Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa: una boda a contra reloj
Frente a los rumores de bache en la relación, la pareja sigue adelante con su amor. Mario le ha pedido a Isabel que se case con él y, a falta de los papeles de Perú, su entorno más cercano asegura que el enlace podría celebrarse en los próximos meses.
Diciembre de 2010. El escenario: el Concert Hall de Estocolmo. Mario Vargas Llosa leía el décimo folio de su discurso de recogida del Nobel con lágrimas en los ojos diciendo: “El Perú es Patricia, la prima de nariz respingada y carácter indomable...”. Comenzaron los hipidos, el moqueo y la voz quebrada. “Ella lo hace todo y todo lo hace bien. Administra la economía, pone orden al caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”. Así se refería entonces el Nobel a su ahora abandonada esposa.
Nada de todo eso hace su actual novia, Isabel Preysler, quien, además, a duras penas conoce la obra literaria de su futuro marido. El 22 de febrero de este año se les podía ver en clase business del AVE Sevilla-Madrid e Isabel, muy aplicada, leía La fiesta del Chivo, para muchos la mejor novela de Vargas Llosa. En ella, el escritor entrelaza la sexualidad y el poder y Preysler lo descubría en un tren de alta velocidad. Isabel, a la que la leyenda urbana le adjudica habilidades extremas en la primera materia y que se casó, en vidas anteriores, con un cantante de fama internacional, con un marqués y con un superministro de Economía. Y la prensa, el Cuarto Poder, siempre fue su aliado. La ficción y la realidad guardan parecidos razonables.
Aunque Isabel conoce a Mario desde hace treinta años, hasta ahora no le había interesado leer al de Arequipa, pero nunca es tarde si la dicha es ser su nueva esposa. El peruano ha sabido pasar de “el Perú es Patricia” a “la felicidad tiene nombre y apellidos: Isabel Preysler”, pronunciado en la celebración de su ochenta cumpleaños el pasado mes de marzo.
Falsos rumores
En estos últimos días se han desatado comentarios acerca de que la relación entre el escritor y la celebrity pasa por un bache. Los fundamentaban diciendo que ella ya no le acompañaba a los actos que Vargas Llosa tenía comprometidos y que se había producido un fuerte desencuentro entre ellos como consecuencia de esto. Nada más lejos de la realidad. Preysler ya ha recorrido medio mundo con él para asistir a muchas de sus citas. Él a los “compromisos profesionales” de ella y, además, dejándose retratar a su lado. Todo está bien. Todo estaba consensuado desde el principio. Isabel no es Patricia ni pretende serlo.
Parece que el malintencionado rumor vendría desde algunos miembros del núcleo duro de la familia de Mario. Su hija Morgana podría haber comentado algo de todo esto con la intención de poner en valor la figura de su madre que, según ellos, dedicó su vida a que su padre brillara como escritor. No les parece que la nueva pareja del Nobel aporte nada al respecto y, además, no soportan verle feliz y disfrutando de esta etapa. No quieren ni imaginar ese escenario próximo, en el que Mario Vargas Llosa tome como esposa a Isabel Preysler Arrastia.
Pero la mujer que se ha llevado todos los premios a “la más elegante”, “la reina de corazones” y otros títulos de escasa relevancia cultural, está a punto de convertirse en la tercera esposa del peruano, Nobel de Literatura. La primera fue Julia Urquidi, protagonista junto a Mario de su novela La tía Tula y el escribidor, a quien Patricia, prima hermana de Mario y sobrina también de ella, sustituyó sin miramientos.
Para la de Manila será su cuarto marido, después del cantante Julio Iglesias, de Carlos Falcó, marqués de Griñón, y de Miguel Boyer, ministro de Economía durante el primer Gobierno de Felipe González. Mucho se ha hablado, y en ocasiones de manera inquisitiva y poco elegante, del escaso luto que guardó Preysler a su difunto marido. Criticaban que la imagen de Porcelanosa y rostro de porcelana filipina, hubiese comenzado tan pronto su relación con el que quiso, un día, ser presidente de Perú. No hablaban del amor, del cariño, del tiempo y del dinero que invirtió en cuidar de Boyer durante toda su enfermedad y hasta el último de sus días.
Los inconvenientes de esta boda
La ya exmujer de Vargas Llosa y sus dos hijos menores, Gonzalo y Morgana, que han roto relaciones con su padre –no así Álvaro, el mayor– han repetido y difundido hasta la saciedad que, de casarse, el escritor incurriría en delito de bigamia y sería juzgado en su país (donde podría ser penado hasta con cuatro años de cárcel). Así lo argumentan, esgrimiendo que en el registro de Grocio Prado, en Perú, donde contrajo matrimonio con Patricia Llosa, no ha sido ratificado tal divorcio. Es cierto. Todavía falta ese trámite y lo están esperando. Sí está todo en orden en España. El escritor tiene la nacionalidad desde 1993.
La sentencia fue firmada en noviembre de 2015 en los juzgados de la madrileña calle de Francisco de Hervás. Aquí podrían haber contraído ya matrimonio, pero prefieren esperar que se finalice con los trámites en su Perú natal. Para facilitar todo, Vargas Llosa accedió a repartir su patrimonio, de manera generosa, con Patricia. Ella se queda con los inmuebles más importantes: el impresionante apartamento de Nueva York y la joya de su corona: la casa de Lima, que alberga una magnífica biblioteca y una muy valiosa colección de pintura. Además, recibiría una importante cantidad de dinero como pago a todos los servicios prestados durante su unión, ya que gracias a Patricia y a todo lo que ella hacía para facilitar su trabajo, él pudo desarrollar su fructífera labor como escritor. Él, por su parte, se ha quedado con la casa de Madrid, en el barrio de Los Austrias, y el apartamento de París.
La antigua pareja dejó de mantener comunicación rápidamente y todo se ha resuelto entre los abogados de ambos. Elena Zarraluqui, por parte de Patricia, y Javier Ruiz Paredes, por parte de Mario. Nada de lo económico parece haberle importado a Mario. Había decidido que su amor por Isabel era tan incondicional que las peticiones y pretensiones de la madre de sus hijos no le iban a impedir hacer de Preysler su compañera de vida y su nueva esposa. Además, la viuda de Boyer insiste a sus amigos en que no existe ningún impedimento legal para que puedan contraer matrimonio y que si no lo han hecho antes es porque quieren tener ese último documento de Perú, que está a punto de llegar.
Y así las cosas, claro que hay boda, a pesar de que Isabel no era clara al respecto, cuando le preguntaban sobre ello en un evento de joyería al que asistía hace unos días: “No veo la necesidad de casarme tan rápidamente. Sí es cierto que Mario me lo ha pedido y no le he contestado todavía. No lo he hecho, no por hacerme de rogar, lo estoy haciendo porque me estoy tomando mi tiempo. Me encuentro en un momento muy bueno de paz, feliz... y estoy encantada.”
Mario le pidió a su amada matrimonio hace unos meses, en una discreta velada. Una cena tranquila en la que el octogenario le pidió a la felicidad con nombre de mujer si quería compartir el resto de su vida con él. Ella les ha contado a sus íntimos cómo fue todo. No fue al uso, ni con anillo de pedida de por medio: “Somos más espirituales”, ha dicho Isabel. Quizá Mario le regaló algo escrito por él, solo para ella. Ya sabemos que el novio de Isabel, para lo que mejor sirve es para escribir, según reconoció en su discurso de recogida del Nobel. O, al menos, eso sostenía su ya exmujer. Lo de comprar y todo lo demás lo hacía Patricia y, en este caso, no sería oportuno hacerle semejante encargo.
Si alguien supone la escena almibarada y cursi, que borre esa imagen de su mente. La filipina lo relata como un momento divertido, relajado y muy “normal”, en la que ella no se pensó la afirmativa respuesta, aunque no pusieron fecha. De ahí que ella insista en que, todavía, no hay boda. Claro que tampoco hay que dar muchas pistas, que, seguro, habrá exclusiva de por medio y ella es muy profesional de lo suyo, y así de bien, en esa y otras materias, le ha ido. La discreción también tiene nombre propio.
Todo llega y alguien de su entorno más próximo dice que a primeros de 2017 Preysler se convertirá en la nueva señora de Vargas y marquesa consorte de Vargas Llosa, título que concedió a Mario el rey Juan Carlos, a este republicano que al recibirlo ironizó diciendo: “Yo nací plebeyo y voy a morir plebeyo a pesar del título”.
Un enlace sencillo
Ella no quiere una ceremonia fastuosa, ni llena de invitados. Bastará con el novio, un sencillo traje, un par de testigos, que no parece serán ninguno de los hijos de ambos, y un funcionario público que dé fe del acto y lo formalice y todos rubriquen para que conste en los escritos. Y en el papel couché. Según la misma fuente, hace tiempo que la pareja puso en marcha el trámite. La duración del mismo, desde que se inicia el expediente, puede tardar, en función de la comunidad autónoma, el ayuntamiento y/o el Registro Civil, entre treinta días y seis meses. Bien es verdad que Isabel tiene, o al menos tenía, sus contactos, que pueden facilitar mucho el trámite y, así estar todo preparado. De hecho, lo está.
Quien escribe fue testigo impertinente de su matrimonio con Boyer, un sábado día 2 de enero de 1988 en el juzgado de la calle Pradillo de Madrid. Teníamos chivatazo de que Preysler y Boyer se casaban. El soplo y una guardia de algo más de un mes, hicieron que estuviésemos presentes para capturar el momento en esa fría mañana en la que la pareja salía escoltada desde su residencia del barrio de El Viso de Madrid hasta los juzgados. A pesar de la temprana hora y de no ser día laborable, sus puertas se abrieron y el funcionario hizo su trabajo –supongo que extra– y se convirtieron en marido y mujer oficialmente. Ella avisó a la revista ¡Hola! Él, al diario El País –cada oveja con su pareja– para informarles del acontecimiento y que estuviesen presentes para inmortalizarlo. Al final, fuimos más periodistas de los que esperaban, pero no pusieron impedimento en que compartiéramos el momento y lo publicásemos en otros medios.
Hay quien sostiene que la chispa que encendió el fuego de Vargas Llosa saltó allá por los 90, cuando Boyer, amigo personal del escritor, presentó a su pareja. Las famosas “lentejas de Mona Jiménez” unieron a los entonces matrimonios. Patricia y Mario solían quedar en los veranos de Marbella con Isabel y Miguel. La filipina, incluso, llegó a convencer al peruano para que ella misma le entrevistara para ¡Hola! Quien le conoce dice que, desde entonces nunca la olvidó. Muchos años después y ya viuda Isabel, Mario no se lo ha pensado. Cerraba cinco décadas con Patricia y abría, junto a Isabel, una nueva etapa en la recta final de su prolífica vida.
Para esta nueva boda a Isabel le gustaría que estuviesen presentes todos su hijos, a los que participará del acontecimiento, pero sabe que será bastante inviable. Los tres mayores, Chábeli, Julio y Enrique, habidos durante su matrimonio con Julio Iglesias, residen fuera de España, en Estados Unidos, y sus ocupaciones no les permitirán, muy probablemente, estar presentes. Quizá Julio Iglesias Jr., quien visita con frecuencia el hogar materno y conoce al futuro esposo de su madre, disfrutará ese momento feliz de la pareja. Tamara, la única hija que tuvo con Carlos Falcó y que convive con su madre y Mario en la lujosa residencia de la madrileña urbanización de Puerta de Hierro, es la que a buen seguro acompañará a su madre y a quien será su futuro y flamante marido.
Ana, que nació de su unión con Miguel Boyer, su última y más larga relación –se enamoraron en 1984 y contrajeron matrimonio cuatro años más tarde– irá, salvo imprevistos de última hora. Bien es verdad que la joven de 28 años no ha llevado muy bien lo de que su madre se emparejara tan rápidamente y, mucho menos, que el escritor se fuera a vivir a la casa donde trascurrió todo el matrimonio de sus padres. Además no vio bien que la nueva pareja de su madre se fotografiara en ese escenario para distintos reportajes. Prueba de su malestar, y a pesar de que lo han negado, es que Ana decidió abandonar su casa y su hogar para irse a vivir con su novio, el tenista Fernando Verdasco. Ahora la casa le queda grande a la pareja. La construyó con Boyer, aunque en el registro de la propiedad figure solo a nombre de María Isabel Preysler Arrastia. Los hijos del economista habidos en su matrimonio con la ginecóloga Elena Arnedo lo supieron a la muerte de su padre. Tienen poco más que repartir.
Por parte de Mario no hay sorpresas
En cuanto al Nobel, sus hijos Gonzalo y Morgana han hecho causa común con su madre y todo lo posible por desprestigiar a su padre como esposo y persona. Ni están invitados, ni irían si les invitaran a un acontecimiento tan incómodo. No así Álvaro. El mayor de los vástagos del escritor mantiene una buena relación con su padre, al que le sigue llevando parte de su agenda y acompañando en algunos actos. Además, cuando trascendió la noticia de que el Nobel de Literatura terminaba con cincuenta años de matrimonio con su madre y no escondía haberse enamorado de Isabel, manifestó públicamente que le deseaba todo lo mejor a su padre, que le seguiría teniendo a su lado, que Isabel era encantadora y que todo eso no suponía que dejara de querer a su madre.
Hay dos o tres amigos que piensan que podrían estar invitados. Al menos al almuerzo o cena que se celebre tras el enlace civil. Claro que la pareja sigue pensando en algo tan reducido como íntimo y quizá sobren todos.
Bien es cierto que Isabel Preysler es una mujer educada, cumplidora y exquisita y es probable que quiera celebrar, posteriormente, una pequeña fiesta en su magnífica residencia madrileña. Allí sí que podrían asistir, además de sus hijos, antiguos amigos de esos de los de toda la vida que quieren a Isabel y a Mario y les desean, sin miramientos, la felicidad juntos. Quien, seguro, no faltará para inmortalizar todo será su revista de cabecera, ¡Hola! La publicación ha estado siempre presente en la vida de Isabel. Ha recogido todos los acontecimientos importantes, su trayectoria y su proyección social y personal desde que llegara a España. Ella ha sabido como nadie sacarle con estilo y clase rédito a su día a día. Y eso sin ser profesional de nada. Y esta es una noticia lo suficientemente importante como para que vaya en una portada del semanario que siempre la ha tratado con mimo y delicadeza. Y Vargas Llosa, a pesar de lo que antaño renegó de la prensa rosa –para él tirando a amarilla– maledicente, malintencionada y sin categoría, terminará posando sonriente y al lado de su flamante esposa. Y lo que parecía imposible ha sucedido: él ya se ha dejado fotografiar a su vera. La primera vez fue en Londres. Fueron invitados por el Príncipe de Gales, en junio de 2015, a una cena patrocinada por Porcelanosa, firma de la que Isabel es imagen. También lo hizo en la inauguración neoyorquina de la misma empresa en septiembre del mismo año. Remataron en febrero de 2016 con una portada en la que se les veía sonrientes y dando su primera entrevista juntos: “Este ha sido el año más feliz de mi vida”, decía Mario. “El nuestro es un amor de una buena novela romántica”, declaraba Isabel. Además, el mismo semanario recogía este pasado verano las fotografías de su vacaciones juntos por el sudeste asiático. Trabajo, esta vez, de unos ávidos, astutos y profesionales paparazzi que la revista no quiso dejar escapar. Salvo este, todos los demás reportajes les habrían reportado una suculenta remuneración económica. La noticia de su boda es lo suficientemente importante para que se recoja en una brillante portada. Ambos posarán para anunciar que han contraído matrimonio. Vargas Llosa ha debido quemar, o al menos olvidar, ese ensayo que escribió sobre la banalidad y las frívolas costumbres de cierta sociedad.



