El fantasma que tanto preocupa a Ciudadanos
El partido naranja teme que unas terceras elecciones le debiliten tanto como en su día al CDS o a UPD.
El auge y la rápida caída de los partidos de centro en España ha sido una constante cíclica desde la Transición. Estas formaciones bisagra se han comportado siempre con un mismo patrón: crecían como la espuma mientras su líder encabezaba las encuestas de valoración, pero el proyecto se venía abajo como un castillo de naipes tras el primer revés electoral.
A Ciudadanos le tiemblan las piernas cuando se menciona la posibilidad de que haya unas terceras elecciones generales en menos de un año, debido a que el precipicio no anda muy lejos. De los 40 diputados y el 13,93% de los votos que la formación de Albert Rivera obtuvo el 20-D se pasó, seis meses después, a las 32 actas y el 13,05% de sufragios en el 26-J. Ocho escaños y casi 400.000 votos menos, que en su gran mayoría volvieron al redil del PP, aunque el partido naranja logró superar el umbral de las tres millones de papeletas, una cifra que a Rivera le ha permitido sacar pecho en público.
El miedo dentro de Ciudadanos es que unos nuevos comicios supongan otra sangría de votos, fruto de la polarización entre los partidos de izquierda y los de derecha. Si el PP logra entre dos y tres puntos porcentuales más que el 33% del 26-J, aumentaría en más de 20 diputados su presencia en la Cámara Baja y se quedaría cerca de la mayoría absoluta. Como consecuencia de ello, Ciudadanos perdería el umbral del 10% de los votos y se dejaría por el camino la mitad de sus representantes en el mejor de los casos.
Los proyectos de Suárez
Los precedentes centristas para Ciudadanos no son halagüeños. Adolfo Suárez fue el padre de la Unión Democrática de Centro (UCD) y del Centro Democrático y Social (CDS), y ambos proyectos políticos acabaron mal. El CDS, por ejemplo, obtuvo un gran éxito electoral en 1986 con 1,8 millones de votos y 19 escaños, que luego subieron a 23 a lo largo de la legislatura al integrarse varios políticos que procedían de otros partidos. Un año más tarde consiguió casi dos millones de votos en las elecciones municipales y autonómicas, lo que le permitió alcanzar la presidencia de Canarias y tener representación en 13 Parlamentos autonómicos, casi 6.000 concejales y 684 alcaldes, entre ellos los de Ávila o Segovia.
El techo electoral llegó en las europeas de ese 1987 con el 10,2% de los votos y siete eurodiputados. El CDS de Suárez llegó a aparecer en 1988 en varias encuestas por delante del PSOE de Felipe González, pero el éxito fue efímero tras los primeros acuerdos de Gobierno entre la entonces AP y el CDS a nivel local y autonómico. Los sucesivos reveses electorales desembocaron en la dimisión de Suárez en 1991 y su partido se disolvió como un azucarillo en los años siguientes.
La trayectoria reciente de UPD ha sido, si cabe, aún más dolorosa. La formación de Rosa Díez nació en 2007 y en las elecciones de 2011 se convirtió en la cuarta fuerza política del país al recibir 1,1 millones de votos (el 4,70%), un éxito que le permitió alcanzar los cinco escaños con los que formó grupo parlamentario propio. De poco le sirvió. En las europeas de 2014 ya recibió un aviso ante la irrupción de Ciudadanos y el partido naranja se fue apropiando de su electorado en los sucesivos comicios de 2015. Díez dimitió hace un año y reclamó la disolución de un partido que languidece sin tener diez años de vida.
En busca de visibilidad
El reto más inmediato para Ciudadanos es no quedar marginado en las negociaciones para formar Gobierno, pues la visibilidad es fundamental a corto y medio plazo. Y luego, que el PP no le fagocite apropiándose de los logros que pueda haber.
Rivera, por ello, ha dejado claro desde la noche electoral que su partido está preparado para ejercer una oposición moderada ante un horizonte político que, en todo caso, se antoja breve con una legislatura corta. Pero el futuro de Ciudadanos depende de que no haya terceras elecciones. Esa es la verdadera línea roja que no quieren que nadie traspase.



