Bodas y divorcios ante notario
Confusión en las notarías ante la posibilidad de que el Gobierno les permita celebrar enlaces matrimoniales.
La reforma de la administración de justicia no ha terminado y los notarios estarán en uno de sus próximos puntos de mira. Según la Ley de Mediación y Jurisdicción Voluntaria que tiene pendiente de aprobar el Consejo de Ministros, las notarías serán escenario de dos nuevos servicios, con claros componentes sociales: bodas y divorcios de mutuo acuerdo, incluso cuando existan hijos menores.
A la espera de conocer más detalles, la opinión entre los notarios como nuevos casamenteros es diversa y las dudas se relacionan en parte con los costes económicos. “Sería una complicación para todos”, opina Esteban Fernández Alu, decano de los notarios de Asturias, que no entiende qué interés podrían querer tener los contrayentes en ir a un notario, puesto que -hasta ahora-, casarse por lo civil e inscribirse en el registro es gratis e ir al notario supondría el pago de un arancel. El decano de La Rioja, Tomás Sobrino, incide en que los matrimonios “no son competencias buscadas por nosotros” -sí fueron sugeridos los divorcios-, pero no tendrán problemas en ofrecerlas. “Si hacemos otros documentos de compra y venta y demás, estos acuerdos en cuanto al matrimonio se pueden celebrar”.
En efecto, los notarios ya efectúan actos jurídicos del Derecho de Familia semejantes a estos nuevos trámites. La disolución de la sociedad patrimonial, su reparto, es una práctica que se sigue viendo, aunque menos que cuando el divorcio estaba prohibido. Hoy recurren a ella principalmente parejas que por motivos religiosos o sociales no quieren hacer pública su ruptura. En cuanto a las bodas, hace décadas era corriente que un notario otorgara poderes a alguien para contraer matrimonio con otra persona -generalmente, emigrante- en nombre de un tercero. También son parecidas las capitulaciones matrimoniales que establecen la separación de bienes.
Opiniones dispares.
La opinión de cada notario ante la idea de celebrar bodas es personal y también hay a quien le gusta la idea. A la decana de Castilla-La Mancha, Palmira Delgado, le parecen “estupendas” estas nuevas competencias y no ve problemas en celebrarlas en el colegio notarial, en Sigüenza, que no tiene nada que envidiar a un templo. “Tengo la mala suerte de que está en un sitio precioso y va a querer venir a casarse mucha gente”, dice en alusión a un palacete en Sigüenza. Eso sí, habrá que poner ciertos límites a una celebración que en su tránsito de la iglesia a los ayuntamientos no abandonó todo el boato, solo lo transformó. ¿Darían los notarios entrada a decenas de invitados? ¿La prima preferida podrá leer una poesía a los novios...? Nadie espera que la futura ley regule estos y otros aspectos, que quedarán a la discrecionalidad del notario. En principio, solo pueden ejercer en un determinado territorio, con excepciones en caso de enfermedad o de tener que tomar la firma de muchas personas a la vez. Para Delgado, más entusiasta, esto podría abrir la puerta a que el notario pueda también desplazarse para casar, porque advierte de que los despachos notariales “no son una basílica”. Aunque los novios tendrán que tener ojo y dirigirse al notario cuya actitud case mejor con sus deseos de celebrar o de ser discretos. Sin abandonar la sobriedad, Delgado aceptaría ciertas licencias, no vaya a ser que “vayamos a fastidiar el matrimonio”, ironiza. Sus colegas no lo ven tan claro. Sobrino recuerda que “los actos que se celebran ante notario tienen su solemnidad y su formalismo y siempre que actuamos tiene que ser con arreglo a la dignidad del momento. Se puede permitir un cierto informalismo, pero con ciertos límites”.
Las dudas -y también cierta incredulidad- afectan asimismo a los ayuntamientos, que desde 1995 tienen potestad para celebrar bodas, una práctica que en algunos casos se ha convertido en una importante fuente de ingresos. Es el caso de Roquetas de Mar (Almería), donde el Ayuntamiento ha convertido las bodas en una prioridad económica. En 2012 fueron 94 celebraciones y para el verano de 2013 ya tienen 30 reservadas, entre locales y, sobre todo, turistas. José Manuel Navarro, jefe de Protocolo, explica que el Ayuntamiento tiene dos dependencias: un salón municipal y el Castillo de Santa Ana, el verdadero reclamo de bodas, hasta el punto de que en alguna ocasión llegaron dos aviones llenos de invitados. Si no, también se celebran en el club de golf o en algún hotel, todo por los ingresos que suponen bodas que hasta ahora tenían un precio fijo, 90 euros, y que subirán con una nueva ordenanza que en algunos casos incrementará su precio dependiendo de si es en un sitio o en otro y en día laborable o festivo, hasta los 225 euros. “La orden que tenemos es que Roquetas es un sitio turístico y no ponemos pegas a fecha, hora y sitio, porque si hay un puente vamos celebrar tres bodas que van a traer a 1.000 invitados que se van a alojar en hoteles y comer en restaurantes. Eso le deja un beneficio al municipio”, resume Navarro, que duda que, aunque alcaldías y notarios tengan mucha más flexibilidad horaria que un juez, los novios prefieran ir al notario.
La cuestión económica está por ver, así como si las competencias para casar y divorciar darán un respiro a los problemas de las notarías, “muy graves” en palabras de Fernández Alu, que apunta que en 2012 cerraron 480 de las 3.000 que había en España. Junto con los registradores de la propiedad, los notarios son un cuerpo de funcionarios sin partida en los Presupuestos Generales del Estado y cuyos ingresos vienen de los aranceles con que cobran los diversos servicios, que desde 1989 no se han actualizado y se han reducido dos veces. Durante los años de bonanza no se notó, pero ahora la crisis ha llevado a la “fe pública a la situación de ruina”, incide Fernández Alu, que cree “contradictorio” aumentar las tasas judiciales y no en las notarías. “Yo creo que no nos va a sacar de pobres”, dice por su parte el decano Sobrino. En algún borrador, el arancel se ha estipulado en 30 euros, una cantidad que para Delgado “no es realista”. Supone que se fijará otro, porque aunque un matrimonio puede considerarse un “acto sin cuantía”, del “valor sentimental” no viven los notarios.
Tiempo y salud
Todo el mundo coincide en lo injusto que es el reparto del tiempo entre el trabajo y el ocio.
días atrás, desde el asiento del copiloto del coche, me propuse entretener al conductor durante todo el viaje con una charla que le mantuviera despierto. Íbamos camino de la playa a pasar unos días de descanso y le conté que la noche anterior, esta vez durante la cena de fin de año, uno de los amigos comentó cuál había sido su mayor alegría en 2012 y cuál su mayor desdicha. Lo había averiguado después de una larga noche de insomnio. Los demás no supimos qué contestar y tuvimos que pensarlo un buen rato antes de dar una respuesta. Nos tomamos un tiempo para abrir un turno de intervenciones en las que, casi por unanimidad, relacionamos los malos momentos con alguna enfermedad y los buenos con el tiempo de ocio del que pudimos disfrutar a lo largo del año. Es obvio que la mala salud se considera casi siempre una desgracia. En cuanto al concepto opuesto, nadie, curiosamente, mencionó las palabras éxito, trofeo o premio para relacionarlas con momentos de felicidad. Se puede deducir, quizá, que tener bienes no siempre es sinónimo de estar bien, como diría Emilio Lledó. Considero innecesario entrar en detalles sobre la edad o la profesión de los comensales, pero se daba la extraordinaria y feliz circunstancia de que todos teníamos trabajo. Otro par de coincidencias más: una queja generalizada sobre el exceso de horas que ocupaba nuestra vida laboral y la promesa compartida de que en 2013 pelearíamos por tener más tiempo libre.
En este último aspecto coincide todo el mundo: lo injusto que es el reparto del tiempo entre el trabajo y el ocio. Durante el largo viaje, divagamos sobre los diferentes significados que, según Chesterton, tiene la palabra ocio: poder hacer algo, poder hacer cualquier cosa o poder no hacer nada, que es de las tres la más poderosa. Hay, en estos momentos, una legión de desempleados que tiene para sí todo el tiempo del mundo, pero desgraciadamente la preocupación por resolver sus necesidades esenciales le impiden disfrutarlo. Otros tienen la suerte de trabajar, pero lo hacen casi a destajo, es decir, tampoco pueden recrearse en sus momentos de ocio. Y luego está una minoría de privilegiados que son dueños de su tiempo, aunque no siempre y no todos sepan la manera de utilizarlo.
Como lo deseable es que el reparto sea más equitativo, proliferan las propuestas sobre el modo de conseguirlo. Cada vez que tengo la oportunidad saco a relucir el clásico Elogio de la ociosidad de Bertrand Russell, donde este proponía, hace más de 80 años, la semana laboral de cuatro horas. Lejos de tan buenos propósitos, se han ido perdiendo las conquistas logradas a finales del siglo XX sobre la reducción de la jornada laboral. Francia y Alemania fueron los primeros países que derogaron la fugaz conquista histórica de las 35 horas semanales. A partir de entonces, hemos vuelto a las jornadas maratonianas que superan las 40 o 50 horas y parece que nadie se atreve a rechistar. Hemos decidido reivindicar la vieja idea keynesiana de trabajar menos para trabajar todos. Ojalá lleguemos a tiempo para disfrutarlo con salud. Fin del viaje.



