El “sonido de la vida” en las Fuerzas Armadas
Un sanitario militar con casi cinco años de misiones en el exterior relata las evacuaciones más delicadas
Dentro del Ejército, a los sanitarios que rescatan heridos en las operaciones más delicadas se les llama cariñosamente “el sonido de la vida”. “Cuando llegamos, lo primero que oyen es el sonido del helicóptero y que les vamos a sacar allí”, cuenta a TIEMPO el cabo primero Joaquín Francés (Alcoy, 1972), quien acaba de superar los 1.500 días en misiones en el exterior, lo que equivale a casi cinco años, una cifra récord dentro de las Fuerzas Armadas españolas.
Este oficial se encuentra ahora destinado en Gabón, dentro de la misión española de apoyo a Francia en República Centroafricana. Es la número 25 de una extensa carrera en la que se ha comido “todo lo malo”, pues cada misión suele tener experiencias desagradables. La primera para él fue en febrero de 2002, cuando llegó a Bagram (Afganistán) dentro de la avanzadilla militar que España envió al país asiático tras los atentados del 11-S para ayudar a EEUU en tareas sanitarias durante la invasión. A los pocos días tuvo su bautismo de fuego, cuando un francotirador talibán penetró en la base militar a tiro limpio.
Desde entonces, el cabo Francés ha vivido algunos de los momentos más dolorosos para España, como el atentado en Irak contra los siete agentes del CNI, el accidente del helicóptero Cougar en Afganistán o la muerte de la soldado Idoia Rodríguez –la primera militar española fallecida en zona de operaciones– después de que el vehículo BMR que conducía pisase una mina. También estuvo en Indonesia atendiendo a heridos del tsunami que devastó el Sudeste asiático en 2004 y, más recientemente, en Liberia, para la evacuación del religioso con ébola Miguel Pajares.
Lanzar euros. La operación fue novedosa para él porque llegó a una zona de pandemia, en la que había que trabajar con las escafandras de color naranja que le aíslan de un entorno NBQ (nuclear, bacteriológico o químico). Francés resopla al recordar la repatriación. “Fue muy duro. Cuando llegamos al aeropuerto de Monrovia no teníamos una ambulancia para ir a por él a 40 kilómetros. Había gente contagiada que quería salir del país como fuera y nos advirtieron del peligro. Decidimos coger billetes de euros y tirarlos por las ventanillas si se acercaban a nuestro vehículo, para así aprovechar el momento de confusión y largarnos”.
No fue necesario llegar a ese extremo. Luego, él fue el primero en atender a Pajares, quien dos días antes había hablado de su enfermedad en una radio española. “Pensé que estaría consciente, pero me lo encontré tumbado en la cama, de-sorientado, con relajación de esfínteres. Al no tener una ambulancia ni equipos preparados, tuvimos que ponerle el traje naranja de seguridad. A mí me tocó desnudarle y sujetarle para que otro compañero pudiera enfundarle el traje”.
El contacto entre el equipo sanitario y el sacerdote con ébola fue “directísimo”, mucho más de lo que seguramente estuvo la enfermera Teresa Romero con Manuel García Viejo, el otro misionero infectado por ébola, en el hospital Carlos III. Además, su trabajo en Liberia se vio dificultado por el enorme calor. “Fueron muchas horas con el traje puesto. Mi móvil murió por los sudores. Fue como si lo hubiera metido en agua, y tuve que renovar el pasaporte y otros documentos porque estaban empapados”, recuerda de aquellas horas en el epicentro del ébola. “Fue un momento muy difícil. Estuve una semana muy pendiente de si tenía fiebre, pero al final sobrevivimos”.


