El 20-N desde el exilio
Alegría y pena por los presos y muertos por oponerse al régimen. Dos exiliadas en 1975 recuerdan sus sentimientos al saber que había fallecido el dictador
Familias del PCE y del PSOE. Desde Toulouse (Francia) hasta el DF (México). Sin la casi simultaneidad que hoy hubiera ofrecido Internet y las redes sociales, la muerte de Franco no tardó en llegar a dos de las mayores comunidades de exiliados republicanos. Roselyne Gutiérrez, nieta e hija de militantes del PCE y miembro ella misma de las Juventudes Comunistas, tenía 17 años y vivía en Toulouse. Rosa María Abascal, nieta del diputado socialista en las Cortes republicanas Nicolás Jiménez Molina, tenía 23 años y vivía en la capital mexicana. Ambas descienden de familias muy politizadas que tuvieron que salir de España nada más terminar la guerra y se criaron en comunidades de exiliados españoles. Una sigue viviendo en Francia y tiene doble nacionalidad. La otra regresó a España y hace años que decidió no renovar su pasaporte mexicano. A las dos la muerte de Franco les pilló fuera de España.
Roselyne Gutiérrez se enteró de la noticia en el instituto del centro de Toulou-se donde iba a clase como otros jóvenes del exilio. “Me enteré al final de la tarde [Franco había muerto a las 4.20 de la madrugada anterior], cuando vino un miembro del PC francés para anunciarnos que había muerto Franco. Lo que pasa es que, para nosotros, Franco había muerto hacía ya bastante tiempo. Fue una noticia sin ser noticia, porque al final el hombre murió en su cama”, recuerda desde Francia Roselyne, que también tiene sus dudas de si llevaba muerto días, tal y como decían los rumores
de la época y las fuentes “alternativas” de información a las que ella era asidua en Francia.
Ni fiesta ni champán. De familia de militantes del PCE, oriunda de Zaragoza la paterna y de El Bolo (Toledo) la materna, el padre de su madre había sido guardia de asalto del Ejército republicano y, a medida que se perdía la guerra, siguió al Gobierno hasta Cataluña y después pasó los Pirineos hasta Francia. Como otros miles de exiliados españoles, sus abuelos y su madre, de 17 meses, pasaron tiempo en un campo de refugiados en el sur de Francia antes de instalarse en Toulouse. Allí se conocieron sus padres y décadas después emprendieron en plena dictadura la vuelta a España. Primero su abuelo, en 1947, que pasó 14 años en el penal de Burgos y murió años después de un cáncer que su nieta achaca a las penurias de la cárcel. En 1964, ella volvió a vivir a Madrid con sus padres, pero regresaron a Francia en 1973. “Llegamos a Toulouse la misma noche que volaron a Carrero Blanco, como te lo cuento”, recuerda. Con semejante historia familiar de exilio, cárcel, enfermedad y muerte a causa de la guerra y la dictadura, la muerte de Franco le provocó más un sentimiento de pena que de alegría.
“Lo que cuenta Almudena Grandes en [su libro] El corazón helado: una gran fiesta con champán... yo no viví eso, porque había sido tan doloroso para nosotros perder a tanta gente de la familia, amigos, que habían sido fusilados, habían estado en la cárcel... eso tampoco te lo iban a quitar muriendo Franco”, dice. Curiosamente, recuerda, “los franceses estaban mucho más contentos que los españoles”. Por ejemplo, sus profesores del instituto que, sin ser personas muy politizadas, al día siguiente le preguntaron si habían celebrado una gran fiesta. “Pues no”, les respondió ella. A pesar de ser exiliada y nieta e hija de exiliados, Roselyne vivió como algo más importante el final de la guerra de Vietnam o, años después, la legalización del PCE, que tuvo el “honor” de vivir en Madrid, adonde hoy en día se escapa en cuanto tiene “tres días libres”. Además de los estragos que el franquismo había hecho en su entorno, la diferencia era que en esos dos casos sí parecía que las cosas iban a cambiar. Con la muerte del dictador no era tan seguro, aunque está satisfecha con lo que vino después, con la “inmaculada Transición”, ríe citando al escritor Rafael Reig. A sus padres les pasó algo parecido. Cuando Roselyne llegó a casa del instituto, sus padres ya conocían la noticia. “Lo comentamos, pero más por todo lo que había sido para nosotros su vida, no su muerte, porque no pensábamos que fueran a cambiar las cosas de la noche a la mañana”. Hablaron con familiares y amigos en España que, según Roselyne, tampoco echaron las campanas al vuelo. “Creo que tampoco hubo una explosión en España. En aquella época, no había una explosión de nada”.
Con la mente en España. Como todos los años, el 20 de noviembre de 1975 era día festivo en México. Se celebra el Día de la Revolución y Rosa María Abascal y su marido habían quedado con un grupo de amigos, “hijos de españoles nacidos en México” como ella, para festejar el día, pero con la mente puesta en lo que pasaba en España. “Como ya sabíamos que Franco agonizaba, habíamos quedado para reunirnos ese día en casa de uno de ellos. Cuando llegamos, nos abrazamos todos, fue algo muy espontáneo, muy bonito”, recuerda Rosa María en Madrid, donde vive desde que volvió de México, en 1983. Aunque con horas de diferencia, “sabíamos la noticia, pero no habíamos hablado por teléfono hasta no vernos porque queríamos compartir el momento, esta satisfacción de que se ha acabado una etapa negra de la historia y podemos empezar a pensar que va a haber futuro”.
Ese 20 de noviembre también fue un día de teléfono para Rosa María, puesto que sus padres y abuelos, los que habían llegado entre 1939 y 1942, habían regresado en 1970, un año después de que el Gobierno de Franco declarara proscritos todos los delitos cometidos antes del 1 de abril de 1939 excepto los de sangre. Como en los meses previos, cuando ya se sabía que a Franco le quedaba poco¡, o cuando el 23-F, cuando sospechaban que podían tener los teléfonos pinchados, las conferencias se hacían con precaución. “Cuando hablaba con mi familia, nunca me hablaban de política, solo lo sabía a través de gente que llegaba de España, siempre había quien venía y decía que estaba todo bien”, que a su abuelo “nadie le iba a hacer nada”.
Rosa María nació en el seno de una familia de socialistas por los dos costados. Cuando terminó la guerra, su abuelo paterno pasó andando la frontera con Francia desde Cataluña, llegó a Burdeos y junto con su abuela y su padre, que entonces tenía 14 años, a punto de cumplir los 15, tomaron el segundo barco que salió de Francia a México, el Ipanema, que llegó aVeracruz en julio del 39.
“Esa era la parte de mi familia normal”, relata Rosa María, nieta por parte de madre de Nicolás Jiménez Molina, que había sido diputado socialista en las Cortes. “Eso le salvó la vida cuando el golpe de Estado de Franco. Era de Granada, uno de los sitios que antes cayó, y fueron a buscarlo y no le encontraron porque estaba en Madrid”. Desde allí organizó a su familia para que cruzara el frente y se marcharon a Valencia, donde se había replegado el Gobierno republicano. Allí embarcaron en uno de los buques que fletó la Asamblea Nacional francesa para parlamentarios españoles que les llevó a Argelia, donde su abuelo “pensaba que podía hacer una labor más política”. Pero esta idea se le quitó de la cabeza cuando, a medida que avanzaba la segunda Guerra Mundial, las tropas de Hitler fueron haciéndose fuertes en el norte de África. En 1942 llegó el momento de embarcarse de nuevo, esta vez rumbo a México.
En esa familia de socialistas en el exilio se crió Rosa María, que, como tantos niños de su época fue escolarizada en el Colegio de Madrid, toda una institución creada en 1941 con fondos mexicanos de apoyo a los exiliados españoles. Por una parte, para la educación de sus hijos y, por otra, para dar trabajo a los maestros que habían tenido que huir de España. “Los profesores eran del nivel más alto que te puedas imaginar”, dice Rosa María, que recuerda que “los lunes por la mañana cantábamos el himno mexicano y el de Riego, con la bandera mexicana y la republicana. Vivíamos en un gueto” en el que las conversaciones sobre situación política en España eran omnipresentes.
Rosa María, ya casada, se quedó en México y no acompañó a su familia cuando regresó a España en 1970. Ese año “volvió mucha gente del PSOE porque se estaba preparando el Congreso de Suresnes y les pidieron que estuvieran más cerca”. Su abuelo decidió ir a Madrid, donde durante un tiempo fue una especie de consejero de Felipe González y otros socialistas con mucho empuje pero “que no sabían cómo actuar en libertad ni organizarse”.
El 20 de noviembre de 1975, Rosa María no tenía muchos familiares en México con los que celebrar la muerte de Franco. Sí amigos, muchos de los cuales empezaron a regresar a España en los años siguientes. Ella esperó a 1983, cuando una crisis económica azotó México, el país al que siempre se ha sentido “agradecida”.


