El gran dilema de Pedro Sánchez

23 / 12 / 2015 Clara Pinar
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Abstenerse en la investidura de un candidato del PP, buscar un frente de izquierdas que pudiera hacerle presidente o provocar un adelanto electoral. Todas las opciones están en la mano del líder del PSOE, que se juega la supervivencia de su partido y la suya propia como secretario general en la gestión que haga de los inciertos resultados del 20-D

Todas las miradas se dirigen a Pedro Sánchez. En un solo fin de semana, el que medió entre el cierre de campaña el viernes y el término del escrutinio de las elecciones el domingo, el secretario general del PSOE y candidato de los socialistas a la presidencia del Gobierno pasó de ser víctima propiciatoria de los dos nuevos partidos, Podemos y Ciudadanos, a ser la llave de la gobernabilidad en España, que el 20-D quedó mucho más tocada que el bipartidismo. Pedro Sánchez ni ha ganado las elecciones, como Mariano Rajoy, ni ha protagonizado la entrada más fuerte en el Congreso nunca vista, como Pablo Iglesias. De hecho, con él el PSOE ha dado un paso más en su penoso récord de resultados adversos: sus 90 diputados de 2015 son aún peores a los peores conocidos hasta ahora, los 110 de las elecciones de 2011.

Sin embargo, en su mano está gestionar los resultados del 20-D, los más inciertos de la democracia, con tres partidos principales: PP (123 escaños), PSOE (90) y Podemos (69), otro a la zaga, Ciudadanos (40) y un reguero de formaciones con un número de escaños que va desde nueve a solo uno. No es que salga mal, es que la suma no sale ni para el acuerdo más natural en el centro derecha, entre PP y Ciudadanos, ni en la izquierda, donde a las dificultades para sumar 176 escaños a favor o evitar que haya 176 en contra se suman diferencias programáticas, particularmente en torno a Cataluña, que, de momento, parecen imposibles de salvar. En el centro del huracán está Pedro Sánchez. Maltratado por sus adversarios y los medios de comunicación durante la campaña electoral, según su entorno, la caprichosa aritmética electoral ha hecho que ahora sea el único político que puede tomar decisiones en los tres posibles escenarios que se avistan en los próximos meses: permitir la investidura de un candidato del PP; buscar y liderar un bloque de partidos de izquierda, o dejar caer la aún no nacida legislatura y forzar nuevas elecciones.

Su decisión estará condicionada por el deseo de que España tenga un Gobierno pero también por su propio instinto de supervivencia dentro del PSOE. Antes del 20-D, era general la sensación de que un fracaso le descabalgaría de la cabeza del partido. La posición privilegiada en la que le dejan sus 90 escaños le mantendrá al menos hasta que terminen las negociaciones de investidura.

No en vano, una de las primeras cosas que Sánchez acordó con su equipo en la dirección del PSOE el mismo 21 de diciembre fue asegurar que nadie podrá disputarle el mando en el partido hasta después de “la sesión o sesiones de investidura”, como se cuidó mucho de recalcar en varias ocasiones a lo largo de una rueda de prensa su secretario de Organización y número 2, César Luena. Aunque tocaba en febrero, el PSOE no celebrará su congreso federal hasta no terminar con el trámite parlamentario y, por si había dudas, Sánchez tiene intención de ser reelegido líder de los socialistas.

Así pues, todo apunta a que se enfrentará solo –y con más barones en contra que su díscola tradicional, Susana Díaz– a dos peligros: el desgaste que puede acusar el PSOE en las próximas elecciones si gracias a él el PP puede seguir gobernando cuatro años más y la desintegración interna que podría ocurrir dentro del partido si, para llegar a un acuerdo amplio con partidos de izquierda, Sánchez sobrepasa una de sus líneas rojas y accede a celebrar un referéndum en Cataluña.

En las próximas semanas, a Sánchez no le sobrarán presiones desde otros partidos y desde el suyo propio, como las que empezó a escuchar nada más cerrarse las urnas. “Responsabilidad” es la petición de moda que hacen todos los adversarios al líder socialista. Dejando a un lado lo que pueda pasar más adelante, Sánchez empieza con la intención de seguir el procedimiento y no saltarse ningún paso. Como mandan los cánones, reconoce que es Mariano Rajoy quien ha ganado las elecciones y el primero a quien corresponde presentarse a una votación en el Congreso para ser investido presidente. Al menos, en primer lugar, recalcan en su entorno. Esta sería la primera de las soluciones posibles para una investidura: al PP, con 123 diputados, le bastaría con que los 40 de Ciudadanos y los 90 del PSOE se abstuvieran. No tendría mayoría absoluta pero sí simple, porque no habría más de 123 noes en su contra.

Aquí, las presiones a Sánchez vienen desde el PP, pasando por Ciudadanos, hasta llegar a voces dentro del PSOE que ven como mal menor que Sánchez se conforme con ser líder de la oposición. El PP tiene la intención de ponerse en contacto con él para que no se oponga a su investidura y Albert Rivera, líder de Ciudadanos, ha asegurado su abstención y emplaza al PSOE a hacer lo mismo. Desde dentro de su partido, el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, madrugó el 21 de diciembre para asegurar que la prioridad era dejar gobernar a Rajoy. “Nosotros no vamos a buscar pactos complejos ni pastiches de ningún tipo; lo que vamos a intentar es que Rajoy intente formar Gobierno”, y añadió que la salida de Sánchez es liderar la oposición. No es el único barón que opina así, frente a la esperanza que manifestaba en la misma noche electoral en el entorno de Sánchez de que aún era posible verle como presidente. Guardar el statu quo podría mantener a Sánchez a la cabeza de la oposición, pero seguramente no a la del PSOE en el congreso federal de la primavera.

Frente a la opinión de su barón castellanomanchego, Sánchez se niega a la abstención. “El PSOE le va a votar ‘no’ a Rajoy”, en palabras de Luena. Con este “no” y la abstención que de momento promete Ciudadanos, a Rajoy no le saldrían las cuentas para ser investido presidente.

Lo que no está tan claro es cuál sería la directriz del secretario general si el candidato del PP fuera otra persona, una idea que parece estar abriéndose paso también en el PP. Su barón extremeño, José Antonio Monago, dijo que, como el resto, tampoco Rajoy es “imprescindible”. Desde la noche electoral, Sánchez y su entorno se han cuidado mucho de negarle el pan y la sal a Rajoy, pero a la pregunta de si podrían abstenerse en la votación de un candidato del PP que no fuera el presidente en funciones, el PSOE no quiere entrar en situaciones hipotéticas.

Superada la posibilidad de que Rajoy consiga ser presidente, el PSOE trabaja con la posibilidad de que la del popular no sea la única votación de investidura. El equipo de Sánchez no quiere revelar más por el momento, sabedor de que un pacto con formaciones a la izquierda levanta tantas o más ampollas dentro del partido que permitir que Rajoy siga en La Moncloa.

En el PSOE andaluz, dirigido por la acechante Susana Díaz, que consiguió en su comunidad los mejores resultados del PSOE, creen que pactar con Podemos “podría ser la muerte del partido”. Dejando a un lado las desavenencias personales al sur de Despeñaperros entre las lideresas del PSOE y de Podemos, el punto principal de preocupación entre los socialistas son las exigencias de Iglesias para celebrar un referéndum de independencia en Cataluña que rechazan en bloque los socialistas, empezando por los catalanes de Carme Chacón.

Aquí la combinación sería complicada, pero no imposible. Los 90 escaños del PSOE y los 69 de Podemos sumarían 159. Contando con el voto en contra del PP y el de Ciudadanos –dispuesto a abstenerse solo para que gobierne la lista más votada y totalmente en contra de dar su apoyo a Podemos y su proyecto separatista–, PSOE y Podemos necesitarían rascar cinco escaños más para neutralizar 163 votos en contra del PP y Ciudadanos y conseguir, si no el apoyo, al menos la abstención de los 13 diputados restantes. Entre los posibles diputados amigos en este caso figurarían los dos de Unidad Popular-IU y uno de Coalición Canaria. Quizá también los seis del PNV, harto del inmovilismo de Rajoy en los últimos cuatro años con respecto al final de ETA. A partir de ahí, Sánchez entraría en terreno muy movedizo si quisiera contar para ser investido con los dos votos de Bildu o los seis de ERC.

Sabedor de las presiones internas que ya le rondan a Sánchez, Iglesias trató de provocar la reacción del secretario general del PSOE apuntando a su liderazgo. “Parece que los que mandan de verdad en el PSOE estarían a gusto con la urgencia de pactar (con el PP), algunos quieren plantear ese escenario. Si el PSOE dice que no entiende la plurinacionalidad de España estaría entregando el Gobierno al PP”, dijo en una rueda de prensa un día después de las elecciones en la que insistió en el referéndum catalán como una de las cinco propuestas de mínimos de Podemos para empezar a hablar con los socialistas. Paradójicamente, Iglesias emulará al PP y también intentará cortejar a Sánchez en la “ronda de contactos” que tenía previsto emprender tras el 20-D.

La tercera y última posibilidad en la que la decisión de Sánchez tendrá mucho que ver sería la de un bloqueo institucional que abocara a nuevas elecciones. Ocurriría si, con el voto en contra del PSOE, el PP no consiguiera investir presidente a su candidato y si el PSOE también se negara a apoyar un frente de izquierdas, que sin los 90 diputados socialistas no podría siquiera echar a andar. En ese caso, el escenario volvería a estar abierto, porque aunque en el PSOE no se le tenga miedo a volver a ir a las urnas y Podemos incluso alardea de que les iría aún mejor, nadie sabe a ciencia cierta a qué partido podrían beneficiar. De momento, Pedro Sánchez seguirá siendo el centro de todas las miradas. Y no precisamente por ser el guapo, como le apodaron muchos votantes en la pasada campaña electoral.

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