Euskadi sin la amenaza de ETA
Han pasado 50 días del cese definitivo del terrorismo por parte de la banda, un tiempo muy corto para las miles de personas que durante años lo han sufrido en sus carnes sin morir. Los amenazados empiezan ahora a vivir sin escolta, a pasear por sus lugares queridos sin sentirse en la diana y a preguntarse si esta vez es la definitiva, si la paz echará raíces en el País Vasco.
La lista de sufrimientos es “inacabable” para la familia de Joseba Markaida, concejal socialista en Getxo desde 2002 hasta mayo de este año y desde entonces en la localidad vecina de Berango. ETA le colocó entre sus objetivos hace ya diez años, y sus jóvenes cachorros se encargaron de hacerle la vida imposible desde entonces. Su calvario empezó con amenazas de muerte, mensajes intimidatorios en los buzones de su casa y del ayuntamiento, persecuciones en coche y una vigilancia “perpetua” en su calle que desembocó en pintadas asesinas por doquier. Primero las alusivas de tipo genérico –cipayo muerto-, luego las específicas y más dolorosas –Markaida estás muerto-, para acabar con dianas sofisticadas como la que colgaron un día detrás de su casa, en la pared del depósito de agua, con su nombre en una tela blanca de treinta metros de largo por diez de ancho. Para que se viera bien.
La voz de Markaida se quiebra cuando recuerda otros momentos, los más duros: los tres intentos de quemarle el caserío con cócteles molotov, la vez que envenenaron a sus perros y raparon a sus caballos como hacían los nazis con los judíos, aquella tarde en que a uno de sus hijos le dieron una paliza en el colegio porque su padre era un “vasco traidor que no traga y vocifera”, o aquella mañana en la que su otro vástago se encontró en los bajos del coche un paquete bomba simulado. ¿Se puede ser más inhumano a la hora de infundir terror? Pero eso no fue todo. ¿Se imaginan dormir todas las noches con escopetas cargadas junto a la cama para responder a un ataque? ¿Y evitar las habitaciones que dan a la calle por miedo a que te metan cócteles por las ventanas? Pues en ese infierno han vivido Markaida y su familia durante una década.
Colaborador de ETA.
“Me podía haber ido, pero con una indignidad enorme y el rabo entre las piernas. Decidí quedarme de resistente beligerante. Pacifista sí, pero acrítico, porque estoy hasta los huevos de la retórica”, dice este marino mercante sin pelos en la lengua, que trabaja en la delegación de Salvamento Marítimo en Bilbao y que en 2009 fundó Zaitu, una asociación de ayuda a los perseguidos, amenazados y exiliados por la ETA en cuya germinación él mismo participó en el franquismo. Porque Markaida fue colaborador de la banda entre 1969 y 1972, de los 16 a los 18 años de edad, como muchos otros durante la dictadura. “Eran otros tiempos y otra manera de pensar, hasta que en un tiroteo muere un compañero de pupitre que me entero que es guardia civil y lo había ocultado toda su vida. Eso me hizo replantearme muchas cosas”, rememora de aquella época.
Su lucha antifranquista terminó con la ansiada “libertad, amnistía y Estatuto de Autonomía” que trajo la Transición, y por ello intentó convencer a varios dirigentes de ETA de que se habían cumplido los objetivos fundacionales de la banda. “Un día fui al monte y me dijeron que lo que mandaban eran las pipas, no los cerebros. No pudimos reconducir a los recalcitrantes y quedó ese germen que volvió a brotar”, se lamenta con un poso de amargura mientras su mujer le pasa una botella de cava para que la abra. Tras el sonido del descorche, cambia de cara y brinda por un futuro esperanzador. “Después de siete treguas, pienso que esta es la definitiva y la final, porque las circunstancias han cambiado. Ellos reconocen que su táctica, tal y como está la cuestión, es negativa con su guerra absurda”, asegura más calmado.
Markaida es, junto a su mujer y un chófer de autobús, uno de los únicos testigos que han declarado en los últimos años en la Audiencia Nacional por la kale borroka, el terrorismo callejero por el que solo se ha podido imputar a una decena de chavales, entre otras cosas porque no hay nadie que les quiera acusar. “Todo el pueblo les ha visto haciendo fechorías, pero la omertà aquí es igual de comprensible que en Sicilia. Un silencio cómplice, entendido como una cierta neutralidad del que no quiere problemas, pero inmoral”, subraya este concejal al que hace unos meses le retiraron sus escoltas de diario y que ahora solo los necesita para actos del PSE o reuniones públicas.
El ambiente en su pueblo está más tranquilo desde que la banda declaró el cese definitivo de sus actividades, el pasado 20 de octubre, pero le cuesta lanzar las campanas al vuelo. “Todos los indicativos que tengo, que son muchos, me dicen que sí, que estamos mejor, pero la experiencia histórica me dice que hay que tener cuidado. Con todo, no me quiero joder la alegría con una desconfianza permanente. Los del pueblo han cambiado la actitud, se me acercan más. El que antes solo me llamaba por teléfono, ahora viene a mi casa sin problema. Incluso muchos de Batasuna se me arriman con mala conciencia. Para muchos de ellos también es un escape este momento, querían despegarse de la violencia, pero en una guerra tú eres militar y no puedes desertar”, prosigue.
De esta contienda impuesta por una minoría, en la que un bando ha puesto las armas y el otro, los muertos y amenazados como Markaida, hay que sacar, a su juicio, dos lecciones. La primera, convertir esta traumática experiencia en conciencia popular, “por eso el relato y la memoria, aparte de ser un deber, es fundamental”. La segunda es no tapar las heridas para no incidir en el mismo error: “¿Cómo se repara todo el daño físico, psíquico, moral, social y material? Veo el principio del fin, pero no por su voluntad”, dice sobre los etarras, “sino por los tiempos que corren con este absurdo terrorismo del siglo XXI”.
Con Zaitu ha querido defender “al político amenazado, al empresario extorsionado, al periodista acojonado”, a aquellos que se han tenido que marchar al exilio, unos 200.000 según varios estudios, en un País Vasco en el que “un 3% de la población estaba jodiendo, otro 3% cagado y el resto, un noventa y tantos por ciento, pensando ‘que no me toque’. Aquí solo los bocazas estábamos en la diana”, subraya con vehemencia. Su asociación asesora a unas 150 personas, la mayoría de ellas concejales del PP, el PNV y el PSOE, pero también cuenta con miembros de los Legionarios de Cristo Rey o de extrema izquierda... porque ETA “no hacía distinciones entre sus adversarios”.
Exilio pastoral.
Entre esos adversarios está el sacerdote Jaime Larrínaga, nacido en Yurre (Vizcaya) en 1940 y que recita con orgullo sus primeros 28 apellidos de origen vasco. Este cura fundó junto con otros dos jesuitas el Foro el Salvador, una iniciativa surgida en marcha en 1999 en plena tregua de ETA con la que se quería demostrar que la Iglesia vasca no era monolítica en su defensa del nacionalismo y que, al menos, una parte de los religiosos vascos condenaba a ETA en todas sus manifestaciones. Sus más de 30 años de vida pastoral al frente de la parroquia de Maruri de poco le sirvieron. En 2002 se convirtió en el primer cura en España que tenía que llevar escolta en la calle por la amenaza del terrorismo, después de que su nombre apareciese en una lista de objetivos de un comando de ETA desarticulado en Tarbes (Francia).
Nunca utilizó el púlpito con otros fines que no fueran los religiosos, pero muchos de sus feligreses dejaron de asistir a misa tras conocer los posicionamientos del padre Larrínaga. Unos, por miedo, le decían “no te acerques a mi casa”, “no quiero que nos vean hablando”. Otros le dieron la espalda con el argumento de que “había hecho daño al pueblo”. El colmo del desprecio y odio llegó el día en el que no pudo entrar en casa de una señora enferma para darle la comunión. ¿El motivo? La negativa de su hijo aberzale.
Larrínaga llegó a sufrir concentraciones en su contra a la puerta de la iglesia durante varios domingos, pero lo más difícil de digerir fue cuando vio que muchos de sus compañeros jesuitas le negaban la paz, o el día que su vicario le castigó sin oficiar bautizos ni bodas. Todo por condenar a ETA. “Cuando se pone a Euskadi por encima de Dios se puede hacer cualquier cosa... como matar”, advierte. Tras un año de tener que moverse con escolta por las calles de Maruri, de vivir en sus carnes el boicot nacionalista, decidió tirar la toalla. Después de consultarlo con el entonces obispo de Bilbao, Ricardo Blázquez, marchó al exilio, y desde 2003 vive en una residencia religiosa en el centro de Madrid.
En estos últimos años ha descubierto la vida de misionero en una pequeña comunidad indígena de Venezuela, donde pasa cuatro o cinco meses al año, aunque a sus 71 no hay día que no añore su tierra, su diócesis y el “calor familiar” de los domingos y festivos. En septiembre se reunió con el sucesor de Blázquez, el obispo Mario Iceta, para ver si podía volver al País Vasco, pero su superior jerárquico se lo desaconsejó. Todavía hay mucho odio sembrado.
No lejos de Maruri se encuentra la localidad de Elorrio, donde hay otro resistente modélico: Carlos García, de 33 años y concejal del Partido Popular en esta localidad desde los comicios de mayo. Lleva con escolta desde 1999, tras la denominada tregua-trampa de ETA, cuando estaba en la universidad y se había convertido en uno de los concejales más jóvenes del PP vasco después del vil asesinato de Miguel Ángel Blanco dos años antes. Su decisión, el pasado mes de junio, de apoyar a la candidata del PNV en Elorrio antes que al representante de Bildu, y de esta forma romper el empate a seis concejales entre los dos partidos nacionalistas, le supuso recibir todo tipo de insultos y amenazas por parte de los herederos de Batasuna.
Ahora, tras el cese definitivo de ETA, la situación ha mejorado para él. “Cada vez estoy mejor. Lo que antes eran insultos y gritos se ha convertido en indiferencia, que no es poco. La gente empieza a verme con respeto y yo trato de demostrar que [los del PP] somos tan vascos como ellos”, afirma García, quien ya conoce personalmente a más de cien de los 279 ciudadanos de Elorrio que le votaron el 22 de mayo. Todavía no ha podido alquilar un piso en esta localidad y mantiene la escolta, porque hay mucha gente del entorno de Batasuna que justifica la violencia y nadie le asegura que un incontrolado no le pueda agredir en plena calle. Pero él, lejos de esconderse, habla con sus homólogos de la coalición Bildu y con los propios aberzales de Elorrio, una localidad que tiene entre sus vecinos censados a 16 presos de ETA, una cifra muy alta para sus 7.200 habitantes. “Trato de convencerles de que ese no es el camino. Hay obcecados y fanatizados, pero a algunos les dejas con la duda. Es mejor convencer que imponer, y en muchos sitios la opinión del PP no la han oído nunca”, asegura.
Los cambios que ha visto en las últimas semanas son mínimos pero esperanzadores. “Antes los carteles electorales siempre los pegábamos por la noche y nos arriesgábamos a recibir palizas”, recuerda el concejal del PP. “Ahora lo hemos hecho de día y hemos conseguido un doble efecto: hemos sido visibles y [ellos] han visto que los pegamos, tal y como hacen con los carteles de sus candidatos”. García sueña con el día en que no tenga que recurrir a la escolta, pero no quiere hacerse ilusiones hasta que la situación se asiente y se confirme que no habrá una vuelta atrás por parte de ETA. “No me han demostrado nada. Reconocer que la violencia no ha servido para nada sería bueno. Luego tienen que pedir perdón, solo así llegará la reconciliación”, hace hincapié García.
Primero fue la extrema derecha.
Perdón, reconciliación... palabras que al periodista Ander Landáburu (París, 1944) le cuesta pronunciar. El día del anuncio del final de ETA no durmió bien. Durante esa jornada histórica tuvo un sentimiento contradictorio: por un lado sintió alegría por las miles de personas que dejaron de sentir el aliento terrorista en la nuca, pero al mismo tiempo afloró la tristeza por todos los años marcados a fuego por el sufrimiento y las amenazas.
El terrorismo le ha quitado mucho a Landáburu, se le nota en su mirada llena de tristeza. Primero fue la extrema derecha de la Triple A y el Batallón Vasco-Español la que se cebó con Cambio 16, la revista en la que trabajó durante la Transición. Pero en 1977 llegó la primera carta intimidatoria de ETA. Lejos de amilanarse, cruzó la frontera, se fue a San Juan de Luz y localizó al jefe militar de la banda por aquel entonces, Juan José Etxabe.
“Mírame esto –le soltó al histórico dirigente–, que a estas alturas ya solo me falta que me amenacéis vosotros”. La respuesta llegó a los pocos días. José Miguel Beñarán, alias Argala, le dijo que no lo tuviese en consideración, que había sido una iniciativa personal de un responsable intermedio, pero las amenazas siguieron llegando con el paso de los años y ya no pararon.
A su amigo José María Portell lo mataron en junio de 1978. Fue el primer periodista asesinado por ETA, y cinco años después, la publicación de un artículo suyo sobre el impuesto revolucionario que la banda cobraba en la parte vieja de Bilbao le obligó a dejar el País Vasco ante los artículos incendiarios que Egin escribió contra él. Landáburu no volvería a su tierra hasta 1997, cuando abrió la delegación de El País en esta comunidad autónoma.
Habían pasado los años de plomo, pero a las pocas semanas de desembarcar en Bilbao se produjo la liberación de José Antonio Ortega Lara y el asesinato de Blanco. “La película me la conocía, e iban a por cualquiera de nosotros”, relata a Tiempo. Poco después intentaron asesinar a una de sus redactoras, Aurora Intxausti, y en diciembre de 2000 le colocaron escolta a él y a otros periodistas tras aparecer en documentos de ETA.
A mediados de 2001 la banda envió un paquete bomba a su hermano Gorka, otro conocido periodista de la política vasca. La explosión le dejó graves secuelas en sus manos, el oído derecho y parte de la visión, y a su hermano Ander, el miedo en el cuerpo. Fueron los meses más duros de su vida. “El tener escolta me cambió mucho la vida. Te coarta tu libertad, pierdes amigos, vida social..., y cuando me la han quitado me he sentido muy bien. Bajar de casa, comprar los periódicos, tomarte un café o conducir tu propio coche son pequeñas cosas que te desconciertan al principio”, afirma Landáburu dentro del café Iruña, uno de los más conocidos de Bilbao, al que ha podido volver hace pocas semanas sin los escoltas.
Al igual que el concejal García, ve un clima nuevo que va a costar mantener, “porque la cultura del odio se ha enquistado en este país en casi dos generaciones”, y pide no centrarse ahora en la reconciliación. “Creo que en una primera fase tenemos que llegar a una convivencia, a un respeto mutuo, que ellos respeten las reglas del juego. De la noche a la mañana uno no se hace demócrata”, deja claro. “Eso requiere un aprendizaje serio de mucho tiempo y como decía [el exministro republicano] Manuel de Irujo durante el franquismo: que los conversos se pongan a la cola”.
Un buen ejemplo de que los progresos serán lentos es su barrio de Algorta, donde han aparecido pintadas a favor de ETA después del 20 de octubre, de modo que el trabajo con el mundo aberzale va a exigir buenas dosis de paciencia. “Todavía queda la inculcación, el aprendizaje desde pequeño del odio al contrario, a todo lo que sea español. Todo eso va a costar”, advierte Landáburu, para quien su vida de amenazado ha sido una lucha “por la democracia, el trabajo y el derecho a la libertad de prensa”.
Por lo pronto se alegra de que la gente ya hable de política en los bares del País Vasco, algo impensable hasta hace bien poco. La parte buena de esta nueva realidad es que “las cuadrillas hablan en libertad”. La mala, que “algunas amistades se han roto” al saber que se encontraban en las antípodas políticas.
El camino de los traidores.
Quienes no han perdido la amistad con el paso de los años son Teo Uriarte (Sevilla, 1945) y Javier Elorrieta (Sestao, 1948), destacados miembros de ETA durante el franquismo y que con el paso de los años han derivado a posiciones constitucionalistas, el camino de los traidores a ojos de los aberzales.
Uriarte fue uno de los condenados a muerte en 1970 en el famoso consejo de guerra de Burgos. Su pena fue conmutada por cadena perpetua gracias a la presión internacional y finalmente anulada con la amnistía de 1977. Fundador de Euskadiko Ezkerra (EE) junto a Mario Onaindia y Juan María Bandrés, pasó luego al PSE, con el que fue concejal en Bilbao de 1983 a 1995. Con Nicolás Redondo hijo puso en marcha hace unos años la Fundación para la Libertad, de la que ha sido gerente hasta su reciente jubilación.
A mediados de los noventa, poco después de que la banda terrorista empezase a socializar el sufrimiento colocando en la diana a políticos del PP y el PSE, recibió un día la visita en su despacho de dos policías. “No quería escolta ni pa dios, pero tras la detención de un comando me enteré que tenían todo de mí...”, recuerda con pesar, “hasta mis comportamientos, lo que hacía en el portal antes de salir, donde yo me andaba con ojito antes de pisar la calle, cuándo salía con el perro a pasear...”. Y así, un largo etcétera.
Desde entonces, ha tenido escolta de forma ininterrumpida. Su caso recuerda al del fallecido Bandrés, que postrado en una silla de ruedas y sin habla por culpa de un ictus, no pudo salir en sus últimos años de vida a la calle sin protección. “Somos doblemente enemigos, y el rito sagrado de la muerte hace creíble lo increíble”, responde Uriarte a este sinsentido de ETA con aquellos que abandonaron sus filas. Uriarte ha combatido la protección con estoicismo (“Lo aguantas tú, pero no los que te rodean”) y buenas dosis de humor (“Les engaño continuamente”, dice refiriéndose a sus escoltas).
En cuanto puede lleva la conversación a la política, su gran pasión. “Bildu te trae la paz para imponerte su ideología”, advierte sobre el nuevo escenario político que se ha creado en el País Vasco. “El discurso de la izquierda aberzale no es democrático. No reconocen los errores y ni siquiera hacen una autocrítica, algo que sí ocurrió en el Ulster. Aquí hay silencio”, prosigue Uriarte.
Para este exdirigente de ETA, que empezó a tener sus “devaneos traidores y reformistas” en los albores de la Transición, ETA lo ha dejado “porque no puede”. En su opinión, el principal reto ahora es gestionar el debate político con el entramado aberzale que ha justificado y alentado la lucha. “Si no hay reconciliación política no habrá reconciliación moral o social”, dice un escéptico Uriarte ante la cruda realidad de que el nacionalismo no admite las dobles lealtades.
El hacha y la serpiente.
O estás con ellos o contra ellos, bien lo sabe su amigo Javier Elorrieta, exdiputado vasco, columnista -escribía en El Mundo cuando asesinaron a José Luis López de Lacalle- y en la actualidad vicepresidente de la Fundación para la Libertad. Estuvo dentro de la ETA originaria, “la de los manifiestos de carácter democrático, los actos de violencia dirigidos más contra el simbolismo que contra las personas o cuando llevar pistola era más para evitar la detención que para cualquier otra cosa”.
Condenado a ocho meses por el Tribunal de Orden Público (TOP) por pertenencia a ETA, abandonó la banda en 1971 “sin sangre ni por un lado ni por el otro” y empezó a ver la deriva de la organización terrorista que ayudó a alumbrar hasta esa especie de “conjunción de ideología nacionalsocialista con prácticas mafiosas”, en la que se convirtió con el paso de las décadas.
Elorrieta es muy crítico con el legado de Zapatero en su lucha contra la banda. “En 2004, el hacha [del anagrama] de ETA estaba herrumbrosa y la serpiente famélica. Más bien era un gusanillo. Siete años después, Zapatero revive una burra agónica para vendérnosla y les hace unos hombrecitos –subraya refiriéndose a los etarras–, cuando estaban a punto de entregar la cuchara”. A juicio de este socialista vasco, en la actualidad el hacha de ETA sigue estando herrumbrosa gracias a la labor de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. No así la serpiente, “que está gorda”, al haber pasado a controlar instituciones políticas como la alcaldía de San Sebastián o la Diputación de Guipúzcoa tras las elecciones de mayo.
“Hay unas enormes dificultades para una labor política cotidiana”, se queja a continuación Elorrieta, para quien la normalidad política en el País Vasco solo la ha generado ETA con el consentimiento del nacionalismo del PNV. “Y esa realidad sigue funcionando, por eso está gorda la serpiente”, remacha. Ahora, como dirigente de la Fundación para la Libertad, Elorrieta pide que la ley sea contundente ante la presión social que siguen ejerciendo Bildu y Amaiur. “No me quiero hacer amigo de nadie”, dice sobre los aberzales. “Ni recibir cariño ni afabilidad. Solamente pido respeto”, apostilla.
Tiempos convulsos.
En el barrio bilbaíno de Mirabilla lo que ha imperado durante mucho tiempo ha sido la indiferencia ante el fenómeno del terrorismo. Bien lo sabe Josu Puelles, ertzaina desde mediados de los noventa y que en junio de 2009 perdió a su hermano Eduardo, inspector de la Brigada de Información de la Policía Nacional y, como tal, responsable del seguimiento de los etarras. Aquel asesinato, el último en suelo español por parte de ETA, apenas cambió el día a día en esta zona de Bilbao y, por extensión, en el País Vasco.
“La mayoría de la gente procura pasar de refilón, pues la tónica general de la sociedad vasca es la equidistancia, el no mostrar si lo siente o no... eso sí que hace daño”, afirma Puelles con soltura pedagógica. La muerte de su hermano en Arrigorriaga, a varios centenares de metros de su casa, ha conllevado que este miembro de la policía autonómica vasca hable alto y claro desde entonces: “Me considero una persona mucho más involucrada y responsable con lo que está sucediendo. He conocido gente que me ha abierto horizontes de conocimiento y discursivos muy importantes. Para ello he tenido que pasar por este trance, pero la vida hay que afrontarla como te viene”, dice mirando al frente.
Una vez rotas las cadenas del silencio, Puelles advierte de que la sociedad vasca ha sido “cobarde” con el terrorismo, poniéndose “de perfil” en muchas ocasiones, si no “abiertamente condescendiente”. Como ejemplo recuerda la reacción ciudadana que hubo en el País Vasco tras el secuestro y muerte de Miguel Ángel Blanco, y que se difuminó “enseguida”.
Tras el cese definitivo de la lucha armada por parte de ETA, no cree que se haya abierto un nuevo escenario, aunque ve evidente que los amenazados van a vivir más aliviados. “No podemos caer ni siquiera en la tentación de creer que esto se ha acabado –hace hincapié-. Se avecinan tiempos bastantes convulsos a nivel político y social”. En su opinión, hay una carrera entre PNV y Bildu por ser la fuerza hegemónica del nacionalismo vasco y ambos, en la práctica, piden lo mismo: la independencia del territorio, la razón de ser de la banda desde sus orígenes.
“Lo que temo es que haya un intento artificial de separar ese proyecto político de lo que ha sido la actividad terrorista de ETA con el axioma de que como ahora no hay terrorismo se puede hablar y pedir de todo. Mientras ese proyecto político siga hacia delante no se habrá deslegitimado el uso del terrorismo”, explica Puelles, a quien le “exaspera” que los nacionalistas estén intentando ahora equiparar a las víctimas del terrorismo etarra con otras.
“Entiendo a las víctimas del GAL, a las del Batallón Vasco Español, pero no a aquellos que ligan a víctimas de presuntos abusos policiales, a familiares que han muerto en la carretera [cuando iban de visita a las cárceles] o a terroristas que murieron cuando transportaban explosivos. Los excesos policiales, si los ha habido, no tenían intencionalidad política”, subraya el ertzaina.
Además, advierte del efecto perverso que puede conllevar la reconciliación de la que habla el nacionalismo, una táctica que busca dulcificar los actos de ETA y, en último término, abonar el olvido. “La reconciliación, como la entienden ellos, es simétrica, es decir, que ambas partes se tienen que mover y reconocer hacia el mismo espacio, que debe quedar equidistante entre ambas partes. Sin embargo, la reconciliación es un acto individual, asimétrico, de constricción de uno mismo”, asegura un Puelles que exige al mundo aberzale el aprender a vivir en democracia. “La convivencia es respetar las normas básicas de comportamiento, no hermanarse, abrazarse y darse besos”. Justo aquellas cosas que ya no puede dar a su hermano Eduardo.



