Jubilarse perjudica seriamente la salud

01 / 02 / 2016 Chris Weller
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Diversos estudios demuestran que una jubilación demasiado temprana puede resultar perjudicial tanto desde un punto de vista físico como psicológico.

Ajubel

Cheryl Simmons tiene 63 años y no ve el momento de volver a trabajar. Durante los últimos cinco años, desde que su hija se fue a la universidad, ha estado en su casa rastreando en Twitter las últimas noticias sobre start ups tecnológicas, observando las novedades de las ferias internacionales de electrónica y, en general, intentando vislumbrar la manera de volver a formar parte de ese mundo. Afirma que, en lo que se refiere a la jubilación, no está dispuesta a seguir los tranquilos pasos de sus padres.

“No soy el tipo de persona que disfruta ante la perspectiva de tener mucho tiempo libre”, afirma Simmons, una antigua gestora de inversiones y activista de ONG. “Me gusta sentir que hay un sitio en el mundo en el que puedo crecer. Cuando mis padres se retiraron, mi madre se apuntó a varios clubes, como por ejemplo un club de bridge, y mi padre empezó a jugar al golf. Pero para mí eso no sería suficiente”. Simmons no supone un caso aislado.

Según una encuesta reciente de Gallup, la edad media de retiro en 1991 era de 57 años, mientras que en 2014 había ascendido a los 62. Los miembros ya viejos de la generación del baby boom están trabajando mucho más tiempo que los de la generación anterior, tanto por preferencia personal como por los problemas económicos que supone una jubilación temprana. Sea como sea, probablemente se trate de algo bueno, y es que dejar de trabajar demasiado pronto resulta perjudicial para la salud, tanto desde un punto de vista físico como psicológico. La Organización Mundial de la Salud estima que en todo el mundo se produce un suicidio cada 40 segundos, y que los más afectados, tanto entre hombres como entre mujeres, y con independencia de la región que se observe, siempre son los mayores de 70 años.

Cerebro joven. En 2013 el instituto público de investigación médica de Francia Inserm estudió la incidencia de las demencias en una muestra de 429.000 personas. Al observar el caso de individuos que se hubieran tenido que jubilar debido a una demencia, descubrieron que retirarse a los 60 años incrementaba un 15% la posibilidad de padecer ese tipo de enfermedad en comparación con aquellos que se habían jubilado a los 65. Su conclusión era que trabajar mantiene el cerebro joven y en forma, porque las reuniones pueden resultar estresantes, pero pasarse el día viendo la tele es directamente perjudicial para la salud.

Tomemos el ejemplo de Judy Uman. Tiene 76 años y ha estado trabajando para el consejo comunitario judío del Bronx durante los últimos 30. Cuando estaba en la cuarentena Uman empezó a colaborar como trabajadora social “en el sentido más anticuado de la palabra”, debido a que la mayor parte del tiempo simplemente ayudaba a rellenar formularios. Ahora supervisa personal y dirige uno de los programas del organismo. “El trabajo es lo que realmente me mantiene joven y activa. Sigo manteniendo relación con mucha gente con la que he trabajado a lo largo de los últimos años”.

Pero los beneficios para la salud y la longevidad que tiene trabajar durante la séptima década de la vida solo son efectivos si uno está razonablemente en forma. Si la tendencia se mantiene, los nacidos a partir de los años ochenta del siglo XX no tendrán esta posibilidad a su alcance. Es posible que hayamos cortado con algunos de los hábitos menos sanos de nuestros abuelos (el consumo de tabaco ha caído en picado, por ejemplo), pero hemos adoptado otros. Por ejemplo, según James Fries, profesor de Medicina de la Universidad de Stanford, “la gente ahora está más gorda que antes”. Y es que las mejores estimaciones sostienen que algo más de dos tercios de la población, el 68,8%, presentan sobrepeso o son obesas.

Las tasas de obesidad infantil son aún más preocupantes, ya que han pasado del 7% de 1980 al 18% de 2012. Y es que el sobrepeso es un problema de salud general que puede incluso acortar la carrera laboral de una persona. En 2009 un estudio publicado en la revista Obesity revelaba que tener sobrepeso a los 25 y la aparición de la obesidad en torno a los 50 estaba relacionado con una jubilación temprana. “Básicamente tienen menos vitalidad”, afirma Fries sobre las nuevas generaciones, “y esto tiene que ver directamente con la obesidad”.

Tasas de demencia. Pero aún más graves son las implicaciones que apuntan al alzheimer. En 2013 la organización independiente Alzheimer Disease International dejó de piedra a la comunidad médica mundial con su predicción de que en 2030 las tasas mundiales de demencia se duplicarían con respecto a hoy, y que en 2050 se triplicarían. De este modo, los nacidos a partir de los ochenta parecen condenados a ser la generación más castigada por las demencias, ya que en la actualidad la medicina carece de herramientas para detener esta marea. Y a ello hay que añadirle el deterioro de todos los indicadores de cohesión social. De hecho, una de las señas de identidad de la industria moderna es la confianza en (y la explotación de) las tecnologías de conexión remota. Así, a través de una pantalla podemos interactuar y coordinarnos con cualquiera en el momento que queramos. Desde un punto de vista logístico, esto ha logrado derribar barreras históricas, pero cuando el teletrabajo nos impide las ocho horas de interacción social que hasta ahora teníamos, tiene un impacto negativo en la salud. “Cuando perdemos esas conexiones”, afirma Gary Kennedy, un psiquiatra geriátrico, “perdemos algo muy valioso”.

En la medida en que los jóvenes saltan de un trabajo a otro con un sentimiento de pertenencia a la empresa cada vez más reducido, su vida social se convierte en un simple tráfico de relaciones personales. Y es que mantener una relación interesada puede ser beneficioso desde un punto de vista laboral, pero no garantiza la estabilidad a largo plazo necesaria para una buena salud psicológica.

Y ante la ausencia de lazos sociales realmente sólidos, el cerebro humano puede precipitarse por rincones oscuros. Un estudio publicado en enero por la revista Work, Aging and Retirement tomaba una muestra de 1.200 trabajadores de entre 52 y 75 años del sector servicios, de la construcción y de la industria manufacturera. La conclusión era que aquellos trabajadores que no tenían cerca a sus seres queridos, y también aquellos cuya salud empezaba a deteriorarse, presentaban un riesgo mucho mayor de abuso de alcohol o drogas frente a los que se mantenían activos. “Y lo que es más –escribía Peter A. Baumberger, autor del estudio– en aquellos cuyo estado de salud limitaba su buena integración en actividades posteriores a su jubilación, los resultados apuntaban de manera especial a un mayor riesgo de marginación social, aislamiento y aburrimiento”. En las primeras semanas de jubilación el tiempo libre se acoge positivamente como descanso. Pero pasado un tiempo, el jubilado empieza a sentirse prisionero de esa inactividad: deja de sentir que tiene todo el día por delante para relajarse. Muchos, además, se ven obligados a relajarse de este modo solos.

Fries evita dar demasiados consejos sobre cómo vivir con salud durante la vejez. “Desconfío de aquellos que intentan encontrar fórmulas que todo el mundo debería seguir”, afirma. Y sin embargo, hay una serie de principios básicos que las personas mayores deberían seguir para mantener la buena salud durante la jubilación. Deben mantenerse físicamente activos, realizar estiramientos diarios y participar en actividades deportivas, y deberían también estimular su cerebro, de ser posible en el marco de actividades sociales. Se trata de fundamentos que las generaciones más jóvenes suelen evitar, pero cambiar esta tendencia tan poco saludable es posible, según Fries. Basta con revisar las prioridades. “Es tan simple como que hay que estar vivo para mantenerse vivo”. 

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