El deporte de inflar currículos
En política viste mucho un título universitario. ¿Y si no se tiene? Pues se inventa. ¿Y si alguien lo descubre? Basta decir que se trataba de una confusión. Y casi nunca pasa nada.
El tipo, vestido muy estrambóticamente, se baja de la carreta, mira a los aldeanos y les dice: “Yo soy aquel gran médico, doctor enciclopédico, llamado Dulcamara, cuya virtud preclara e infinitos portentos son famosos en el universo y... y... en otros lugares”. A continuación trata de venderles una botella con un elixir milagroso que lo mismo sirve de matarratas que cura la diabetes, la impotencia o la sordera. En realidad es vino de Burdeos. Y él no pasa de charlatán ambulante.
Esta escena de la ópera L’elisir d’amore, de Gaetano Donizetti, es un buen ejemplo de una actividad cuyos adeptos son numerosos: hinchar el currículo (académico, profesional, el que sea) no tanto para obtener un puesto de trabajo sino para justificar el cargo político que a uno le han dado. Es decir, que para ocupar determinadas poltronas muchos consideran necesario vender humo, como hacía Dulcamara.
Juan Miguel Sánchez, 40 años, parado, madrileño de Moratalaz, se ríe (con el colmillo retorcido) cuando habla de esta manía de “hinchar el perro”, como la llama él. “Soy licenciado en Historia demostrable, como ponen los anuncios de contactos de los periódicos –ironiza- y tengo cuatro masters, uno de ellos en EEUU, donde he sido profesor. Pues me paso la vida no hinchando mi currículum sino todo contrario: reduciéndolo, porque de mi especialidad no hay nada y, si quiero que me sigan contratando para limpiar vestuarios en las piscinas por el verano es mucho mejor que no se enteren de que hablo cuatro idiomas y de que me sé de memoria la pintura florentina del Renacimiento”.
Juan sabe que una profesión floreciente ahora mismo es la de los asesores laborales especializados en aligerar currículos y en entrenar a la gente para pasar entrevistas de trabajo. Y por eso le da la risa leer sobre el caso del secretario de Estado de Seguridad Social y número dos de la ministra de Empleo: Tomás Burgos Gallego, de quien la referencia del Consejo de Ministros que lo nombró (30 de diciembre pasado) decía que era “médico y experto en gestión sanitaria”. Médico, desde luego, no lo es. Y lo de “experto” es lo bastante subjetivo como para que nadie pueda decir ni que sí ni que no. Burgos estudió algunos cursos de Medicina en la Universidad de Valladolid. No terminó la carrera y, por lo tanto, no se pudo colegiar ni ejercer. En la web del Congreso de los Diputados, en la anterior legislatura, se aseguraba que era “diplomado en dirección de Instituciones Sanitarias, máster ejecutivo en gestión sanitaria”. Pero no médico.
Qué error, qué inmenso error.
¿Quién hizo correr la idea de que sí lo era? Aquí aparece el gran protagonista de prácticamente todas estas historias de currículos inflables: el error.
¿Necesitaba Burgos ser médico para ocupar la Secretaría de Estado de la Seguridad Social? No, no era necesaria esa titulación. Entonces, ¿por qué apareció en su currículo? Pues por un error involuntario. Algún amable funcionario quiso teclear “diplomado”, pero se distrajo, los dedos se le fueron y acabó escribiendo “medicina y cirugía”. Fue sin querer. Un error inocente lo comete cualquiera.
Y el error parece transmitirse, como los virus, por el aire y sin hacer distingos de partidos o ideas políticas. La socialista Elena Valenciano, ahora vicesecretaria general del PSOE, aparecía en la web del Parlamento Europeo (fue eurodiputada entre 1999 y 2008) como “licenciada en Derecho y Ciencias Políticas”. En realidad no había terminado ninguna de las dos carreras, y esta vez el sempiterno error recibió un añadido: de traducción. Lo cierto es que Valenciano jamás ha dicho que fuese licenciada en esto o en lo otro. Los falsos títulos solo aparecen en esa web; en las demás, Valenciano recurre a otra de las frases legendarias en todo género de currículos: “Tiene estudios de”. Con esa fórmula mágica cualquiera que haya asistido como oyente a un curso de verano de ocho días sobre el fenómeno mediático de Belén Esteban, por ejemplo, podrá poner en su biografía profesional: “Cursó estudios de Ciencias de la Información”. Y no será mentira. pero tampoco verdad, claro.
Aunque lo cierto es que a Elena Valenciano le quedan colgadas nada más que dos asignaturas para terminar Políticas.
Lo mismo le pasa a Carme Chacón. Es licenciada en Derecho, pero no doctora, como se ha visto alguna vez en su currículo. Hizo los cursos de doctorado, pero nunca concluyó la tesis: no puede, pues, usar el título.
También dos míseras asignaturas separan a la actual vicepresidenta de la Generalitat catalana y consejera de Gobernación y Relaciones Institucionales, Joana Ortega (UDC), de la “licenciatura en Psicología” que figuraba en su biografía institucional hasta que alguien descubrió que aquello no era del todo cierto. La reacción, la habitual: “Pido públicamente disculpas y lamento el error respecto del alcance de mi formación académica”. Nuevo remoquete para el pertinaz error: esta vez era de transcripción.
Hay veces en que el error se vuelve creativo. Es el caso de la exministra de Sanidad con Zapatero, Leire Pajín, quien, según la web del Ministerio, había estudiado en la Facultad de Económicas y Sociología de la Universidad de Alicante. Todo perfecto salvo por un pequeño detalle: esa facultad no existe. Ahí el error recibió el poco honroso título de errata... y, a pesar de la imaginación del escribiente de currículos (que nadie sabe quién es), el original centro educativo sigue sin fundarse.
Javier Viondi, excoordinador de IU en Getafe y candidato a la alcaldía de esa ciudad, cometió el error de hacerse pasar por médico sin serlo; le apearon de las listas. Al exministro alemán de Defensa, Karl Theodor von Guttenberg, le pillaron en el error de plagiar su tesis; le apearon del Ministerio. Ali Kordan, exministro iraní del Interior, fue destituido tras descubrirse que su título en Derecho por la Universidad de Oxford (nada menos) era también un error. Quiere esto decir que el diabólico (pero siempre, siempre involuntario) patinazo de presumir de lo que no se es no respeta fronteras, cargos ni idiomas.
El récord absoluto lo tiene quien fuera director de la Guardia Civil hasta 1993, Luis Roldán, presunto “ingeniero industrial y economista” con “estudios de Ciencias Políticas y Sociología”.
Por cierto: en la ópera de Donizetti, al golfo de Dulcamara todo el mundo le compra el elixir. En cuestión de currículos, hay errores muy provechosos.



