El PSM cose sus heridas tras 35 años de puñaladas
Juan Segovia apoyará a la nueva secretaria general, Sara Hernández, tras su victoria en las primarias madrileñas.
Cuando en febrero, a unos meses de la elecciones municipales, Ferraz decidió acabar unilateralmente con la carrera de Tomás Gómez al frente del PSM, nadie se sorprendió más de lo meramente imprescindible. Zapatero ya lo había intentado en 2010 y Rubalcaba en 2012, ambos con las urnas de por medio. Y fallaron. Era, además, la enésima vez que Ferraz se tenía que inmiscuir en el devenir de la antigua Federación Socialista Madrileña, un avispero que lleva 35 años perdida entre luchas intestinas. “En todas las federaciones hay críticos”, explica un dirigente socialista, “pero en el PSM hay críticos de los críticos y críticos de los críticos de los críticos y todos enfrentados a quien dirija el partido”. Hasta ahora, dicen.
“Integración y unidad”. El Congreso celebrado a finales de julio en el PSM cierra (por el momento) la guerra fraticida madrileña. Juan Segovia, el único candidato alternativo a la propuesta por Ferraz, fue el primero en levantar la mano de la ganadora, Sara Hernández, cuando se conocieron los resultados. Por si el símbolo no era suficiente, la nueva secretaria general lo quiso poner negro sobre blanco e invitó a los miembros de la candidatura rival a integrar la ejecutiva del partido. “Integridad y unidad”, subrayó Hernandez. “Integridad y unidad”, repetía un día más tarde César Luena, el dueño de las llaves del aparato socialista. No es una coincidencia. Ferraz quiere cerrar de una vez por todas las heridas que descosen al partido en Madrid, una plaza fundamental históricamente para ganar las elecciones generales.
La voluntad es compartida. Al contrario de lo que ocurrió en otras ocasiones en el partido, cuando el derrotado se parapetaba esperando, cuchillo en mano, la ocasión para volver a la pelea, Juan Segovia anunció poco después de su derrota que apoyará a la secretaria general para tratar de resucitar el partido. Si las cosas no se tuercen, el PSM podrá vivir por primera vez en paz desde hace 35 años, incluso desde más atrás si nos remontamos a antes de la dictadura.
En 1979, poco después de estrenarse la democracia, el PSM tuvo una de sus crisis más importantes. Entonces, el secretario general, Alonso Puerta, denunció a sus compañeros de agrupación y de Gobierno por adjudicar ilegalmente contratos municipales. El escándalo, lejos de centrarse en la corrupción, se resolvió con la expulsión del dirigente que tuvo que concluir su carrera política en Izquierda Unida. A Puerta le sustituyó al frente del partido en 1981 Joaquín Leguina, que aguantó once años, el secretario general más longevo de la federación. No fueron fáciles. De aquella época provienen las familias madrileñas: los renovadores-leguinistas y los acostistas-guerristas. Las puñaladas iban y venían sin parar.
Leguina lo resolvió instaurando la “mesa camilla” en la que se sentaba junto a José Acosta y el alcalde de Madrid, Juan Barranco, a decidir el futuro del partido regional. Faltaban aún por llegar los renovadores por la base, dirigidos por José Luis Balbás y que tuvieron tan amargo papel en el Tamayazo de 2003.
Y eso que aún se mantenía el poder. En los noventa, con la pérdida de la alcaldía y la comunidad, el PSM entró en proceso de descomposición. En poco más de diez años pasaron por la secretaría general Teófilo Serrano, Jaime Lissavetzky y Rafael Simancas, todos con resultados desastrosos. La dimisión del último en 2007 acabó en una gestora presidida por Cristina Narbona. Entonces fue cuando apareció Tomás Gómez como una solución que nunca terminó de cuajar electoralmente y que desembocó en una segunda gestora. Hay pocas cosas que animen tanto a los críticos como las derrotas en las urnas.
Y esta vez no va a ser menos. Ferraz necesita paz en el PSM al menos hasta las generales, pero si no mejoran, es probable que vuelvan a sonar tambores de guerra. Tras las elecciones hay previsto un congreso ordinario. Puede ser el de la ansiada unidad o, de nuevo, el de la guerra.


