La monja a la que conmovió Haití y allí murió
Isabel Solà, una religiosa que había pasado antes por África, ha encontrado la muerte en “su hogar”, Haití.
El pasado 2 de septiembre tenía que ser un viernes más en Puerto Príncipe, la capital de Haití. Y, desgraciadamente, lo fue, aunque en esta ocasión se llevó por delante la vida de una persona que había sacrificado la suya por los más pobres del país y que luchaba por dar calor y ayuda a los más necesitados. La monja barcelonesa Isabel Solà, conocida como “la monja de los pies” por haber fundado un taller de prótesis, era asesinada en una calle del barrio de Bel Air, ubicado en una ladera en el centro de la capital haitiana. La extrema violencia que sufre la isla no discrimina a la hora de cebarse con alguien.
El todoterreno blanco en el que viajaba Solà fue abordado por una motocicleta en la que viajaban dos hombres que abrieron la puerta y le descerrajaron dos tiros en el pecho al tiempo que se llevaban una bolsa con dinero que acababa de sacar de una oficina bancaria. Una colaboradora de la religiosa resultó también herida en el atraco.
Isabel Solà Matas tenía 51 años y había pasado desde septiembre de 2008 tratando de hacer la vida más fácil a los haitianos. Isa Solà, como se la conocía popularmente, pertenecía a la Congregación de Religiosas Jesús-María, una orden presente en 28 países de cuatro continentes. En su ideario, se recogen tres prioridades básicas: “Vivir el perdón, la reconciliación y la sanación”.
En 1990, con 25 años, se marchó a Guinea Ecuatorial, dejando atrás a su familia, que constaba de seis hermanos. Isa era la menor de todos ellos. Según fuentes cercanas al Arzobispado de Barcelona, en África ayudó en tareas educativas y de apoyo a las mujeres. Cuando se fue al Caribe, continuó con esa labor altruista hasta que ocurrió el terremoto. El 12 de enero de 2010 vivió en primera persona el aterrador seísmo que devastó el país y decidió redoblar sus esfuerzos para ayudar a los nuevos parias de la tierra que dejó la catástrofe. Un año más tarde “ya tenía en marcha la idea de crear un taller de prótesis debido al alto número de amputados tras el seísmo”.
Así fue como nació el taller de prótesis San José Haití. En octubre de 2010, pocos meses después de la catástrofe, pudo reunir algún dinero para comprar maquinaria y comenzó con sus colaboradores a recoger prótesis de segunda mano. Todo valía para paliar los daños. Su hermano Javier recordaba públicamente, tras conocerse su muerte, que “era una persona muy entregada, en especial a los niños. Sabía que había peligros, pero decía que formaba parte de su vida y los asumía”.
Carta conmovedora. El asesinato de Isa causó conmoción en todo el mundo. Anastasio Gil, director nacional de Obras Misionales Pontificias (OMP), desveló una carta escrita el 22 de julio de 2011 por la monja en la que condensa su ideario. “No me podía imaginar lo que era realmente la miseria de Puerto Príncipe, pero tampoco lo impotente que me iba a sentir en medio de ella. De tal modo, que al final, para poder vivir allí, tuve que comprender y aceptar que no estaba allí para salvar a nadie o para cambiar nada”, escribía Solà en la misiva.
La monja reconocía que el vivir una de las mayores catástrofes de la historia “cambiaría radicalmente mi concepción de la vida, del sufrimiento, de la muerte y de la fe”. Reconocía que tras el terremoto estuvo “muy triste, desanimada, chocada y rebelde”. “Me reprochaba a mí misma –añadía– haber salido con vida y, como muchos, me preguntaba por qué Dios permitía algo así en un pueblo tan castigado a lo largo de la historia”. Y fue ese pueblo el que le enseñó a seguir adelante. “Mientras yo me lamentaba, ellos seguían caminando. Los escuché cantar con lágrimas ‘Gracias, señor’ y eso desmontó todos mis esquemas, aun sin acabarlo de entender”.
“Haití es ahora el único lugar donde puedo estar y curar mi corazón. Haití es mi casa, mi familia, mi trabajo, mi sufrimiento y mi alegría, y mi lugar de encuentro con Dios”. Y allí ha terminado por dar su vida en un absurdo atraco.



