El entierro del Caudillo

17 / 11 / 2015 Luis Reyes
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El servicio secreto de Carrero Blanco diseñó las exequias de Franco dentro de la operación Lucero

El camión militar Pegaso utilizado como coche fúnebre transporta el féretro de Franco por Madrid.

El entierro de Franco fue una operación militar. No lo llevó a cabo la Casa Civil del jefe del Estado, a quien correspondía, ni intervino ninguna empresa de pompas fúnebres, sino el Ejército con su propio personal castrense y material bélico, aunque hubo que echar un pulso con doña Carmen, la viuda de Franco.

La militarización del sepelio tenía su lógica: solo dos años antes el coche blindado del almirante Carrero Blanco había, literalmente, volado por los aires hasta el tejado de un convento jesuita. Ahora se temía que los terroristas de ETA quisieran superar el espectáculo, dinamitando el féretro del Caudillo.

En realidad fue un año antes del atentado contra Carrero cuando el propio almirante encargó la operación Lucero al Servicio Central de Documentación (Seced). El organismo era una creación personal de Carrero, una agencia de información moderna, antecedente del actual Centro Nacional de Inteligencia, pero encomendado a oficiales jóvenes del Alto Estado Mayor. Dos capitanes, sentados en una mesa ante un montón de folios, diseñaron la operación Lucero, el conjunto de medidas a tomar para asegurar la paz social cuando Franco faltase. Algunos historiadores consideran que aquello fue el boceto de la Transición.

Los dos capitanes contemplaron todos los aspectos, desde qué hacer frente a la oposición política al régimen, si había que detener o no a los opositores –se decidió que no–, hasta dónde enterrar a Franco. Hubo, por cierto, varias alternativas: el pazo de Meirás, en Galicia, que era su feudo personal; el cementerio del Pardo, lugar favorito de personalidades del régimen, donde está la esposa de Franco; o el Valle de los Caídos, que fue el elegido.

En los entierros de Estado con honras militares el ataúd va sobre un armón de artillería tirado por seis caballos. Así fue el sobrecogedor entierro de Kennedy en 1963, y así había sido el último celebrado en España, precisamente el del almirante Carrero Blanco. Al caer gravemente enfermo Franco se ordenó al Regimiento Mixto de Ingenieros nº 1 que preparase un armón, pues hay que adaptar bastante el carrito de municiones de un cañón para que lleve apropiadamente un féretro. Pero el armón que arreglaron los ingenieros era un ardid de guerra, una maniobra de distracción para engañar al enemigo. El cadáver de Franco iría sobre el vehículo más poderoso que existía en España, el camión Pegaso 3050.

El Pegaso 3050 era un todoterreno de 10 toneladas y 170 caballos, con tres ejes y tracción a las 6 ruedas, un pesado monstruo contra el que habría que emplear mucho explosivo para que se conmoviese. Por orden de Capitanía General los dos más nuevos de estos camiones fueron entregados a la Unidad Regional de Automovilismo del Ejército, en Campamento. Era octubre de 1975 y se habían filtrado las primeras noticias de la enfermedad de Franco, pero muy pocas personas sabían para qué eran los camiones: el jefe de Estado Mayor de Capitanía, teniente coronel Eloy Rovira, que dirigía la operación, el capitán de Automovilismo Martínez Obispo como oficial ejecutivo, y dos expertos mecánicos, uno civil enviado por la empresa Enasa, fabricante del Pegaso, y un brigada especialista de Automovilismo, Gil Agúndez, que debería conducir el camión fúnebre.

Ensayos. El brigada ensayó varias veces el recorrido al Valle de los Caídos al volante de los camiones, que fueron sometidos a todo tipo de pruebas. Se prepararon los motores, retirándose los precintos de velocidad, y paralelamente se construyeron los artilugios necesarios para instalar sendos túmulos de soporte del ataúd. Todas las piezas de la parafernalia funeraria, incluida una escalera para llegar hasta el túmulo, fueron fabricadas en distintos talleres, para que nadie adivinase qué se estaba haciendo, y ensambladas en el amplio garaje que encerraba a los Pegaso.

Franco falleció por fin en la madrugada del 20 de noviembre, y de acuerdo con el plan, tras amortajar el cadáver con uniforme de gala, se instaló la capilla ardiente en el salón de columnas del Palacio Real. Se abrió al público a las 8 de la mañana del día 22, pero la afluencia de gente superó todas las expectativas. En el medio millón de personas que por allí pasaron se mezclaban desde los seguidores incondicionales del Caudillo hasta los que querían estar presentes en el nacimiento de una nueva era en España. Hubo que dejar abierto durante toda la noche, hasta las 7.30 del domingo 23, día elegido para el funeral de Estado y entierro.

El protocolo incluía una misa de difuntos en la capilla de palacio, únicamente para la familia y las altas personalidades, dado su pequeño tamaño, y luego un homenaje público en la plaza de Oriente, colocando el féretro sobre un túmulo ante el que pasó un desfile militar. Todo ello ante la presencia de don Juan Carlos, que el día de antes había sido proclamado Rey por las Cortes, y de una multitud de fervorosos franquistas.

El boato orquestado contrastó con la patética representación internacional. En realidad la diplomacia española había echado el resto en convocar a las personalidades del mundo democrático cuatro días después, para la ceremonia que se llamaría “de exaltación” de don Juan Carlos, en la iglesia de los Jerónimos, y al funeral solo acudieron dos jefes de Estado y uno de revista del corazón: el rey Hussein de Jordania, el único que se había acordado de la “amistad hispano-árabe” que había sido eje de la política exterior franquista; el impresentable general Augusto Pinochet, a quien no admitían en ningún otro país; y Rainiero de Mónaco, que se apuntaba a todo. El toque folclórico lo puso la esposa del dictador de Filipinas, Imelda Marcos, una belleza exótica que había querido ser miss Universo y cuyo mayor glamour era un fondo de armario de miles de zapatos.

Improvisación. Solo faltaba la comitiva fúnebre desde la plaza de Oriente hasta el Valle de los Caídos, el largo desplazamiento de 60 kilómetros en el que se temía un atentado, y que el día anterior había provocado el incidente entre el Ejército y doña Carmen Polo. A la viuda no le explicaron los planes hasta el último momento, pero doña Carmen los deshizo de un plumazo. Quiso que el vehículo fúnebre lo guiara el chófer personal de Franco de toda la vida, y cuando la convencieron de que un conductor de Cadillac y Rolls no podría manejar un camión Pegaso de 10 toneladas, exigió que el chófer fuera al menos un jefe del Ejército (de comandante a coronel).

El conductor entrenado era el brigada Gil Agúndez, y lo tuvo que sustituir su superior, el capitán Martínez Obispo, que en la noche del 22 al 23 fue ascendido a comandante para cumplir la exigencia de doña Carmen. Ascenderlo fue fácil, pero lo que no tenía remedio es que Martínez Obispo tampoco era un conductor experimentado en el Pegaso. En el paseo de Rosales se le caló el camión varias veces. El coche de respeto, es decir, el otro camión preparado, que le precedía con el túmulo cubierto de coronas de flores, se fue distanciando, y al torcer por el paseo de Moret y enfilar hacia el Arco del Triunfo, la escolta de motoristas que debía sustituir a la escolta a caballo, lo tomó por el coche fúnebre y montó la seguridad a su alrededor.

Según mantiene el brigada Gil Agúndez, que conducía ese camión con las flores, “se tenía conciencia de un ataque terrorista a la altura del Arco del Triunfo, para ello estábamos prevenidos”... Quizá los terroristas también se habrían confundido de vehículo, pero el caso es que ETA no dio señales de vida. El Pegaso fúnebre llegó sin problemas a la 13.20 al Valle de los Caídos, familiares  de Franco lo llevaron a hombros a través de la explanada, llena de seguidores, y en la puerta de la basílica lo recibió el abad mitrado de la comunidad benedictina. Se formó entonces una procesión fúnebre en la que iba el Rey, encabezada por cruz alzada y la escolanía entonando cantos, que recorrió el templo hasta el altar mayor. El féretro, esta vez a hombros de soldados del regimiento de la guardia, fue depositado junto al altar mayor, y se rezó un responso.

Se había preparado una fosa detrás del altar mayor, al otro lado de la de José Antonio Primo de Rivera, de 1,26 metros de profundidad y forrada de una aleación de plomo y cinc. El ministro de Justicia exigió en voz alta a los jefes de las casas Civil y Militar que jurasen que dentro del ataúd iban los restos de Franco, tras lo cual fue depositado y cubierto por una losa de granito de una tonelada y media, con la inscripción “Francisco Franco”. Eran las 14.20 del 23 de noviembre de 1975, y se había puesto punto final al franquismo.

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