Ellos también fueron refugiados
Son caras reconocibles de la sociedad española. Desarrollaron su carrera y dieron infinitas alegrías a los españoles. Han sido personajes relevantes de la cultura, el deporte o los medios de comunicación, pero un día se vieron obligados a huir de sus países. Esta es su historia
Ángel Cappa está vivo de milagro. Entre otras cosas, porque en 1976 decidió huir de la dictadura cívico-militar que ese año había acabado con las libertades en Argentina y perseguía sistemáticamente cualquier disidencia. No tenía mucha opción. Militaba en Peronismo de Base, organización de izquierdas especialmente golpeada por los militares. Muchos de sus miembros fueron desaparecidos y solo unos meses después del golpe apenas quedaba estructura.
A Cappa le salvó el fútbol. Le obligaron a parar en uno de tantos controles que se montaban para buscar disidentes. Si hubieran registrado el coche habría acabado detenido, pero uno de los militares le reconoció por sus años de volante central en el Olimpo: “Siga, Cappa, siga”. El susto ya no se le quitó nunca más. “Huyes porque sabes que corres peligro –explica a TIEMPO–, no abandonas tu casa y tus raíces por propia voluntad, te empujan a ello”.
El discurso del entrenador y escritor argentino recuerda al del adolescente sirio que hace unos días, con solo 13 años, explicaba a varios periodistas de televisión algo evidente. “No queremos ir a Europa. Siria necesita ayuda ya. Paren la guerra, solo hagan eso”. Como él, cientos de miles de sirios, pero también de iraquíes o afganos, buscan estos días en Europa una tabla de salvación huyendo de la guerra y el hambre que arrasa sus países. Tienen derecho. Las propias normas europeas avalan el derecho de asilo, pero solo sobre el papel. La avalancha ha superado cualquier expectativa y los países europeos siguen negociando con miles de vidas igual que se regatea el precio en un bazar. Mientras, miles de hombres, mujeres y niños esperan en las fronteras europeas después de dejar todo atrás.
Salvando las distancias, Cappa también tuvo que empezar casi de cero. Él no llegó a España como otros compatriotas que se dedicaban al fútbol, con un contrato firmado y la vida asegurada. Debían pasar muchos años aún para que se le reconociera como entrenador y acompañara a Jorge Valdano por los banquillos de media España. En 1976 era solo refugiado en un país extraño. Había salido del país casi sin dinero, con el único apoyo de algunos amigos que ya se habían establecido en España. “Como no teníamos dinero y pedían un depósito para tramitar la residencia, juntábamos lo que teníamos entre todos, pedíamos el recibo y lo movíamos a otro banco para pedir un nuevo recibo. Era otro momento. No había la presión migratoria actual y todo el mundo hacía la vista gorda”. Burocrática y social. Al llegar alquilaron entre varios un piso en Canillas, no tenía ni camas. “¿Y hoy cómo vamos a dormir?”, se preguntaron. Lo solucionaron los vecinos. En solo unas horas el piso estaba amueblado.
“Siempre ha habido gente que te dice que te vuelvas a tu país, pero ahora la presión es mucho mayor. Es necesario que alguien les explique que no vienes por voluntad o porque quieras vivir un poco mejor, vienes porque no tienes otra opción –se queja Cappa–. Los países desarrollados son cómplices de la guerra y el expolio, pero luego rechazan a sus víctimas”.
Durante años, la actriz argentina Cecilia Roth tuvo vergüenza de decir cuál era su país de origen, del que también salió en 1976, con 20 años, junto a su familia ante el temor de que la junta militar fuera a por su padre, Abrasha Rotenberg, periodista del diario La Opinión. Según ha contado la actriz en distintas entrevistas, la salida de su país supuso para ella uno de los grandes golpes en su vida, que evitó algo que podría haber sido mucho peor.“Yo agradezco a mis padres el exilio. Si no, no sé qué hubiera pasado”, ha declarado. Nada más llegar a Madrid, Roth conoció a Pedro Almodóvar, con el que empezó a trabajar, y en pocos años se convirtió en rostro reconocido de las pantallas españolas. En este universo cinematográfico patrio campa desde hace años Juan Diego Botto, que con solo 3 años llegó a España desde Argentina, donde la junta militar había hecho desaparecer a su padre, el también actor Diego Fernando Botto. Su madre, Cristina Rota, cargó con sus dos hijos y, embarazada de la tercera, emprendió camino hacia España, donde hoy es una reconocida maestra de actores en la escuela del mismo nombre que dirige y por la que han pasado Penélope Cruz, José Coronado o Raúl Arévalo. A pesar del éxito profesional, en una entrevista del año pasado, Rota aseguraba que la huella más imborrable de lo que le lanzó al exilio fue “la desaparición de Diego”, el padre de sus hijos. “Me obligó a replantearme muchas cosas, a adoptar una responsabilidad muy fuerte con respecto a la educación de mis hijos para que no fueran infelices, para que no prendiera en ellos el rencor, para que no aprendieran a odiar”.
Han pasado los años y la Argentina de hoy es otra distinta al país del que salieron en los años 70, pero tanto Roth como Rota y Botto no han dejado de reflexionar sobre el exilio. Por ejemplo, en el corto Caín y Abel que la primera protagonizó en 2010 sobre el nacimiento de las Madres de la Plaza de Mayo. También es un tema recurrente para Botto, que en 2013 trató la inmigración, el exilio y los desaparecidos en Argentina en la obra Un trozo invisible de este mundo y el libro Invisibles.
“El exilio es una vivencia que te marca”. Así de rotunda se muestra Mayra Gómez Kemp, que antes de hacerse archiconocida en España como la eterna presentadora del concurso Un, dos, tres también fue exiliada y vagó por varios países hasta llegar a España en un periplo que, con menos penuria, bebe de las mismas fuentes del trance por el que pasan estas semanas las miles de personas que huyen de la guerra en Siria. Gómez Kemp nació en La Habana en 1948 de unos padres que eran famosos artistas cubanos, descendientes de emigrantes gallegos y canarios que, antes de la revolución, ocupaban los puestos más privilegiados de la sociedad cubana. Todo cambió con la llegada de Fidel Castro. Su familia perdió todas sus propiedades, “la revolución cubana les dejó sin nada”, y junto a sus dos hijas se establecieron en Puerto Rico. Allí, Gómez Kemp sintió el desarraigo propio de los exiliados que no se resolvió volviendo a Cuba, sino en España, su siguiente parada, en los años 70. “Yo no encontré mi sitio hasta que vine a España”, cuenta a TIEMPO. Aquí pronto se convirtió en uno de los rostros más reconocidos y queridos de la televisión, unida a la memoria de toda una generación gracias a Un, dos, tres, que llegó a tener 25 millones de espectadores. Sin embargo, no olvida la experiencia del exilio. “Refugiado es todo el que tiene que huir de su país sin querer irse, por eso se me estruja el corazón, sobre todo por los niños, al ver que muchos están muriendo por la guerra o al intentar llegar a Europa –dice sobre la crisis de refugiados–. Solo quieren vivir, es tremendo cómo los Gobiernos europeos han mirado para otro lado durante cuatro años y ahora estas son las consecuencias. Vivimos en un mundo globalizado, no solo para usar Internet, y eso hay que asumirlo”, dice la presentadora, que apunta una diferencia: “Una cosa son los españoles y otra los Gobiernos, que a veces no tienen la sensibilidad de la gente de la calle”.
América Latina es el origen natural de muchos de los exiliados que llegaron a España, bien por compartir un idioma común o porque muchos son descendientes de españoles, lo que facilita la documentación.
Pero el exilio político viene también de África. Guinea Ecuatorial, antigua colonia española y desde la marcha de España en 1968 gobernada con mano de hierro por sucesivos presidentes, es el país de origen de la cantante Concha Buika, cuyo padre, el expolítico y escritor Juan Balboa Boneke, tomó la decisión de cambiar el entorno familiar por un humilde barrio de comunidad gitana en Palma de Mallorca. Allí se crió Buika, ganadora de un Grammy Latino y nominada en otras dos ocasiones y que hoy vive a caballo entre España y Estados Unidos.
También de Guinea Ecuatorial es el padre de la atleta española Aauri Bokesa, que con 26 años ha sido siete veces campeona de España de 400 metros y olímpica en Londres 2012. Sin embargo, además de atletismo, en casa también se habla de exilio y de política, en concreto de Guinea Ecuatorial. De allí huyó su padre en 1968, cuando tenía 22 años, después de que la dictadura de Francisco Macías Nguema empezara a detener a opositores, entre ellos varios familiares. Se fugó de Guinea y llegó a pie a Camerún, donde estuvo hasta seis días sin comer ni beber. Después le detuvieron por “inmigración clandestina” y pasó seis meses en una cárcel de Yaundée, hasta que la familia que ya tenía en España reunió dinero para pagar su viaje a la península. Fue un viaje penoso que duró casi un año, dice su hija. A su llegada es cuando verdaderamente empezó a hacer política, algo frecuente en la casa familiar de Bokeka, que destaca por sus marcas de atletismo.
El exilio está presente en casa “como ocurre con la mayoría de los niños de padres inmigrantes o exiliados”, dice. También es común algo que ella ve en su progenitor y que hoy nos recuerdan tantos de los que llegan a Europa desde Siria, que ellos lo que quieren es que termine la guerra en su país para poder vivir allí en paz. “Mi padre quiere volver, está claro. De hecho, por eso lucha, porque la situación en Guinea cambie y porque nuestra etnia (bubi) pueda vivir a gusto en su país. Yo creo que los que salen de su país huyendo de algo quieren volver, a nadie le gusta huir de su país de origen”, dice la atleta.
Como ahora intentan hacer miles de sirios, el artista Nils Burwitz terminó llegando a España desde el Este, como refugiado por partida doble. Su éxodo particular empezó en 1945, cuando su madre huyó con él y su hermano de Alemania Oriental cuando la ocuparon los rusos. Al cabo de algunos años, la familia se instaló en Sudáfrica, donde conoció a su mujer, Marina, también de familia de refugiados. Con los años, empezaron a pelear contra las desigualdades en Sudáfrica y algunas de las obras de Burwitz se convirtieron en iconos contra el Apartheid. Su segundo exilio, en España, también fue político, pero voluntario. En 1976, la pareja se estableció en Mallorca y allí Burwitz se consolidó como una referencia del arte en las islas. Ha sido premio Ciutat de Palma y ha recibido numerosos reconocimientos internacionales, que conviven con la “cicatriz” del exilio, a pesar de que la suya es una historia de integración. Cuando llegaron a la isla “no había tantos extranjeros. Era más fácil entrar en la vida cotidiana. Nuestros hijos son completamente españoles, pero siempre conservarán la cicatriz que heredaron de sus padres. Ser un refugiado es algo que se queda en tus huesos, en tu ADN”, cuenta a TIEMPO. No en vano, buena parte de su trabajo refleja el desamparo de quienes tienen que abandonar su hogar. “Creces sin raíces, sin país, ni patria”, explica Marina. “La televisión muestra mareas llamando a las puertas de Europa, pero son personas y tienen mucho que aportar”, recuerda. La pareja se queda con esa parte positiva. Ninguno olvidará cómo fueron acogidos y aún hoy siguen agradecidos: “Es imprescindible reconocerlo y respetar el país donde te han abierto las puertas”.
Parafraseando a la ONU, estos son algunos de los “refugiados ilustres” en España. Todos temieron por su vida y decidieron abandonar su país para emprender un camino, el del exilio, que marca para toda la vida. La ONU también hace una lista de los “refugiados que marcaron la diferencia” en el mundo. Algunos de los que recibió España también destacaron en distintas disciplinas. Quién sabe si también ocurrirá con los hombres y mujeres, niños y jóvenes sirios que estos días intentan encontrar un sitio en un país distinto
CASAS, AYUNTAMIENTOS E IGLESIAS ABIERTAS
Mientras la UE debate cómo capear la crisis de los refugiados y cómo repartirse –a regañadientes– su acogida, personas anónimas, políticos a título individual, celebrities y hasta el Papa se han puesto manos a la obra.
En Finlandia, el primer ministro, Juha Sipila, ha ofrecido su casa de campo en el norte del país para acoger a varios refugiados a partir del año que viene. Según explicó, no suele frecuentar esta propiedad y le pareció un buen ejemplo de la acogida voluntaria que deberían dispensar los europeos a quienes huyen de la guerra en Siria. El presidente del Banco Central, Erkki Liikanen, donará su sueldo neto de un mes –unos 10.000 euros– a la Cruz Roja para ayudar a los refugiados que lleguen a Finlandia.
El papa Francisco ha pedido a través de su cuenta de Twitter que cada parroquia y comunidad religiosa acoja a una familia de refugiados, un drama que está tocando la médula sensible a personas con una situación muy lejana de la de las personas que estos días huyen de Siria. El millonario egipcio Naguib Sawiris, décima fortuna de África, se ha ofrecido para comprar una isla en el Mediterráneo. “Que Grecia o Italia me vendan una isla. Proclamaré su independencia. Hospedaré a los inmigrantes y les proporcionaré empleo para construir un nuevo país”, pidió en Twitter. En España, Cayetano Martínez de Irujo, uno de los hijos de la duquesa de Alba, sorprendió al confesar que desde hace un año y medio tiene acogidas en su finca de Carmona a dos familias sirias.
El Gobierno de Islandia recibió una simbólica reprimenda por parte de sus ciudadanos cuando anunció que daría refugio a 50 inmigrantes. Como reacción, 14.000 hogares islandeses –de una población total de 330.000– ofrecieron sus casas a través de Facebook. Páginas similares han aparecido en distintas ciudades españolas, donde ciudadanos se están organizando ante eventuales acogidas. Ayuntamientos como los de Barcelona, Madrid, Valencia, Zaragoza, Cádiz, Gerona, Badalona o La Coruña forman parte de la red de ciudades-refugio y también se organizarán para recibir a quienes huyen de Siria.



