Elena Salgado, la mujer que cambió a Zapatero
Elena Salgado, que inició su mandato ante la indiferencia de muchos analistas, pilota ahora la fiebre reformista del presidente del Gobierno, al que ha aprendido a convencer de que los ritmos económicos son diferentes a los políticos.
El despacho de la vicepresidenta económica del Gobierno, Elena Salgado, está muy en el centro, de Madrid, a escasos 300 metros del famoso reloj de la Puerta del Sol. A lo largo de los últimos 16 años, y aparte de ella, sólo otras dos personas lo han ocupado: Rodrigo Rato, como vicepresidente de Aznar, y Pedro Solbes, como vicepresidente de Rodríguez Zapatero. Si se amplía el plazo a 30 años, desde 1982 sólo cinco personas han ocupado el puesto: los mencionados Solbes, Rato y Salgado, además de Miguel Boyer y Carlos Solchaga. Y es que los ministros de Economía son históricamente los que menos cambian. Cuando Elena Salgado llegó a ese viejo edificio histórico de Madrid con su cartera de vicepresidenta lo hacía para sustituir a Pedro Solbes, quien había manifestado públicamente sus discrepancias con Rodríguez Zapatero. El presidente había pasado meses negando la existencia de una profunda crisis y muchos vieron en el nombramiento de Salgado una maniobra de La Moncloa para que el Ministerio de Economía fuera un mero brazo ejecutor de la política que emanaba de Presidencia. Esta ingeniera y economista, que antes ha pasado por los ministerios de Administraciones Públicas y Sanidad, aparte de trabajar 14 horas diarias, se niega en redondo a aceptar que Zapatero no tuviera claro, hace mucho, lo que había que hacer. “Sólo hay que ver lo que dijo en diciembre de 2009 sobre el plan de economía sostenible. Ahí está todo”, dice. Pero aquel conjunto de grandes deseos y de reformas aquí y allá, cuyos últimos coletazos aún dan vueltas por el Parlamento, han dado paso en los últimos meses a una frenética actividad reformista del Gobierno, cuyo epicentro es, precisamente, el despacho de Elena Salgado.
¿Cuánto ha tenido que ver en esta transformación del propio presidente del Gobierno?
Corría el mes de marzo de 2010 cuando los mercados iniciaron sus ataques contra la deuda española. Fue entonces cuando el presidente Rodríguez Zapatero cambió de rumbo (ver Tiempo, número 1.444). En aquellos días el presidente ya no podía dominarlo todo desde su atalaya del palacio de la Moncloa con sólo llamar por el móvil a sus incondicionales. Habló con algunos que no se esperaban la llamada, como Felipe González o el propio Pedro Solbes, pero sobre todo escuchó con atención a su vicepresidenta económica, Elena Salgado, y a su secretario de Estado de Economía, José Manuel Campa.
Salir fuera.
De aquellas conversaciones salió una nueva forma de manejar este Ministerio. Ser responsables de las cuentas públicas de España ya no era suficiente. Había que seguir haciendo lo de siempre, pero además era necesario salir fuera. Los ataques a España eran de tal intensidad que hacían necesario un cambio drástico de ritmo. La propia Salgado reconoce que aunque las reformas estaban en el calendario, la crisis propiciada por la presión de los mercados hacia España provocó un acelerón importante que se inició en mayo de 2010, cuando Rodríguez Zapatero anunció las primeras medidas de choque: bajada del sueldo a funcionarios, congelación de las pensiones en 2011 y reformas urgentes del mercado laboral, pensiones y sector financiero.
Elena Salgado ha estado presente en todas, pero no se siente protagonista, o al menos eso dice. Habla con una mezcla de cariño y respeto de su equipo de colaboradores (el secretario de Estado, el director general de macroeconomía, el de análisis macroeconómicos) y todo porque en todas y cada una de las medidas que ha anunciado el presidente del Gobierno, el Ministerio de Economía ha tenido que calcular las cifras.
En la más reciente, la de las pensiones, en la que han intervenido dos vicepresidentes, ella misma y Alfredo Pérez Rubal-caba, se resiste también a arrogarse un papel que no fuera el meramente técnico. “A mí, junto al secretario de Estado de la Seguridad Social, que también tiene los datos, me ha tocado el papel de hacer las cuentas –dice–, pero afortunadamente en los sindicatos también hay personas que saben hacer las cuentas muy bien”. Esa especie de obsesión por no ser protagonista añade un punto más de curiosidad en la relación que mantiene con Rodríguez Zapatero.
“Muy buena”, dice ella. “De total colaboración y con muchas horas de trabajo juntos y largas conversaciones de ambos”, añaden algunos colaboradores de la vicepresidenta. Y es que desde aquel marzo de 2010, Elena Salgado ha dirigido la máquina del Ministerio con dos metas fundamentales: que España salga de la crisis y poder vender fuera que lo que se está haciendo es lo correcto. Una de las cosas que ha institucionalizado, por ejemplo, es la convocatoria periódica de grandes inversores internacionales a los que desde la Dirección General del Tesoro se les presenta un plan siempre titulado igual Fiscal adjustment and structural rebalancing in Spain, versión inglesa de lo que en español sería Ajuste fiscal y reformas estructurales en España. Debajo del título sólo cambia la fecha. Por dentro, los contenidos se actualizan. El último lleva fecha de enero de 2011, tiene 53 páginas y en él se reafirma el compromiso de cumplir el recorte de déficit público y se habla largo y tendido del ajuste del sector inmobiliario.
Otra de las cosas que ha institucionalizado Elena Salgado es la salida periódica de España de su secretario de Estado de Economía, José Manuel Campa, para explicar en foros internacionales, públicos y privados, la marcha de la economía española. La vicepresidenta es una auténtica forofa de la transparencia. Siempre que puede repite que enseñar las cifras reales convence más a los inversores y a los mercados que cien discursos de buenas intenciones. Y en eso está completamente de acuerdo con el gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, con quien también ha trabajado muchas horas en los últimos meses.
Vecinos y ¿amigos?
Curiosamente, el Banco de España no dista mucho del Ministerio de Economía, apenas dos estaciones de metro, y también se encuentra en la parte antigua de la madrileña calle de Alcalá, aunque eso sí, en la acera contraria. Salgado tiene su despacho en el número 5 y Fernández Ordóñez justo encima del número 48. Pero esta cercanía física no siempre ha sido paralela a una proximidad de ideas. El gobernador siempre ha abogado por reformas concentradas y rápidas que mantuvieran fuera del mercado a los especuladores. Los plazos políticos no siempre han coincidido y, por tanto, los ritmos han propiciado más de un roce.
Es más, el propio presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha tratado de mantener lejos al gobernador del Banco de España, al que ha llegado a acusar en algunos de los momentos más difíciles de hacer política desde un despacho que no fue inventado para eso. Y aquí también ha tenido un importante papel Elena Salgado.
Muchos han sido, incluyendo socialistas ilustres como Luis Solana, entre otros, los que han intentado que Zapatero hiciera más caso al gobernador del Banco de España. El presidente no lo ha tenido claro nunca, porque desde el despacho de Alcalá, 48 las cosas se ven sin perspectiva política, sólo con datos técnicos y con plazos propios de los mercados de capitales. El empujón final también lo ha dado la vicepresidenta económica del Gobierno, que hace muy pocas semanas comparecía públicamente, junto a su siempre fiel José Manuel Campa, para anunciar que la reforma del sistema financiero tiene plazos.
Para no pocos expertos en esto de los mercados financieros el plazo parece excesivo. Septiembre, que es la fecha límite para que las cajas de ahorros hayan decidido qué va a ser de sus vidas, parece muy lejano. Salgado mantiene que no. Argumenta que las cuentas se van a hacer con las cifras de las entidades a 31 de diciembre pasado, por lo que no hay motivos para la alarma, ya que esos números son inamovibles. Pero, lo que es más importante, esto también le habría parecido excesivamente rápido al presidente Rodríguez Zapatero hace pocos meses.
Durante este tiempo Elena Salgado ha dedicado algo más que algún ratito suelto a explicar al presidente del Gobierno que en el sistema financiero las cosas están muy unidas y los ritmos son muy rápidos. Los mercados internacionales, en los que la vicepresidenta reconoce que “a veces es difícil explicar lo que son las cajas de ahorros, sobre todo en países en las que no las tienen ni las han tenido”, quienes tienen en su mano la posibilidad de invertir o especular, juegan precisamente con la falta de referentes para entender cómo funciona el sistema financiero español.Si hay dudas los especuladores se lanzan en tromba, y para los bancos y cajas españoles es más difícil funcionar con normalidad. Aproximadamente entre un 20% y un 25% del dinero que prestan proviene de dinero que ellos mismos han pedido fuera de España, y cuando hay que devolverlo y pedir más, les piden un precio más caro. Eso incide también en la deuda de España, que cuando tiene que vender letras o bonos para pagar a quienes invirtieron hace meses o años, también tiene que pagar más.
Menos crédito.
En el caso de los bancos y cajas, cuanto más caro les resulte obtener dinero, menos créditos darán, porque si ya nadie pide un préstamo, cuando el banco quiere recuperar lo que pagó, los intereses suben, y nadie quiere ahora entramparse con tipos de interés altos. Para el Estado, cuanto más cara está la deuda, más dinero se va de las arcas de Hacienda al extranjero para pagar intereses. Es un ahorro de los españoles que se va fuera en lugar de quedarse dentro para poder aplicarse a inversiones y creación de empleo.
De ahí la insistencia del Banco de España en la necesidad de acelerar los ritmos. Y de ahí que Elena Salgado haya dedicado tiempo para que el presidente decidiese entrar en la última gran reforma pendiente: la del sistema financiero. La vicepresidenta dice que no puede gastar ni un minuto en pensar quién será el candidato para las elecciones generales. “El mío es Rodríguez Zapatero”, añade en tono firme. Sobre el resultado, también lo tiene claro: “Espero que sea un Gobierno socialista el que acabe con la crisis”.
Que se cumplan sus deseos depende de lo que quieran los españoles cuando sean convocados a votar. Pero de momento ha logrado entablar una especie de complicidad entre las peticiones de los mercados, las exigencias de Europa, los deseos del Banco de España y el nuevo ritmo que ha asumido el presidente del Gobierno.



