el hotel Ritz. Ya le conocía de tertulias en las que ambos participaban. “No es el demonio”. “Ahora empieza la gente casi a respetarle”, dice de él.
Todo político que se precie ha visitado algún comedor de Mensajeros de la Paz. “Han venido todos”.
–¿Y le han pedido que diga que les vota?
–No me han tentado, si me tentaran diría a quién voto.
–¿Y a quién vota usted?
–Si pudiera y hubiera, votaría a los que eran de mi pueblo, que eran los comunistas de verdad, que fueron a la cárcel. Ya no existen tampoco los comunistas de verdad, los que dan la vida por los otros. Y unas veces voto a unos y otras a otros –dice en alusión a su alternancia entre PP y PSOE, que, dice, “no se distinguen”.
Curiosamente, a medida que se acercan a él, él ha ido alejándose de ellos por lo que respecta al patronato de la fundación Mensajeros de la Paz. Desde la llegada de la democracia, nombraban presidenta de honor a la mujer del presidente del Gobierno. Amparo Illana, Pilar Ibáñez, Carmen Romero y Ana Botella lo fueron. Pero la tradición no llegó a Sonsoles Espinosa, esposa de José Luis Rodríguez Zapatero. “Cuando se fue Aznar no se siguió haciendo. Vas evolucionando, hoy no pegaría que la mujer de Rajoy fuera presidenta de honor, incluso podría perjudicar porque hoy se tiene peor concepto de los políticos”, dice un sacerdote a quien sus colaboradores califican de “un cura muy moderno”.
Esta modernidad puede verse en su última obra. Después de 50 años siendo “un cura vago”, sin parroquia, en enero abrió la iglesia de San Antón, que llevaba cerrada 20 años. Se instalaron cuatro pantallas de plasma con emisiones desde El Vaticano y Covadonga; red wifi gratuita; cambiador de pañales y se permitieron los animales de compañía. A la entrada hay una mesa y la instalación necesaria para poder ofrecer un café caliente y un bocadillo a quien lo necesita. Hay misa todos los días. Si el padre Ángel no está, celebran sacerdotes “voluntarios” de otras parroquias o curas retirados.
San Antón es propiedad de los Escolapios, que le han cedido la gestión del templo sin que haya mediado nada más que el conocimiento por parte del arzobispado. “Pero no se ha hecho a sus espaldas”, puntualizan allí, sabedores de la última polémica entre el padre Ángel y la jerarquía eclesiástica por algo que sucedió en una iglesia que, en palabras del padre Ángel, está “en el mismo (barrio de) Chueca, donde viven los gais, las lesbianas, las prostitutas, ricos y pobres”. Acababa de morir Pedro Zerolo y ofreció San Antón para un “homenaje” que pronto fue calificado de “funeral laico” para disgusto del Arzobispado, que terminó de poner el grito en el cielo cuando le vieron oficiando con una estola con los colores de la bandera del arcoiris. “Yo estaba pensando: ‘Ya verás”, recuerda el padre Ángel. Después llegó un comunicado del Arzobispado contra el uso del templo para actos políticos. Él contestó que si no podía en San Antón, que se iría a la plaza de Chueca.
El padre Ángel, discípulo del cardenal Tarancón, sabe que entre sus compañeros no levanta tantos amores como entre políticos, celebridades o gente de a pie. “Algunos me quieren menos y no tienen ningún motivo para no quererme”, lamenta sin dar muestras, sin embargo, de abandonar su camino, que ahora pasa por tener San Antón abierta las 24 horas del día.
Él se queda con lo que hace unas semanas le dijo el papa Francisco a un compañero suyo: “Le das saludos al padre Ángel, que le quiere mucho el pueblo porque es un hombre bueno”.


