Cervantes: ¿Por qué era tan bueno?
Cuatro siglos después de su muerte en Madrid, pobre y despreciado, nadie discute que Cervantes fue el mejor escritor de la historia en lengua española. Pero, ¿cómo se argumenta esa afirmación?.
En el mundo hay, al menos, catorce teatros que llevan su nombre. De hecho, su gran vocación fue la de escritor teatral. Pero sus contemporáneos le consideraban un dramaturgo mediocre. Sus obras rara vez se representan hoy y muchas se han perdido. En 2015, la Sociedad Cervantina que fundó en Madrid, en 1953, Luis Astrana Marín, convocó el Festival Internacional de Poesía Madrid 2015, en el que participaron poetas de catorce países. Muchos de ellos hablaron de Cervantes, quien decía de sí mismo: “Yo, que siempre trabajo y me desvelo / por parecer que tengo de poeta / la gracia que no quiso darme el cielo”. También la mayoría de sus versos se han perdido.
El premio Cervantes, máximo galardón de las letras españolas, está dotado con 125.000 euros. La cara que habría puesto, de haberlo sabido, el escritor, quien fue encarcelado dos veces bajo la acusación de quedarse con dinero que no era suyo; que dedicó media vida a huir de las deudas, que se cambiaba de casa (y de ciudad) con una frecuencia extraordinaria y que, según cuentan sus más esforzados biógrafos, en sus últimos días vivió, al menos en parte, de su hija Isabel y de otras mujeres de su familia, a las que muchos llamaban las cervantas. Por la casa donde murió el escritor, en la madrileña calle del León esquina a la de Francos (que hoy se llama Cervantes) pasaban muchos caballeros. No estaba muy claro para qué.
Y, en fin, el Instituto Cervantes fue creado hace 25 años para difundir e impulsar en todo el mundo el buen uso de la lengua española. Hermosa iniciativa en un país en el que apenas dos de cada diez ciudadanos a los que se supone uso de razón afirman que han leído la obra más conocida de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha. Y de estos, más de la mitad admite que lo leyó porque se lo mandaron en clase. El 21,3% asegura que ha leído “algunos capítulos”, que es la mentira que decimos todos cuando nos preguntan si hemos leído tal o cual cosa que deberíamos haber leído aunque la verdad es que ni la hemos abierto; y algo más del 7% reconoce que llegó al Quijote gracias a una adaptación o a una versión abreviada (todos estos son datos del CIS publicados hace pocos meses). Si aceptamos “cine” o “dibujos animados en televisión” como sinónimo de “adaptación”, habremos de concluir que la inmensa mayoría de los españoles de hoy tiene del Quijote un conocimiento tan exhaustivo como pueda tenerlo de la geometría euclidiana: es algo que usan todos los días, pero sin saberlo.
O quizá ni lo usan. Eso indica el hecho de que el 20% de quienes aseguran que sí han leído el Quijote afirman que algunos de los protagonistas esenciales de la novela son los molinos de viento (que aparecen en apenas página y media del capítulo VIII de la primera parte); y luego está la evidencia de que el libro contiene 381.104 palabras, de las cuales nada menos que 22.939 son distintas entre sí. Los adolescentes de nuestro país controlan una media de 300 palabras para manejarse en la vida, y muchas de ellas son palabras “comodín”: está claro que la huella de Cervantes en el léxico que usa hoy la gente de 20 años es, por así decir, de proporciones homeopáticas: una gota de sustancia disuelta en un océano de agua, sobre el cual no tiene la más mínima influencia.
El Quijote ¿y qué más?
Y sin embargo es algo universalmente aceptado que Miguel de Cervantes Saavedra es el más grande y célebre escritor que ha dado nuestro idioma. Es un dios indiscutible. Es mucho mejor para todos que nadie salga a la calle, y menos micrófono en mano, a preguntar a los transeúntes qué obras de Cervantes podrían citar además del Quijote, porque uno de cada cuarenta se atreverá a deslizar la hipótesis de los Entremeses o de La gitanilla, mientras que los demás guardarán un respetuoso silencio en memoria del escritor o bien algún audaz versionará la memorable respuesta: “No he leído nada suyo pero le sigo, ¿eh?, le sigo”, que dijo una tal Sofía Mazagatos sobre Mario Vargas Llosa.
¿De verdad era tan bueno? ¿De verdad es el mejor que ha habido desde hace cuatro siglos para acá? ¿Qué méritos o cualidades pueden atribuírsele hoy que no tiene ni ha tenido nadie más? Y si es así, ¿por qué sus contemporáneos no lo apreciaron? ¿Ninguno lo hizo?
Desde luego, él sí. La vida y la personalidad de Cervantes han generado mares de tinta. Solo Luis Astrana Marín (Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra, publicado por el Instituto Editorial Reus) le dedicó siete tomos, el último de los cuales apareció en 1958. Otros estudiosos ilustres del escritor son o fueron Francisco Rico, Jean Canavaggio, Américo Castro, Anthony Close, Ellen M. Anderson, Gonzalo Pontón, Krzysztof Sliwa, Daniel Pérez Rosado, Alfredo Alvar y, literalmente, decenas más a lo largo de los siglos. Y ninguno pudo (probablemente, casi ninguno quiso) ocultar el hecho de que entre las grandes virtudes de Miguel de Cervantes no se contaba la modestia.
Le tocó vivir en un mundo literario plagado de genios que, o bien sabían que lo eran y la opinión de los demás les importaba poco (caso de Quevedo) o bien ansiaban el favor del público, como pasaba con casi todos los demás. Y por el favor del público, por el éxito y la popularidad (y desde luego por el dinero), se hacía lo que fuese necesario. En aquel grupo irrepetible que integraban Góngora, Quevedo, Lope de Vega, Tirso de Molina, Luis Vélez de Guevara, Juan Ruiz de Alarcón, Antonio Hurtado de Mendoza y otros más de luz progresivamente decreciente, Cervantes era el más viejo, el más pobre, el que menos amigos tenía (todos los buscaban y competían por ellos) y, quizá por su personalidad, el más fácil de zaherir. En aquel mundillo literario plagado de hienas con enorme talento, Cervantes era tenido (dice Francisco Rico) por un viejo chocho que había sobrevivido a sí mismo, nadie sabía cómo. Si nadie le defendía en público (Quevedo lo hizo alguna vez, más por arremeter contra los otros que por defender al viejo que le llevaba 33 años), tenía que hacerlo él mismo. Y así dice:
“Yo soy el primero que ha novelado en lengua castellana, que las muchas novelas que en ella andan impresas, todas son traducidas de lenguas extranjeras, y estas son mías propias, no imitadas ni hurtadas; mi ingenio las engendró, y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la imprenta”.
Y es la pura verdad. Cervantes es el creador de lo que se conoce como novela moderna. ¿Y qué es eso? Pues algo que hoy resulta absolutamente natural, porque lo encontramos por todas partes, pero que a principios del siglo XVII era desconocido. Cervantes, en su Quijote, crea en primer lugar un escenario realista o al menos verosímil, creíble, en el que los personajes son distintos pero reconocibles: no aparecen ahí dioses griegos ni romanos, héroes ni príncipes de guardarropía, magos benéficos o malignos, ni caballeros andantes capaces de partir por la mitad a doscientos enemigos de un solo mandoble. De hecho, Cervantes empieza a escribir para escarnecer todo eso.
Tampoco el protagonista es un héroe al estilo de Héctor o Aquiles: es un paisano del pueblo, lo cual hace bajar la narración a la tierra, cosa por entonces muy poco frecuente. Además, los personajes evolucionan: cambian a medida que progresa el relato, no son figuras de piedra de carácter inalterable y reacciones perfectamente previsibles. Cervantes –otra novedad– añade la polifonía a los diálogos; es decir, logra que cada personaje (sobre todo en los principales) hable con una voz diferente, con unas palabras propias que el lector aprende a reconocer. Eso también era nuevo. Y si añadimos que el autor busca (y casi siempre logra) una coherencia interna de la narración, esto es, que no haya disparates clamorosos, tenemos juntas por primera vez las características de la novela que se escribe a partir del Quijote, y no antes... como bien decía el propio Cervantes.
Solo falta una cosa, y fundamental: el lector no sabe cómo va a terminar el asunto. En los demás géneros de novela que se publicaban entonces (pastoril, bizantina, picaresca, morisca, caballeresca, cortesana, etcétera) el lector ya sabía, muy aproximadamente, con qué se iba a encontrar; que el caballero vencía, que los amantes separados se encontraban y se casaban, que la mora se convertía al cristianismo y que al moro malo, una de dos: o se bautizaba o lo mataban. Eso revienta con el Quijote, porque Cervantes está abriendo un camino nuevo en el que siente el vértigo de la libertad creativa y en el que nadie sabe lo que va a pasar no ya al final, sino en el capítulo siguiente.
Y es verdad que Cervantes, cuando se pone a hilar el Quijote, mete dentro todo lo que se le ocurre y hace, por así decir, todas las gracias que sabe: añade escenas de novela pastoril (Marcela y Grisóstomo), cuela novelas internas de corte sentimental (Cardenio, Luscinda, Fernando y Dorotea; en la segunda parte se arrepiente de eso); pinceladas picarescas con Maritornes, los galeotes, Ginés de Pasamonte o el retablo de Maese Pedro; aromas de novela morisca con la historia de Zoraida y el cautivo... pero el que gobierna la nave es él. Cervantes es el único que sabe, cuando escribe, qué va a suceder a continuación y hacia dónde va la narración. Tiene, pues, un sentido completo de la novela.
El autor y el protagonista
Hay otra cuestión fundamental que abordaba, no sin valentía, el cervantista británico Anthony Close, fallecido en 2010: hasta qué punto Cervantes está en el Quijote a través del hidalgo y de sus peripecias. Dice Close que a finales del XVI no existía, para el común de los lectores, diferencia esencial entre el escritor y el protagonista al que ese escritor dibujaba. Cita Close a Vicente Espinel y a La Dorotea de Lope, en la cual la vida del autor y la trama que inventa se entreveran; y recuerda que, entre los numerosos críticos de Cervantes, no faltaban los Suárez de Figueroa de turno, que acusaban al viejo de convertir su propia vida en materia para sus novelas.
Cómo no hacerlo. Cervantes fue un aventurero, lo que hoy llamaríamos un “romántico” trasplantado de siglo. Francisco Rico dice de él, con humor, que fue un “voluntario de la División Azul que había aceptado la Transición”. La “División Azul” cervantina fue la batalla de Lepanto, a la que el propio escritor se refería una y otra vez (se reían de él por lo pesadito que se ponía con lo de Lepanto) como una gesta única en la historia, “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”.
De ahí pasó Cervantes a permanecer durante cinco terribles años cautivo en Argel, después de que los piratas turcos abordasen la galera en que viajaba delante de lo que hoy es Palamós. El futuro escritor, que entonces tenía 28 años, organizó nada menos que cuatro intentos de fuga, que fracasaron todos y de los que se responsabilizó él solo. Lo encadenaron y torturaron durante meses, y si no lo mataron fue porque los turcos suponían que aquel tipo alto e insoportable valía mucho dinero. Lo liberaron los frailes trinitarios después de reunir 500 escudos, una verdadera fortuna para la época.
Y de ahí viajó a la ruina de la familia, que se había endeudado hasta lo inconcebible para reunir el dinero del rescate; a la pobreza que nunca se espantaba, al sueño jamás cumplido de viajar a América, a amores desdichados y una boda más desdichada aún, y a empleos que herían su orgullo y que le azuzaban la enemistad de la gente, como el de recaudador de impuestos para la Armada Invencible. Entre que tuvo la cabezonada de requisar bienes de la Iglesia y que las cuentas no siempre le cuadraron, por culpa suya o de otros, el héroe de Lepanto acabó en la cárcel dos veces. ¿Cómo no va a verse toda esa peripecia personal en su obra?
Como escritor tenía enemigos peligrosos, que lo eran tanto por su talento como por su capacidad de envidia, pero Cervantes no era mucho mejor que ellos. Su enemistad con Lope de Vega es legendaria. Cervantes lo puso en ridículo con el principio del Quijote, como dice, entre muchos más, el escritor y cervantista Alfonso Mateo-Sagasta. El arranque del gran libro está inspirado en una sátira en verso titulada El entremés de los romances, en el que se cuenta la historia de un caballerete que enloqueció de tanto leer romances y que tuvo que salir por pies, acompañado de una especie de escudero, para evitar que el padre de una novia abandonada lo moliese a palos. Esa era la historia de Lope y todo el mundo lo sabía. Lo vuelve a poner verde cuando defiende su propio teatro frente al de algún “felicísimo ingenio” (a Lope le llamaban el Fénix de los Ingenios) que, según Cervantes, no hace comedias dignas sino “espejos de disparates, ejemplos de necedades e imágenes de lascivia. Los extranjeros, que con mucha puntualidad guardan las leyes de la comedia, nos tienen por bárbaros e ignorantes, viendo los absurdos y disparates de las que hacemos. Algunos poetas que las componen conocen muy bien en lo que yerran y saben extremadamente lo que deben hacer, pero, como las comedias se han hecho mercadería vendible, dicen que los representantes no se las comprarían si no fuesen de aquel jaez; y así, el poeta procura acomodarse con lo que el representante que le ha de pagar su obra le pide”.
Son las palabras de un dramaturgo frustrado por el triunfo irresistible de Lope, que llenaba los teatros con su nueva manera de hacer comedias. Pretender el triunfo en el teatro compitiendo con Lope era como pretender el triunfo en la música compitiendo con Mozart. Era imposible. Para Cervantes y para cualquiera.
Lope, como es natural, se rio de él cuanto pudo, en público y en privado. Se metió con él hasta por ser pobre y miope. Decía que los anteojos que llevaba, de tan rotos, parecían huevos estrellados. Mientras, el gran Lope mendigaba dos varas de paño al duque de Sessa, a escondidas, con cartas sonrojantes.
Hasta el pie en el estribo
Pero hay una cosa que Cervantes no dejó de hacer nunca desde que, con 38 años, publicó La Galatea: ni abandonó el humor como recurso literario (y también, sin duda, como estímulo vital) ni dejó de escribir. Cuatro días antes de su fallecimiento, el 22 de abril de 1616, escribía la dedicatoria de su monumental obra póstuma, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, a don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos: “Puesto ya el pie en el estribo, / con las ansias de la muerte, / gran señor, ésta te escribo. Ayer me dieron la Estremaunción y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir...”. Dice el cervantista Alfredo Alvar: “La dedicatoria del Persiles es uno de los textos más importantes escritos nunca en la literatura universal. Es maravilloso por todas partes. (…) Es el final del escritor que ha vivido para serlo, que se recuerda a sí mismo como escritor en su agonía, frustrado por no haberse visto reconocido como poeta o autor de comedias”.
¿Fue Cervantes el mejor escritor de la historia? ¿Lo sigue siendo hoy?
Naturalmente, eso es una tontería. Sin la menor duda, en los últimos cuatro siglos se han escrito decenas de novelas tan buenas o mejores que el Quijote. Pero lo que importa no es eso. Lo que importa es que todas esas novelas vinieron detrás del inmenso hallazgo literario de Cervantes. Él fue quien abrió el camino para todos los demás. Y lo hizo con una absoluta maravilla. Si Cervantes no hubiese existido, si no hubiese escrito lo que escribió, es completamente imposible saber qué sería hoy de la literatura, y sobre todo de la novela. Pero, sin la menor duda, no sería como es, como la conocemos.
Esa es su genialidad. Como habría dicho Cortázar, fue él quien “abrió la puerta para ir a jugar”. Una puerta que jamás se ha cerrado y un camino que no se acaba.
Por eso fue un genio.



