La última bala de Pedro Sánchez
Las elecciones serán el enésimo episodio de la guerra civil que vive el PSOE. Los críticos se preparan para destronar a Sánchez la misma noche del 26-J si no mejora sus resultados. Él, para sobrevivir.
En solo unas semanas Pedro Sánchez ha pasado de todo a nada. De acariciar con los dedos La Moncloa a tapar apresuradamente las heridas internas para evitar que el partido se desangre justo antes de las nuevas elecciones. El cierre en falso de las negociaciones de investidura está despertando la peor versión del PSOE, con medio partido conspirando para tumbar al otro medio. Ni la repetición de los comicios, que normalmente obliga a aparcar las disensiones internas, ha servido para unir al partido en torno al líder. Los ataques son velados y las conspiraciones se urden en la sombra, pero todos juegan a qué pasará una vez que se cierren las urnas. No habrá guerra abierta hasta entonces. Incluso los barones más críticos, con Susana Díaz a la cabeza, son conscientes de que viajan en el mismo barco que el secretario general y que cambiar de capitán en plena tormenta es la mejor forma de que todos acaben en el fondo. De nuevo, Sánchez no tendrá rivales para aspirar a la presidencia de Gobierno, pero el periodo de gracia se acabará esa misma noche electoral.
Dimisión y gestora. Lo que ocurra a continuación dependerá en gran medida de los resultados. Si los socialistas no consiguen mejorar respecto a diciembre, esa misma noche (o a lo sumo al día siguiente) empezarán a salir voces dentro del partido pidiendo un cambio de liderazgo. La idea es no dejar tiempo siquiera a que comiencen las negociaciones poselectorales, algo que eternizaría el proceso de renovación. Muchos dirigentes creen que fue un error no tratar de desbancar a Sánchez en diciembre, tras perder 20 diputados y millón y medio de votos respecto a 2011. Y no quieren volver a cometerlo. “El partido no se puede resignar a su peor resultado histórico. Quedarnos en 90 diputados no sería mantenernos, sino llevarnos la misma hostia una segunda vez. No tendría sentido que la dirección se enrocase con el argumento de que no ha perdido más escaños”, explica un dirigente socialista crítico.
Quienes preparan el día después confían en que Sánchez sea responsable y abandone por el bien del partido en cuanto empiecen a llegar las peticiones de renovación. Si el secretario general dimite, se montaría una gestora como la que dirigió Manuel Chaves en el año 2000 tras la dimisión de Joaquín Almunia. La gestora llevaría al partido hasta un congreso donde, ya nadie duda, Susana Díaz asumiría el liderazgo del PSOE y empezaría su reconstrucción.
Otros, sin embargo, no creen que el proceso vaya a ser tan limpio. No sería la primera vez que Pedro Sánchez desafíe a las fuerzas vivas del partido para mantenerse en el puesto. De hecho, los dos años cortos que lleva al frente del PSOE se le ha dado por muerto en multitud de ocasiones y otras tantas ha pasado por encima de sus detractores. Y esa carrera hacia delante no ha hecho más que granjearle enemigos internos.
Sánchez en la actualidad está solo rodeado por un pequeño equipo de fieles, con buena parte de los barones territoriales y la mayoría de los dirigentes históricos conspirando para eliminarle. Entre sus detractores se cuentan (más o menos abiertamente) personajes tan dispares como Susana Díaz, Ximo Puig, Eduardo Madina, Carme Chacón, Alfredo Pérez Rubalcaba, José Bono o José Luis Rodríguez Zapatero. Esa fuerza de los críticos abre la posibilidad de forzar el relevo del secretario general. Si Sánchez se niega a abandonar el cargo, se estudiaría la posibilidad de recurrir a los mecanismos orgánicos de renovación. Primero con dimisiones en la Ejecutiva. Aunque fiel en su mayor parte a Sánchez (que fue quien la eligió), algunos críticos, entre ellos ocho andaluces, siguen ocupando puestos en la dirección socialista. No alcanzarían la mayoría necesaria para obligar a la celebración de un congreso, pero su abandono en masa sería un signo claro de debilidad del líder. Y si eso no es suficiente para forzar la dimisión, la cuestión podría llegar hasta el Comité Federal. Basta un 20% de sus miembros para plantear una moción de censura contra el secretario general. Nadie, ni los más críticos, quiere que se llegue a ese límite, pero reconocen que es una posibilidad. La imagen sería la de un PSOE completamente descosido, con todos luchando por unas migajas de poder más que por el futuro del propio partido.
Un alto dirigente socialista explica que si los críticos empiezan a dibujar su estrategia, el equipo más íntimo del secretario general también se prepara para reaccionar ante una hipotética nueva derrota en las urnas. Según él, y si los números lo permiten, Sánchez se autoproclamará esa misma noche de nuevo candidato a la investidura y ofrecerá a Podemos un Gobierno de izquierdas (sin Ciudadanos) que bajo su presidencia saque a Mariano Rajoy de La Moncloa. Si Pablo Iglesias acepta –razona el mismo dirigente– nadie, ni el Comité Federal, se atreverá a pedir la cabeza del próximo presidente. Para ello no solo necesita mantener o mejorar el escaso suelo de escaño y votos de las últimas elecciones. Sobre todo, necesita que no haya sorpasso de la confluencia entre Podemos e IU (ver recuadro bajo estas líneas). Con Iglesias por delante en escaños (o incluso solo en votos) Sánchez tendría imposible aspirar a la presidencia de Gobierno y muy difícil su permanencia en Ferraz.



