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La jubilación forzosa de Rajoy

09 / 06 / 2015 Cristina de la Hoz
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Albert Rivera ha condicionado su apoyo al PP tras las elecciones generales a una “renovación generacional” ajena a cualquier salpicadura por corrupción, lo que sitúa al actual presidente del Gobierno fuera de escena.

Primero los objetivos a batir han sido Manuel Chaves y José Antonio Griñán en Andalucía. Más tarde, Ciudadanos ha puesto en el punto de mira a Joaquín Leguina y a Alberto Ruiz-Gallardón, a quienes quiere fuera del Consejo Consultivo de la Comunidad de Madrid. ¿Quién será el siguiente?, se preguntan en el cuartel general de los populares en la calle Génova. ¿A quién cuestionará Albert Rivera y colocará en el disparadero en caso de que sea necesario un pacto con el catalán? ¿Cuáles serán, en definitiva, las condiciones que imponga al PP si le necesitan para garantizar la estabilidad del próximo Gobierno central, visto lo visto en las negociaciones posteriores a las andaluzas y al 24-M? Los dirigentes populares creen saber la respuesta. Y la temen. Porque están convencidos de que unos de los requisitos para un pacto con Albert Rivera pasará por tener que ofrecer en bandeja la cabeza del mismísimo Mariano Rajoy.

En puridad, en las filas populares existe ese temor desde antes de las elecciones locales y autonómicas, sensación ahora reforzada por la carta de exigencias que va presentando el catalán, dispuesto a romper políticamente con el pasado. Y no es un temor sin causa. El líder de Ciudadanos ha admitido en conversaciones privadas que la condición fundamental en caso de que sus diputados sean imprescindibles para la gobernabilidad del país será “un recambio generacional” donde el nombre de Mariano Rajoy no parece tener encaje, aunque se reuniera con él el pasado día 2 en La Moncloa para hablar de pactos post 24-M.

A un liderazgo ahora debilitado por la crisis abierta tras los malos resultados cosechados en las últimas elecciones se une una nueva incertidumbre. Sin duda, Rajoy no forma parte, ni de lejos, de esos políticos posteriores a 1978 que, según dijo Rivera, son los únicos legitimados para abordar la transformación profunda que necesita este país. Fue un exceso y así lo reconoció, pero lo cierto es que tras el anunciado abandono de la líder de UPD, Rosa Díez, el presidente del Gobierno será el único candidato, no solo que pase de largo la cincuentena, sino que, de hecho, se presente a las elecciones generales de noviembre con 60 años cumplidos. Pero además de su pertenencia a la “vieja política”, lo que supone un lastre mayor son sus “adherencias” con la corrupción instalada en el Partido Popular durante décadas, aunque solo sea por ese largo y poco edificante historial de tesoreros y gerentes imputados.Incluso en un sector cada vez más mayoritario del Grupo Popular en el Congreso de los Diputados, que tiene su correlato en algunas direcciones provinciales y regionales, comienza a extenderse la especie de que Rajoy es el problema. En un partido ciclotímico como es el PP, que pasa de la depresión a la euforia en cuestión de segundos, muchos parlamentarios creen que la única solución para la remontada es que el inquilino de La Moncloa convoque una Junta Directiva Nacional para elegir a un sucesor, como hizo José María Aznar con el propio Rajoy en otoño de 2003. Poca confianza tienen en los cambios anunciados para el partido y el Gobierno y “no hay tiempo para convocar un congreso nacional extraordinario”, aducen las fuentes consultadas por TIEMPO. En un futuro lleno de interrogantes cabe preguntarse si el PP aceptaría dicha condición en caso de que de ella dependiera su continuidad en el Gobierno. Incluso se apunta a que hay quien ya se ha hecho este cálculo y hasta encontrado la resolución al dilema: sería el momento en que se produjera el relevo de Rajoy a Soraya Sáenz de Santamaría, que aunque es del año 1971 representa, sin duda, el salto generacional al que alude Rivera y no está manchada por sospechas de corrupción. Un traspaso de poder con las elecciones ya celebradas y toda la vieja guardia popular de retirada. Además, con el armiño del poder, nadie discutiría su ascenso al liderazgo del PP. Esta maniobra dejaría fuera de juego al que se considera “sucesor natural” de Rajoy, el gallego Alberto Núñez Feijóo, que tampoco ha cosechado buenos resultados en las municipales pero hacia el que se dirigen muchos ojos de la conmocionada familia popular.

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