Investigan crímenes de ETA sin resolver

28 / 06 / 2016 Fernando Rueda
  • Valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

Interior y las organizaciones de víctimas intentan aclarar los numerosos atentados etarras sin resolver judicialmente. Uno de los casos es el de tres jóvenes gallegos asesinados y torturados por la banda, que los confundió con policías.

Los tres jóvenes gallegos cruzaron la frontera con Francia para ir al cine a ver El último tango en París. Era el 24 de marzo de 1973. Se despidieron de la hermana de uno de ellos y quedaron en regresar por la noche. Han pasado 43 años y nada se sabe de ellos. En realidad, su paradero es desconocido, pero los datos de varias investigaciones apuntan la responsabilidad a un comando de ETA que les confundió con policías y les mató. Este es, según ha sabido TIEMPO, uno de los asesinatos sin resolver que organizaciones de víctimas están intentando aclarar. La banda terrorista ha dado orden de guardar silencio.

Este es un empeño no solo de los familiares y amigos de las víctimas de ETA en un empeño por hacer justicia en tantos asesinatos sin esclarecer, sino del propio Ministerio del Interior y de la Justicia española, que hace tiempo solicitó ayuda a sus colegas franceses para que les facilitaran toda la documentación que pudieran sobre las investigaciones llevadas allí que pudieran servir para arrojar luz sobre esos casos que quedan sin solucionar judicialmente. De hecho, a principios de junio se recibió una gran cantidad de documentación que servirá para este fin y que será compartida con el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo.

Uno de los casos más antiguos, dramáticos y misteriosos es el de Humberto Fouz, Fernando Quiroga y Jorge García, tres jóvenes gallegos que a principios de los años 70 habían emigrado al País Vasco a la búsqueda de una vida mejor. Se encontraron en Irún con la mochila llena de ilusiones y la cartera vacía de dinero. Eran jóvenes, con toda una vida por delante y con ganas de disfrutar de todo aquello que estaba al alcance de la mano. La dictadura de Franco imponía su ley en España, por lo que las películas subidas de tono, como se decía en la época, estaban prohibidas. Así que el sábado 24 de marzo, como muchos compatriotas, decidieron irse a San Juan de Luz a ver la prohibida El último tango en París. Anunciaron que regresarían por la noche, pero ya nunca más se volvió a saber de ellos.

Las familias pensaron en las primeras horas que los tres jóvenes –de 23, 25 y 28 años– se habrían ido de juerga. Pero con el paso de los días dedujeron que algo grave les había ocurrido. Primero pensaron en un accidente de tráfico, pero tras todas las indagaciones el coche Austin en el que viajaban no aparecía por ningún sitio. Luego se temieron lo peor. Denunciaron la desaparición ante la Policía española, que confirmó que ninguno de los tres tenía antecedentes penales, que eran jóvenes apolíticos que se buscaban la vida como podían.

Reconstrucción periodística

Las investigaciones no fueron todo lo profundas que deberían haber sido en España y en Francia. El caso no tardó mucho en pasar a ser uno de esos sumarios destinados a llenarse de polvo en los archivos de una comisaría.

Con el paso de los meses, siguiendo las escasas pistas, las investigaciones periodísticas comenzaron a echar luz sobre el caso hasta poder realizar una fotografía cercana a lo que pasó. Los tres jóvenes vieron la película y cuando regresaban a España pararon en una discoteca. Allí estuvieron tomándose unas copas y comentando la película erótica que acababan de ver. No se fijaron en otro grupo de españoles mucho más discreto que ellos que les observaban poniéndose cada vez más nerviosos. Allí estaban, según los que investigaron el caso, Tomás Pérez Revilla, un destacado militante de ETA, con varios de sus hombres: Prudencio Sodupe, Jesús de la Fuente, Ceferino Arévalo y Manuel Murúa.

Un error trágico

Lo tuvieron claro desde el primer momento: aquellos tres jóvenes eran policías españoles de esos que mandaba la dictadura para seguir sus pasos. Improvisaron sobre la marcha. Les esperaron a la salida de la discoteca, los atacaron y se los llevaron a un piso franco para interrogarles. Aislados de gente que pudiera escucharles, les torturaron para sacarles toda la información que tenían sobre ETA y sus actividades.

En las horas siguientes descubrieron su error: los tres supuestos policías eran en realidad jóvenes gallegos emigrantes que no tenían nada que ver con su guerra. Qué hacer ante esa metedura de pata. No podían reconocer su error y soltarles sin más, por lo que decidieron acabar con sus vidas. Les llevaron a un campo donde nunca nadie les encontraría, les mataron y luego les enterraron. Pérez Revilla ordenó a su gente que no comentaran con nadie lo que había pasado, la banda nunca reconocería haber cometido esos crímenes. Contaban con la escasa ayuda que en esos años prestaban los franceses a España, por lo que había muchas posibilidades de que el crimen quedara impune. Las familias de los tres emigrantes nunca han dejado de investigar, pero el muro con el que se han encontrado no ha sido derribado hasta ahora. No ayudó el hecho de que el GAL asesinara en 1984 a Pérez Revilla, que tenía todos los datos del caso. Los demás no han querido hablar. La cúpula de ETA intenta que los casos sin resolver no lleven a más de sus terroristas a la cárcel. Pero las asociaciones de víctimas están en la lucha. Hay gente viva que sabe lo que pasó y dónde están enterrados los tres jóvenes.

Grupo Zeta Nexica