El chófer de Lina Morgan rompe su silencio
Daniel Pontes, tutor legal de la actriz en los últimos años, niega a TIEMPO las “desorbitadas” cifras que se manejan sobre la herencia de la actriz, desconoce cuándo se abrirá el testamento y ordena a sus abogados que rastreen declaraciones que se han hecho sobre él por si son constitutivas de delito
Daniel Pontes de Dios fue la persona en la que Lina Morgan se apoyó para todo en los últimos años de su vida. Primero fue su chófer y con el paso del tiempo su guardaespaldas, acompañante en actos públicos, administrador de sus empresas y tutor legal cuando la actriz cayó enferma en 2013 y tuvo que ser ingresada durante nueve meses en el hospital madrileño Beata María Ana.
Tras abandonar el hospital, Lina Morgan necesitó ser trasladada a una residencia geriátrica mientras se acondicionaba su casa para poder atenderla allí con todas las garantías. Y en su domicilio madrileño de la calle Samaria, no lejos del parque del Retiro, falleció a los 78 años el pasado 20 de agosto.
Desde entonces se han vertido críticas contra Pontes por la reclusión domiciliaria de Lina Morgan en los últimos meses, un hecho que Concha Velasco resumió en pocas palabras y con un halo de amargura el día de la despedida: “No quería ver a nadie y solo mandaba algún mensaje”. También hubo restricciones en el velatorio –no se permitió pasar a los sobrinos de la actriz– y en la posterior incineración y sepultura de sus cenizas en el panteón familiar de La Almudena. Estos últimos trámites se hicieron en la más estricta intimidad, sin la presencia de amigos o admiradores de la intérprete como Raúl Sender, quien se quejó por el citado veto. La respuesta que obtuvo es que se trataba de un “acto privado”.
A todo ello se añade el interés, o curiosidad según se mire, de algunos por saber a quién o quiénes se ha incluido en el testamento de Lina Morgan, que nació en 1937 en Madrid, en plena Guerra Civil y en el seno de una familia sin apenas recursos económicos, y que en la década de los ochenta y los noventa se convirtió en una empresaria de éxito con sus interpretaciones en el teatro La Latina de la capital, su lugar más querido en el barrio en el que creció. Un edificio que compró en 1983 por 127 millones de pesetas (740.000 euros) y vendió en 2010 por 7,5 millones de euros. Es decir, 10 veces más de lo que costó en su momento.
Pontes se ha caracterizado en los últimos años por ser una persona reservada en público, pero amable cuando alguien llamaba para interesarse por el estado de salud de la actriz. Conoció a Lina Morgan por casualidad hace más de 30 años. Un día recogió en su taxi a la madre de la actriz y esta se quedó tan contenta con el servicio que le volvió a llamar. Poco a poco se fue convirtiendo en alguien más de la familia con su trabajo de chófer o asistente. Primero con José Luis, el hermano más querido de la artista, y luego con la propia Lina Morgan, a la que llevó y acompañó en las últimas décadas cada vez que salía de casa.
La confianza fue tanta y recíproca que la mujer de Pontes entró también en el domicilio de Lina como trabajadora de la limpieza y el propio Pontes pudo delegar su cometido inicial en otro chófer –Abelardo– para encargarse él de las empresas, donde figura como administrador único en los últimos años. La cómica tenía a su nombre dos compañías cuando falleció: Espectáculos Latina, con unos activos valorados en 339.000 euros, y Telasa SL, dedicada al alquiler de oficinas y viviendas, con un capital de 745.000 euros, pero con unos activos más que significativos: 3,4 millones de euros, de los cuales 2,5 son inversiones financieras.
El resto de la fortuna es una incógnita y la horquilla sobre sus números es muy grande, desde los 8 millones de euros que se manejan como valoración más conservadora hasta los 40 millones que han salido en varios medios. Las únicas certezas son que la venta del teatro La Latina hace cinco años se llevó a cabo por 7,5 millones –según precisa a TIEMPO su actual propietario, Jesús Cimarro– y que su inmueble de la calle Samaria se podría vender por en torno al millón y medio de euros.
A parte de ello hay que incluir, al menos, un vehículo de alta gama con el que se movía por las calles de Madrid y numerosas joyas de gran valor sentimental para ella porque se las regaló su hermano José Luis, la persona que más quiso en vida. En palabras del periodista y académico Luis María Anson, su colección de alhajas era “la primera de España”. Además, la actriz guardó gran cantidad de abrigos de piel que lucía cada vez que asistía a un estreno o un evento social.
El testamento por el que tantos suspiran está ahora en manos de una asesoría jurídica con la que trabajó Lina Morgan, según relata Pontes a esta revista. “No voy a entrar en ninguna polémica”, subraya de inicio, en pleno duelo por la reciente pérdida, aunque tiene una idea clara: “Como se están publicando unas cantidades tan desorbitadas de dinero, a mí me gustaría, si luego me aconsejan que no pues cambiaré de opinión, hablar del testamento en cuanto a las personas que les toca”.
La persona que mejor conoce los secretos de la actriz desconoce cuándo se abrirá el escrito de últimas voluntades y si las personas físicas o jurídicas que aparecen en el testamento querrán que se sepa, pero insiste en su deseo de que se conozcan los detalles. “Lo entiendo y entenderé [la negativa], pero a mí me gustaría hacer público lo que van a legar las personas que sean”.
Pontes quiere poner fin a los dimes y diretes (“carnaza” lo llama él) que se han generado tras la muerte de Lina Morgan y da “por cerrada” su etapa de más de treinta años con la familia de la actriz. “Falta ella, se acabó la polémica, se acabaron las declaraciones, murió la protagonista y por mi parte yo no voy a permitir que gente que ha estado cerca pueda ser protagonista. Y menos yo, claro. Para mí es una etapa cerrada en mi vida y ya está”. Sin embargo, exige respeto hacia su trabajo.
“Cuando ella ha tomado esas decisiones”, en referencia a las restricciones en el velatorio o al deseo de la actriz de no recibir visitas en su casa tras salir del hospital, “pues serán buenas, malas o regulares. Yo las he respetado, las he cumplido y si a gente de la profesión o de la prensa, a quien sea, no le ha caído bien la actitud de ella pues allá ellos. ¿Por qué la gente se ha callado cuando ella podía contestar? Los que están hablando ahora, poco cariño le tenían. Los que hablan así no tienen para mí ningún respeto”, subraya.
Pontes revela por último a TIEMPO que ha encomendado a una agencia de prensa que recopile todas las declaraciones que se hagan en torno a su figura. “Si alguien dice lo que no debe, iré a los tribunales. Es la única orden concreta que he dado a la asesoría”, concluye sin dar el nombre de la misma.
Una de las personas que defiende el trabajo de Pontes es Jesús Cimarro, productor teatral y dueño del teatro La Latina que le vendió Lina Morgan. Fue junto al chófer de la cómica y el padre Ángel, presidente de la ONG Mensajeros de la Paz, una de las pocas personas que ocuparon las sillas reservadas a los seres queridos de la cómica el día del velatorio.
“Lina Morgan no quería que la viera nadie. Lo hemos dicho por activa y por pasiva. Ella hizo lo que creía conveniente y después de lo que había sucedido en el hospital, no quería que la vieran. Y había que respetar su voluntad. La gente se empeña en querer ir a ver a una persona que no quería ver a nadie”, explica a esta revista.
Cuando la actriz recibió el alta médica y se recluyó en casa, acabó comunicándose con quien quería a través de mensajes de teléfono. Tenía una traqueotomía que le molestaba y le impedía hablar como antes. En su domicilio, además, ya no estaba su hermana Julia, que había fallecido en diciembre de 2012, poco antes de entrar en el hospital. Así que Lina Morgan decidió llevar su enfermedad en solitario y que la gente la recordase como era antes de sus problemas de salud. Y así se lo indicó a Daniel Pontes.
El propio Cimarro intentó en más de una ocasión ir a ver a la actriz a su domicilio tras el alta hospitalaria. “Hay que respetar la voluntad del enfermo. Alucino totalmente con el desmadre que se ha montado con este asunto, no hay que darle más vueltas. Yo hablé con ella y me dijo: ‘Jesús, no quiero ni que me veas tú’. Al final, no insistí más porque soy igual de maniático. Si estoy enfermo, no quiero que me vean”. Y la última vez que la vio en persona fue antes de su enfermedad en 2013.
El propietario del teatro La Latina admite que a algún amigo o conocido le haya podido “fastidiar” la negativa de la cómica a recibir visitas, pero niega tajantemente los comentarios que circulan “de que Lina Morgan no era libre” durante los últimos meses en compañía de Pontes. “Es una mujer que se ha ido discretamente, como ella quería. ¿Por qué no la dejan en paz? Tengamos el recuerdo de Lina Morgan como ella fue, que es lo que ha querido”, pide Cimarro, quien añade que la actriz pidió que no se le hiciese ningún homenaje en vida, ni ahora ya fallecida. Tampoco quiso que se pusiera su nombre al citado teatro La Latina, matiza su actual propietario a raíz de la iniciativa ciudadana que se acaba de lanzar por Internet y en la que se pide rebautizar este sitio tan identificado con ella.
“Esa fue la primera propuesta que le hice cuando compré el teatro en 2010. Cuando le dije que íbamos a poner su nombre al teatro, me contestó: ‘No te lo vendo’. Ella, que tuvo el teatro 28 años, si hubiera querido llamarlo Teatro Lina Morgan, lo hubiera puesto sin ningún problema. No quería porque lo tenía muy claro: había nacido en este barrio, el de La Latina, y quería que se siguiese llamando así”, subraya el productor teatral.
La única obligación que Lina Morgan impuso a Cimarro, aparte de abonar los 7,5 millones de la venta del teatro, fue que le dejara su palco, su antepalco y su oficina para uso personal mientras viviese, aunque apenas se pasó por allí. Ahora pasan definitivamente a su propiedad. “Lo único que espero es que dejen en paz la imagen de Lina. Lo que ella decidió en su momento, bien decidido está, aunque le fastidie a la gente”, finaliza Cimarro.


