Mapa calé de España
En nuestro país viven unos 680.000 gitanos, en mejores condiciones que en otros países pero peor que el resto de los españoles. La educación sigue siendo el gran problema.
La expulsión de gitanos de origen rumano en Francia ha provocado la protesta de los gitanos en España, muy diferentes, sin embargo, a sus congéneres europeos. No hay cifras oficiales de los gitanos que viven en España, pero las estimaciones apuntan a que son entre 650.000 y 700.000, principalmente en Andalucía, Extremadura, Cataluña y Aragón. Y en nuestro país bailan entre dos aguas: privilegiados en relación a los europeos pero en situación de inferioridad con respecto al resto de españoles.
Dentro de su etnia, un estudio de la UE refleja “mejoras manifiestas” de los gitanos en España. El profesor de la Universidad de Navarra y director del curso de diplomado de mediador con la comunidad gitana Miguel Laparra afirma que han tenido una evolución distinta a las de otros gitanos europeos, lo que les ha librado de ser una “minoría tremendamente marginada” como en el Este de Europa, pero que también han perdido casi totalmente la lengua común y ha aumentado su sedentarismo. A pesar de las “leyes contra los gitanos” que acabaron con la Transición -varios gitanos consultados recuerdan que entre los objetivos de la Guardia Civil estaba el perseguirles-,
Laparra niega que sean “nómadas por naturaleza”. “Cuando no se les persigue se terminan asentando y en España se les terminó de perseguir hace tiempo”, dice. Como muestra, un estudio sobre vivienda y comunidad gitana observa que el 85% de los gitanos de Andalucía lleva viviendo en la misma localidad 15 años.
Pero si miramos dentro de España, su situación no es tan idílica. Su problema principal es económico, como consecuencia de un déficit crónico de este colectivo: falta de escolarización, abandono escolar y formación muy deficiente.
El Ministerio de Sanidad y Política Social, responsable del programa de desarrollo de la comunidad gitana, admite en su plan de acción 2010-12 que la comunidad gitana “es uno de los grupos sociales más desfavorecidos y excluidos” y un alto porcentaje no tiene acceso a los recursos del Estado de bienestar. Un informe de la fundación Fomento de Estudios Sociales y de Sociología Avanzada (Foessa) sobre exclusión en España en 2008 concluía que precisamente la pertenencia a la comunidad gitana es el mayor factor de riesgo de exclusión social, en la que se encuentran el 14% de los hogares gitanos.
De la misma manera que no hay cifras oficiales sobre los gitanos en España, no existen datos de cuántos están totalmente excluidos del sistema, categoría en la que se encontrarían los inmigrantes gitanos del Este de Europa. La fundación Foessa los sitúa en el 10% de la población gitana total en España, que eleva a 970.000 personas. Esta inmigración ha hecho daño a los gitanos: ha contribuido a “reforzar algunos de los estereotipos más negativos” y ha aumentado “la competencia” sobre “recursos y actividades”. Para Laparra, el principal problema de la comunidad gitana española es “la gran desigualdad económica” y el desempleo de un colectivo que también tuvo un buen momento laboral en los 90. Pero, al estar muy vinculado a la construcción y el transporte, se desinfló igual que la burbuja económica. Según la Fundación del Secretariado Gitano, en 2006 la tasa de actividad de los gitanos era del 71,8%, más que la media española, que se situaba en el 70,2%. El 13,8% estaba desempleado.
Además, los gitanos son más pobres. Se calcula que un 20% de la población española está en riesgo de pobreza, entre los gitanos lo está el 75%. El nivel de exclusión social es diez veces superior al resto. Y el problema económico no se resolverá, advierte Laparra, hasta que no se resuelva “el desencuentro de la sociedad gitana con el sistema educativo”. En los últimos años la escolarización en Infantil y Primaria es casi total, aunque con un excesivo absentismo y un elevado fracaso. La cosa empeora a partir de los 12-13 años, en la educación secundaria, también obligatoria, con un “abandono generalizado”. Por eso, el número de titulados universitarios es poco menos que simbólico, unos 200. En el curso 2004-2005 había 1.000 gitanos matriculados en la universidad, cuando en proporción a la población española deberían haber sido unos 28.600.
Rosalía Abad, de la Asociación de Mujeres Gitanas Alboreá, hace especial hincapié en el problema de la educación: “Nos condena a la marginalidad y la pobreza, a la falta de trabajo, de vivienda o de salud”. En su opinión, parte del problema está también en que los gitanos son confinados en guetos donde los profesores pierden interés. Cree que las mujeres gitanas son la clave. “Son ellas las que se ocupan de la educación de los hijos, si les educan en la formación, se modernizará la sociedad gitana”, asegura.
Desconfianza mutua.
En el plano de la ciudadanía, los documentos oficiales señalan a los “prejuicios” y a la “imagen social” de los gitanos como su principal “barrera”. El CIS refleja encuesta tras encuesta que los españoles no se fían de los gitanos. En 2005, al 40% le molestaba “mucho” o “bastante” tenerles por vecinos y uno de cada cuatro prefería que sus hijos no fueran al colegio con niños gitanos. En 2007 eran el colectivo más rechazado. El 52% declaraba tener “poca” o “ninguna” simpatía por ellos, por encima de musulmanes (46%) o inmigrantes (31%).
En el lado gitano, también hay una “desconfianza histórica” y “un problema de fondo de identidad cultural”, según Antonio Vázquez, vicepresidente del Consejo Estatal del Pueblo Gitano, para quien sólo ahora los gobiernos europeos empiezan a reconocer la contribución de la cultura gitana. Para Abad no es un problema de “cultura gitana” sino de falta de evolución. Afirma que tres cuartas partes de los hábitos de los gitanos tienen que ver con la “cultura española”, con modos de comportamiento que los españoles abandonaron fruto de su modernización como “la prohibición de vestir pantalones, el luto o la prohibición de fumar a las mujeres”. Para Laparra, “a la sociedad española le falta información de cómo ha evolucionado la comunidad gitana; hay muchos estereotipos: la recogida de basura, el gitano nómada y el chabolista, por no hablar de otros peores”.
Avances.
Lo que el ideario popular no tiene en cuenta son los signos positivos de la evolución de esta población, que ha dado un salto cualitativo en los últimos 30 años. Entre los avances está la disminución del chabolismo, la escolarización hasta Primaria, el acceso al empleo asalariado o el “rol de la mujer”, que cada vez tiene más acceso al mercado de trabajo y ha empezado a quitarse una carga prematura con el aumento de la edad en la que se convierten en madres, como también lo ha hecho –poco- la edad en que contraen matrimonio. También tienen acceso al sistema de salud y perciben pensiones mínimas no contributivas, que en muchos casos les han salvado de la pobreza extrema. La esperanza de vida aumenta y cada vez son más los mayores de 75 años, “que antes casi no existían”.
Para Vázquez, el proceso de integración de los gitanos en la sociedad está aún en pañales, aunque apunta signos positivos. El principal es que el Gobierno ha dejado de legislar “desde fuera” y ahora cuenta con la participación de los gitanos. La parte más afortunada de la sociedad gitana tiene un notable grado de asociacionismo, con casi cien agrupaciones registradas. El Consejo Estatal del Pueblo Gitano ha elaborado con el Gobierno un plan de acción 2010-2012 para promover la igualdad, el acceso a los servicios sociales, sanitarios y educativos y erradicar la discriminación. “Estamos como en el tema de la mujer hace 20 años, empezando a descubrir que las cosas no son como deben y estamos dando los pasos, pero va demasiado lento”, señala Vázquez.
Otro de los objetivos del Gobierno y el colectivo gitano es fomentar la participación política. El político gitano más representativo ha sido Juan de Dios Ramírez Heredia, diputado entre 1977 y 1986 y eurodiputado entre 1986 y 1999. Desde entonces, la comunidad gitana ha contado con algunos concejales y dos diputados regionales: Francisco Saavedra (PSOE), en el Parlamento de Extremadura, y Manuel Bustamante (PP), en las Cortes Valencianas. “No hay espacio político para nosotros”, lamenta Abad, que cree que “la invisibilidad política lleva a la visibilidad de la delincuencia y a que la gente piense que todos somos iguales”. Que haya políticos gitanos también es importante para que se preste verdadera atención a sus problemas y necesidades, una cuestión que las asociaciones gitanas están tratando con distintos partidos, incluso para las elecciones municipales y autonómicas de 2011. “Es una asignatura pendiente, los partidos suelen ser sensibles a incorporarlos, pero al final quieren a personas más afines y con determinado perfil”, dice Vázquez.



