Mudanza en el PP
Algunos dirigentes populares buscan una alternativa atractiva para que el presidente del Gobierno dé un paso atrás y permita la regeneración pendiente en el partido.
A finales de enero, Mariano Rajoy llegó al palacio de la Zarzuela como líder del principal partido del país y salió como poco más que un espectador de piedra en el proceso de investidura. Algo menos de dos horas sirvieron para confirmar lo que los números ya apuntaban. Con este Parlamento Rajoy no volverá a ser presidente de Gobierno. Él mismo declinó la oferta de Felipe VI, una decisión que desde muchos ámbitos ven como el primer paso para una futura retirada política.
Incluso quien parecía que podría ser su socio preferente antes de las elecciones, Ciudadanos, empezó a distanciarse poco después de cerrarse las urnas y ha ido subiendo el tono con el paso del tiempo hasta darle la espalda por completo. Albert Rivera fue el encargado de culminar el proceso esta misma semana durante el debate de investidura de Pedro Sánchez: “[Rajoy] no es creíble para liderar esta nueva etapa política. Desprecia que España tenga que ser reformada. No es tiempo de decirle no al Rey, no es tiempo de pereza, de pasar palabra. Es tiempo de acción. Invito a los votantes y dirigentes del PP a tener coraje y valentía”. Una invitación envenenada tirada con puntería a las mismas entrañas del PP.
Según una imagen repetida esta semana en el Congreso, Rajoy es a estas alturas como un fantasma al que aún nadie le ha dicho que está muerto. El presidente sigue convencido de que, en caso de repetirse elecciones, podría mejorar sus resultados y volver a gobernar. Es casi el único que lo cree, pero nadie dentro del partido se va a atrever a moverle la silla, y menos antes de una posible cita electoral. La estrategia es más sutil. Algunos dirigentes del PP (especialmente aquellos vinculados a Moncloa) buscan una salida para que sea el propio presidente quien tome la decisión de dar un paso atrás. Debe ser una solución con el suficiente prestigio para que el expresidente se sienta cómodo y que de ninguna manera ofrezca la imagen de que Rajoy se retira con el rabo entre las piernas. Lo que en política suele llamarse una muerte digna.
En contra juega, sin embargo, buena parte de la estructura orgánica del PP de segundo y tercer nivel, aquellos con los que Rajoy ha crecido en el partido. Saben que sin el presidente, pronto la renovación llegará hasta ellos y luchan con uñas y dientes por preservar sus puestos de la limpia. Son la voz que insiste en susurrarle al oído que fue él quien ganó las elecciones y que merece seguir en La Moncloa. Eso ha llegado a provocar en Rajoy el complejo de ser el único presidente electo que no va a repetir en el cargo, algo que quiere evitar a toda costa. Y resulta muy difícil cambiar de cartel electoral si no es Rajoy quien se aparta voluntariamente. Los estatutos del partido contemplan que su presidente es automáticamente su aspirante a La Moncloa, así que solo un congreso podría forzar el cambio de candidato. Las excepciones son su dimisión, fallecimiento o incapacidad. La única alternativa real, por tanto, es dejar que se estrelle solo.
Conscientes del follón que podría provocar su salida antes de una nueva cita con las urnas, quienes empiezan a diseñar el PP post Rajoy son partidarios de dejar que sea el presidente quien asuma su fracaso tras la nueva cita. “Si se cumplen sus pronósticos y saca mayoría suficiente para gobernar, perfecto, si no...”, deja caer irónico un alto dirigente popular. Los cuatro meses que quedan hasta el 26 de junio darían para organizar la renovación del partido y prepararlo para volver a asaltar el poder con toda la generación de Rajoy ya fuera de sus órganos. El problema es no solo el presidente. La marca del PP lleva consigo el peso de Gürtel, Púnica, Brugal, Taula... Quien asuma el mando del nuevo partido debe ser completamente ajeno a los escándalos. Y no faltan candidatos para ello.



