La nueva vida de los refugiados
Así se prepara a los refugiados para afrontar su nueva vida, lejos de su país, en un centro de acogida en España. Miran con miedo hacia atrás y con incertidumbre su futuro.
Kyrylo, Elena, Zulkifal y Bernard se fueron de Ucrania (los dos primeros), Pakistán y Camerún huyendo de la guerra y la persecución política. Ahora están en España. Viven en un centro de acogida de refugiados y se preparan para vivir por su cuenta. Aprenden a toda velocidad español y se forman en las áreas donde pueden encontrar trabajo. Solo tienen seis meses En Europa la entrada masiva de refugiados ha terminado en las últimas fechas con una marcha atrás en las políticas de acogida a los solicitantes de protección internacional. Kyrylo, Elena, Zulkifal y Bernard no son los refugiados que tendrán que ser reubicados desde los países del centro y este de Europa, a los que llegan por miles. Ellos forman parte de los miles que llegan a España por su cuenta, a través de carreteras, el aeropuerto o la valla fronteriza de Melilla. Aquí cuentan qué les trajo a España y lo que hacen para buscar su futuro en nuestro país o intentarlo en otros países del Viejo Continente.
Zulkifal Shehzad lleva ocho meses en España. Llegó por carretera a través de Europa tras desembarcar en Turquía. La presencia de un amigo y la imagen de que España es “un buen país, con buenas personas” le hizo decidirse. Shehzad es un estudiante universitario de Economía y pertenece a la minoría chií, perseguida por la mayoría de creencia suní en Pakistán. Este era uno de sus problemas. El otro era ser militante de un partido chií opuesto al Gobierno suní. Lleva cinco meses en el centro de acogida de refugiados que la ONG Accem tiene en Sigüenza (Guadalajara), donde el tiempo máximo de estancia es de seis meses. Cuando tenga que irse, Shehzad piensa en Málaga como destino donde buscar trabajo, donde ya estuvo antes. Pero su idea es abrir un negocio con la ayuda de su padre. Es la salida que le ve a una vida que, según repasa, debería haber sido otra: “Tenía un gran futuro en Pakistán, con los cuatro años que estudié en la universidad, también tenía oportunidades con mi hermano, que trabaja en el Banco Nacional, pero los chiíes estamos teniendo muchos problemas para trabajar”. Ahora, con el español aprendido en el centro de Accem cuenta su historia y enseña las cicatrices en su brazo. “Sufrí dos ataques, una vez me golpearon con palos. Eran personas que me conocían de la universidad y sabían cuál era mi postura y mi religión. Cuando fui a denunciar –continúa– no me atendieron y al salir fui atropellado por los mismos que me atacaron antes”.
Kyrylo Burkhan es uno de los muchos ucranianos que han llegado hasta España huyendo de la guerra. Quizá la razón para viajar a un país tan lejano y quizá menos atractivo que otros como Alemania, con su potente economía, es la misma que expresa Burkhan: “Pensamos que es el país que más se parece al nuestro, con la gente más amable”. Kyrylo Burkhan fue futbolista en los años noventa en el Torpedo Zaporozhye y llegó a jugar en la selección de su país con el que entonces era su estrella, el delantero Andriy Shevchenko. No le asusta la crisis económica que sufre España. En comparación con la de Ucrania, la española sale bien parada. Ha sido entrenador de fútbol y en los últimos cuatro años trabajaba de transportista. Ahora, con su mujer y sus dos hijas pequeñas, busca trabajar de momento en cualquier cosa. Las dos crías van al colegio desde hace tres meses y dominan mejor el idioma que sus padres. “Creo que tienen un futuro mejor aquí”, dice su padre, que no se plantea volver a Ucrania, al menos hasta que sus hijas sean mayores.
Burkhan está muy contento porque ya tiene el carné de conducir español, aunque aún no el de camiones. Ucrania vive un conflicto en el que la minoría rusa se ha alzado contra el Gobierno de Kiev. Los rusos controlan la península de Crimea y en el este de Ucrania se desarrolla un conflicto bélico. “Zaporozhye [la ciudad en la que vivían] es muy importante para los terroristas rusos porque está entre Crimea y el este de Ucrania. Cada día oíamos que se dirigían a nuestra ciudad”, cuenta este antiguo futbolista al explicar las razones de su huida.
Hoy Burkhan tiene la ilusión de poder ser entrenador en España, donde ya ha ayudado a un equipo infantil en Sigüenza. Con un buen español dice modestamente: “Entiendo que hay que hablar mejor el idioma, todavía me faltan palabras en español cuando quiero expresar algo y rápido”.
Elena Vnukova también es ucraniana. “Vengo de la región de Do-
netsk, donde las cosas están peor. Hay muchos combates y muertos. He visto que ha muerto mucha gente: niños, abuelos...”, recuerda. Como consiguió un visado español, fue deportada desde Suiza, donde había recalado en primer lugar, a España. Trabajaba de cajera en un supermercado y como operadora informática, mientras que su marido lo hacía en una fábrica. Su madre y su hermano se han quedado en Ucrania porque no tienen dinero para el viaje. Hasta ahora no está segura de dónde terminará trabajando en España y no sabe si ir a Barcelona, donde tiene algún conocido. Con dos hijas, una de 7 años y otra de 10 meses, tiene miedo al futuro, aunque su marido es más optimista y cree que encontrará trabajo. En España también tienen que curar las heridas de la guerra. “Mi hija tiene miedo a los ruidos fuertes, que le recuerdan a lo que escuchó en Ucrania”, cuenta Elena.
Bernard Myango vino a España huyendo de Camerún. Vivía en una zona que vive un conflicto armado debido a la existencia de un movimiento separatista. Myango también ha tenido otros problemas. Cuenta que le correspondía ser el jefe de su pueblo cuando murió su padre por ser el primogénito. A partir de ahí se ve envuelto en un conflicto en el que una parte de su familia no le reconoce como tal y en el que confluyen otras discordias alrededor de la herencia, que terminaron con la muerte de su hermano pequeño. Myango es uno de los muchos que saltaron la valla en Melilla y se fueron hasta Alemania. De ahí fue devuelto a España porque considera que es el país responsable de otorgarle la protección, ya que el primer país al que llega el refugiado es el encargado de dar refugio. En España también tiene conocidos que quizá le puedan ayudar a instalarse. Por lo pronto lleva tres meses en el centro que gestiona Accem. Su periplo, como tantos que vienen de países subsaharianos, fue de unos cuatro meses por Nigeria, Argelia y Marruecos. “Llevaba el dinero escondido y tenía mucho miedo de que me mataran por el camino”, cuenta. Ahora intenta encontrar trabajo en España “de cualquier cosa”. Ha hecho un curso de carretillero. Guadalajara se ha convertido en un gran centro logístico y podría tener una oportunidad. También ha realizado otro relacionado con la agricultura.
“Quiero volver a Camerún cuando el problema termine”, dice Myango, que dejó un hijo en su país.
El proceso para conseguir el estatus de protección internacional puede llegar a ser de un año o más. Cuando obtiene el estatuto de protección, el refugiado puede ir a donde sea. Sin embargo, algunos deciden no esperar y salen de España con destino a otros países europeos donde piensan que van a tener más oportunidades, a pesar de que corren el riesgo de ser devueltos.
Hay refugiados que vienen de un país en conflicto, algunos de ellos de la misma ciudad que está siendo destruida por las bombas. Mientras estaban en Sigüenza, “algunos identificaban por televisión que las casas bombardeadas estaban a dos calles de la suya”, recuerda la responsable del centro de Accem, Ana Belén Sanz. Los ucranianos vienen a España porque ven un país de oportunidades para su integración. Unos huyen del reclutamiento y otros directamente de la guerra.
En Sigüenza se da una buena convivencia entre los refugiados y los autóctonos. Sanz señala que las noticias que han relacionado el terrorismo con la oleada de refugiados no han hecho daño aquí. “Esto se produce porque hay mucha complicidad con los actores locales, Ayuntamiento, Guardia Civil, colegios, centros de salud... que genera un tejido que va facilitando las cosas y así nunca se han producido conflictos de xenofobia o islamofobia”, explica Sanz quien, además, recuerda que “hay que diferenciar a los terroristas de los que precisamente huyen de estos únicamente para salvar su vida”. La proximidad que facilita una ciudad pequeña ayuda a la convivencia. Alrededor del 20% del censo de Sigüenza está compuesto por extranjeros, una buena parte vinculada a la presencia del centro de refugiados.
Sanz está convencida de que España puede absorber la cuota de refugiados que se tienen que repartir entre los países de la Unión Europea. “Hay capacidad”, dice. En seis meses se han duplicado las plazas de acogida en toda España para absorber la cuota que le ha sido adjudicada. La responsable de este centro para refugiados recuerda que España ya tuvo que dar una respuesta inmediata por ejemplo cuando se produjo el conflicto de Kosovo.



