El nuevo mapa que planea Mas
Las divergencias internas en su propio partido y la posición radical de la CUP han forzado a Artur Mas a replantearse seriamente el mapa político catalán para los próximos meses con nuevas elecciones y alianzas
La disidencia dentro del partido de Artur Mas, Convergència Democràtica de Catalunya (CDC), empuja a esta formación política a replantearse seriamente su espacio futuro. La repetición de las elecciones autonómicas ha dejado de ser ya una velada amenaza para convertirse en una estrategia para mantener su propio espacio vital y no ser engullida por el resto de fuerzas independentistas.
La concurrencia a las últimas autonómicas de las dos mayores formaciones políticas catalanas, CDC y Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), revueltas en una misma lista con la Asamblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural dentro de la coalición Junts pel Sí (JxS) ha provocado un desplazamiento ideológico sin precedentes en el partido de Mas, que ha pasado del autonomismo transversal a un irredento independentismo para lograr el apoyo de la formación antisistema Candidatura de Unidad Popular (CUP) y poder formar Gobierno en la Generalitat presidido por el propio Mas. Pero esto ha saltado por los aires.
Por separado. De hecho, para las próximas elecciones generales del 20 de diciembre, CDC y Esquerra se van a presentar por separado. La segunda, con su nombre tradicional, mientras que la primera lo hará bajo la denominación de Democràcia i Llibertat, con una lista encabezada por Francesc Homs, un político que ha sido estrecho colaborador de Mas y que hace pocos días decía que los resultados de las últimas autonómicas no han otorgado a los independentistas la fuerza suficiente para culminar la separación de España.
La CUP, que no concurrirá a las generales del 20 de diciembre porque considera que estos comicios son de “un país extranjero”, siguen en sus trece de boicotear la investidura de Artur Mas como presidente de la Generalitat. “Desde CDC estábamos dispuestos a hacer renuncias importantes y a asumir planteamientos de la CUP que nuestro partido, por sí solo, no hubiera hecho nunca, pero hemos llegado al límite. No podemos ceder más”, dice a TIEMPO un miembro de la cúpula de Convergència.
¿Cuál es la solución? Desde dentro del partido se reconoce ya como posibilidad real la consolidación de otro mapa político que pasaría por convocar nuevas elecciones autonómicas, moderar el mensaje y buscar nuevos futuros aliados.
Las últimas ofertas de Mas a los radicales fueron la aceptación de una presidencia “recortada”, encajonada entre tres vicepresidencias y el compromiso de someterse a una moción de confianza en el plazo de diez meses y, en el caso de no superarla, dimitir. Pero, hasta ahora, el mandato que tiene la CUP es que sus diputados no voten la investidura de Mas. “El problema es que no solo se trata de Artur Mas, sino que la negativa se extiende a cualquier dirigente de Convergència, porque es un partido salpicado por la corrupción”, argumenta a TIEMPO un dirigente cupero. No es para menos: CDC tiene a su expresidente de honor, Jordi Pujol, imputado junto a toda su familia; a un extesorero, Daniel Osàcar, imputado en el escándalo del Palau de la Música; a este último y al tesorero actual, Albert Viloca, imputados en el caso 3%, por el que también han sido registradas las sedes del partido y de su fundación; y 15 sedes embargadas por el caso Palau. Todo ello, por actuaciones mientras Mas era presidente o secretario general de la formación. Por lo tanto, según la CUP, “está inhabilitado para ser presidente de la Generalitat”.
Tensiones. De nada han valido las renuncias de CDC a sus principios: Artur Mas aceptaba revertir algunas de las privatizaciones que llevó a cabo en los últimos años desde la Generalitat, estaba dispuesto a saltarse a la torera las leyes españolas y las sentencias del Tribunal Constitucional para contentar a la CUP y se preparaba para aplicar un “plan de choque social” propuesto por los radicales.
Esas renuncias crearon fuertes tensiones en CDC, especialmente en el equipo económico, encabezado por el consejero de Economía, Andreu Mas-Colell, que ha visto con preocupación cómo sus consejos eran directamente lanzados a la papelera por Mas para contentar a la CUP. Otro peso pesado del partido, Antoni Fernández Teixidó, exconsejero de Comercio, Industria, Trabajo y Consumo y exresponsable del área económica de CiU, también dimitió de todos sus cargos orgánicos en Convergència debido a la “deriva de las negociaciones” con la CUP y a sus “inaceptables condiciones”.
En la cúpula de CDC admiten que su partido “tiene su componente principal de electorado en la clase media, que es gente de orden”, pero tampoco están dispuestos a deshacerse de Artur Mas. “Es nuestro principal activo y no vamos a renunciar a él. Nos presentamos a las elecciones diciendo que él sería nuestro candidato y nos votaron más de 1.600.000 ciudadanos, lo que es más que suficiente como para tenerlo en cuenta. Por tanto, renunciar a hacer presidente a Artur Mas es acabar el proceso”, argumentan en CDC. Se abre, pues, una etapa nueva donde Convergència espera tener su propio espacio y en el que no quiere estar hipotecada por los independentistas radicales.
ELECTORADO POLÍTICAMENTE HUÉRFANO
La desaparición de la histórica coalición Convergència i Unió (CiU) dejó a un segmento del electorado catalán huérfano, políticamente hablando. Y eso pone ahora en entredicho la tradicional hegemonía de los convergentes. Las siglas de Convergència ni siquiera son ya una garantía de éxito y de ahí que se presente bajo las siglas de Democràcia i Llibertat en las elecciones del 20 de diciembre. La estrategia de algunos de sus dirigentes pasa ahora por buscar compañeros de viaje no radicales y ofrecer “diálogo, negociación y acuerdos”, dentro de la legalidad, del euro y de las instituciones europeas.


