Así trabaja la Legión en Irak
El contingente español adiestra desde febrero, en cursos de seis semanas de duración, a 5.000 soldados iraquíes que luego parten a la guerra contra el Estado Islámico.
En la retaguardia del Ejército iraquí, cerca de 300 militares españoles llevan casi dos meses librando su guerra particular contra el Estado Islámico (EI). La vanguardia de los terroristas yihadistas se encuentra a 180 kilómetros de Bagdad, una vez que el EI se ha atrincherado en la ciudad natal de Sadam Husein (Tikrit), que ocupó hace medio año en su rápido avance por el norte suní de Irak y el este de Siria.
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Esta organización terrorista ha perdido terreno en las últimas semanas frente a un Ejército iraquí que vuelve a dar una imagen de cierta cohesión, aunque dicha fotografía requiera de la ayuda internacional para no repetir la desbandada del año pasado. El hecho de que Tikrit siga en manos yihadistas y de que aviones de Estados Unidos hayan tenido que bombardear esta semana sus posiciones en el centro de esta ciudad es buena muestra de las limitaciones que aún tienen los soldados fieles a Bagdad, cuya inmensa mayoría son de origen chií.
España es uno de los países occidentales que este año han enviado tropas a Irak para sostener al Gobierno de Haidar al Abadi. En esta ocasión, no lo hace para mantener el orden en las calles de este país atravesado por el Tigris y el Eufrates, sino para proporcionar al Ejército regular iraquí el adiestramiento mínimo e indispensable con el que plantarle cara a las huestes del EI. Este trabajo, que empezó a mediados de febrero con el inicio del despliegue, se hace en dos grupos. Por un lado, 34 militares de operaciones especiales están destinados en el aeropuerto de Bagdad. Por otro, cerca de la localidad de Besmaya, a unos 60 kilómetros al sur de Bagdad, se encuentra la Legión con 208 efectivos.
En el primer mes de estancia en suelo iraquí, donde las temperaturas en esta época del año oscilan entre los 30 grados durante el día a los 10 o 12 por la noche, la misión española en Besmaya colaboró en la instrucción de un millar de iraquíes de la Brigada 75. Luego, el contingente de legionarios asumió a mediados de marzo el liderazgo en el adiestramiento de otros 1.200 hombres de la Brigada 92 con la ayuda de oficiales estadounidenses integrados en la TF-2-505, conocida como The Panthers, a la espera de que se sume otro país aliado a la estructura de mando.
La última parte del plan previsto es la instrucción de otras dos brigadas más antes de que se produzca el previsible relevo en julio, de manera que cuando la Legión abandone Irak habrá capacitado a cerca de 5.000 soldados iraquíes.
Una semana de descanso.
Cada plan de entrenamiento dura siete semanas, aunque hay una de descanso a mitad de la instrucción. Los adiestradores se reparten en cuatro equipos: uno de infantería, otro de artillería, el tercero es de logística y el último, sobre planeamiento de operaciones. Los alumnos iraquíes reciben entrenamiento en técnicas de combate en diferentes entornos, así como la instrucción básica necesaria para manipular armas pesadas, caso de los morteros. Además, se les imparten clases de conducción y mantenimiento de vehículos especiales, un programa específico para desactivar explosivos y un curso de primeros auxilios.
La base de adiestramiento de Besmaya es de gran tamaño, con una zona de acuartelamiento y otra para prácticas de tiro y ejercicios de combate urbano, que se asemeja en sus dimensiones a la de adiestramiento de San Gregorio en Zaragoza, una de las más importantes del Ejército de Tierra. Los barracones que albergan a los iraquíes distan unos 300 metros del de los españoles, quienes no salen del recinto y siempre van armados por cuestiones de seguridad.
Unos y otros hacen vida por separado cuando termina la instrucción, aunque eso no quita para que haya comidas de confraternización. Y en los ratos libres, los legionarios dan clases de árabe para tener una mejor comunicación con sus alumnos iraquíes.
El trabajo empieza temprano, alrededor de las seis de la mañana, y casi nadie se va a descansar antes de la once de la noche. “Cada uno de los integrantes del contingente tiene su tarea y su misión, sabedores de que el trabajo de cada individuo repercute en el trabajo colectivo, y todos se esfuerzan por realizar su labor lo mejor posible”, asegura a Tiempo el jefe del contingente español desplegado en Irak, el coronel Julio Salom.
En estas primeras semanas en Besmaya, una de las prioridades del contingente español es acondicionar lo mejor posible las infraestructuras y los alojamientos “para disfrutar de un mínimo de comodidad” mientras se esté allí y dejarlo todo lo más acondicionado posible para el previsible relevo de la Brigada Paracaidista.
Todo ello, sin menoscabo de las labores de adiestramiento o las misiones de seguridad del conjunto del contingente. Los soldados iraquíes, una vez que terminan su formación, parten de inmediato al frente de guerra. Los miembros de la Brigada 75 fueron enviados el 5 de marzo a Kirkush, 90 kilómetros al noreste de Bagdad, para luchar contra el EI. Y lo hicieron con “cánticos y alboroto” tras un breve acto de graduación presidido por el general iraquí que dirige la 16 División.
Cuando el 14 de marzo se pasó a la formación de la Brigada 92, el teniente coronel Francisco Javier Bartolomé se dirigió a los altos mandos de la 16 División: “Nosotros no somos los jefes de la Brigada 92, ustedes son sus jefes. Podemos plantear el mejor plan de adiestramiento, pero sin el trabajo de todos no funcionará. Necesitamos su máxima implicación”. Hacia el final de la reunión, el coronel Salom, jefe del contingente español, se levantó de su asiento e invitó al general iraquí a que le acompañara al estrado.
Ejemplo de subordinación.
“Mi general, quiero que vea a este grupo de soldados americanos y españoles. Los va a ver todas las mañanas en el campo pues son nuestros entrenadores. Hemos dejado a nuestras familias en España y en Estados Unidos para ayudarles”, le subrayó delante del teniente coronel White, jefe del contingente estadounidense en Besmaya. “Aquí estamos los dos comandantes, a su disposición en todo”, concluyó el coronel en un claro ejemplo de subordinación para que los generales iraquíes sepan que en esta ocasión son ellos quienes están al mando.
El contingente español se planificó para que llegase a un número máximo de 300 efectivos, aunque a principios de marzo había 249 entre Bagdad y Besmaya, a los que se añadían otros 9 oficiales de enlace en los cuarteles generales de la coalición –siete en Kuwait y dos en la capital iraquí–. En los planes iniciales del Ministerio de Defensa se habló de 95 militares de operaciones especiales en el aeropuerto de Bagdad, pero a día de hoy solo hay 34. Y es que el calendario ha sufrido retrasos desde que el Congreso de los Diputados autorizó a finales de octubre esta misión, cuyo coste previsto es de 35 millones de euros para los primeros seis meses.
Estaba previsto de inicio que el despliegue fuera el siguiente: 30 efectivos antes del fin de 2014, 150 a mediados de enero y otros 120 a mediados de febrero, pero las trabas burocráticas trastocaron el plan. Aparte de las autorizaciones de sobrevuelo en el espacio aéreo iraquí, hubo que acordar con el Gobierno de Bagdad un estatuto que otorga a los militares españoles un régimen similar al diplomático para ofrecerles inmunidad mientras dure su trabajo en el país árabe.



