Así acabó el CNI con ETA
Después del atentado de la T-4 de Barajas, los servicios secretos desplegaron sus agentes por primera vez en Francia y desde 2008 fueron cayendo una tras otra las cúpulas de la banda terrorista.
El salto técnico dado por el Centro Nacional de Inteligencia (CNI), que lo capacitó para controlar las comunicaciones de ETA, la participación directa de los espías en la persecución de los comandos en el sur de Francia y el uso de infiltrados y penetraciones clandestinas, son algunas de las técnicas que cambiaron el rumbo de la lucha contra ETA y han permitido conseguir desde las sombras el fin de la banda.
El 22 de marzo de 2006, ETA enviaba un comunicado a la EITB, la televisión pública vasca, en el que anunciaba un “alto el fuego permanente” con la intención de “superar el conflicto” con el Estado. Después de casi tres años sin causar víctimas mortales, la banda terrorista utilizó un concepto similar al del IRA para dar el primer paso en la iniciación del proceso de paz en Irlanda del Norte.
El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, creyó desde el primer día que esta podía ser la ocasión definitiva para que abandonaran las armas. Su escudero para dirigir las conversaciones, Alfredo Pérez Rubalcaba, al que designó ministro del Interior en abril, pocas semanas después del anuncio de ETA, también confiaba en conseguir un hito histórico apoyándose en los pasos recorridos en secreto hasta ese momento. El CNI, dirigido por Alberto Saiz, por el contrario, se mostraba escéptico, en el centro nunca creyeron que fructificaran las conversaciones, desde el primer día actuaron como si no fueran a producirse resultados y comenzaron a preparar el día después. No manifestaron una opinión contraria al proceso porque sabían por sus propios análisis en las negociaciones llevadas a cabo por los Gobiernos anteriores, que sentar a una mesa a representantes de la banda siempre ofrecía buenos resultados porque el fracaso producía un inmediato descrédito de ETA en los ambientes que les apoyaban.
Durante los nueve meses que duró el “alto el fuego permanente”, Rubalcaba blindó la negociación alejando de la lucha contra ETA al CNI y la Guardia Civil, de tal forma que la Policía Nacional, que él controlaba directamente y era de su máxima confianza, fuera quien estuviera en primera línea y evitara que nadie metiera la pata deteniendo o dando pasos en falso que repercutieran negativamente en la negociación.
El CNI aceptó su alejamiento del frente de batalla, activó todos los medios para prepararse para el día en que ETA blandiera de nuevo las armas y se puso a trabajar en lo que mejor hacía hasta ese momento: espiar el entorno etarra, a los intermediarios, a los negociadores y a todos los que estaban implicados en el proceso, ya fuera en países como Suiza o en la retaguardia política y militar en el País Vasco. Ya antes de oficializarse los encuentros y durante todo el tiempo que duraron, facilitaron a La Moncloa información alternativa sobre lo que estaba pasando, lo que permitió a Zapatero contrastar los datos que le llegaban de manera más oficial de Rubalcaba.
El 30 de noviembre de 2006, cortando de raíz las grandes esperanzas en un acuerdo de paz manifestadas en público por el presidente del Gobierno, ETA colocó un coche bomba en la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas. Mataron a dos ecuatorianos, lo que cerraba las puertas a cualquier intento posterior de reabrir las negociaciones. El sector duro de la banda, encabezado por su jefe militar, Mikel Garikoitz Aspiazu, Txeroki, había acabado con la posibilidad de un pacto. De nuevo volvía la guerra abierta.
Los investigadores señalaron como responsables del atentado a los cuatro integrantes del comando Elurra. Dos de ellos cayeron una semana después en Guipúzcoa cuando ya preparaban una reedición del último atentado. Los otros dos fueron perseguidos por los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, pero fue el CNI el que encontró la pista que llevó hasta su paradero.
Piratear ordenadores
La División Técnica del CNI había pirateado el ordenador de un colaborador de la banda que se puso en contacto con uno de los perseguidos. Los mandos del CNI decidieron que no debían limitarse a entregar la información a la Guardia Civil para que, en unión a la Gendarmería francesa, procediera a explotar los datos y conseguir las detenciones. Propusieron participar ellos en el operativo de búsqueda para que la información que obtuvieran les llegara con más nitidez y la experiencia beneficiara a sus actuaciones futuras. Y también para actualizar su conocimiento sobre los mecanismos de trabajo de los terroristas de ETA. De esta forma, en los equipos de trabajo que persiguieron a Joseba Iturbide y Mikel San Sebastián no solo había agentes de la Guardia Civil y la Policía francesa, sino también agentes operativos del CNI.
Tras la detención de los dos terroristas, concluyó la desarticulación de todo el comando que había efectuado el atentado contra la Terminal 4 y pasaron a dedicar todos sus esfuerzos a cazar a Txeroki, el número uno de ETA, responsable de promover la ruptura de las negociaciones. En noviembre de 2008, un equipo operativo del CNI fotografió a un sospechoso durante el encuentro con un etarra al que vigilaban. Nadie le identificó en un primer momento, hasta que el servicio secreto consiguió hacerlo por medios técnicos: se trataba, nada más y nada menos, que de Txeroki. Las fotos que había de él eran antiguas y el cambio de apariencia había sido inteligente, pero le habían descubierto.
El 17 de noviembre de 2008, en Cauterets, una localidad de los Pirineos en el suroeste de Francia, las fuerzas de seguridad francesa detenían a Mikel Garikoitz. Junto a los asaltantes de la casa iban los guardias civiles, como se contó, y agentes del CNI, como se ocultó.
Dos semanas después, el 8 de diciembre, el trabajo en la sombra del CNI ofreció los datos necesarios para que sobre el terreno los equipos operativos encontraran a Aitzol Iriondo Yarza, Gurbitz, que había sido el lugarteniente de Txeroki hasta su detención y que había asumido el papel de jefe militar. Fue detenido en Gerde, también en el sur de Francia. Un nuevo golpe que aumentó la desmoralización que se empezaba a palpar en ETA, que no terminaba de entender cómo las fuerzas de seguridad conseguían localizarlos. En sentido contrario, esta detención subió la moral en la Guardia Civil, pues consideraban que Iriondo Yarza era el autor material un año antes del asesinato de dos de sus compañeros en Capbreton.
Después siguieron las detenciones de todo aquel que ocupara la máxima responsabilidad en ETA. No habían pasado dos años desde la captura de Txeroki, en mayo de 2010, cuando otra operación permitió la detención de otro jefe de ETA. Mikel Kabikoitz y su lugarteniente Arkaitz Aguirregabiria. Fueron apresados sin imaginar que su localización había sido provocada por una conversación entre dos colaboradores de la banda que hablaban de “prestarse las llaves del piso de Bayona”. Esa charla había sido interceptada por el CNI.
El 20 de octubre de 2011, tras sucesivas caídas de las cúpulas de ETA, quedó patente que la banda terrorista había perdido la guerra. Gracias a la guerra invisible aplicada por el CNI de Alberto Saiz, los etarras cayeron en la desmoralización y anunciaron el fin de 43 años de terror con 829 víctimas mortales. Ese día difundieron un comunicado hablando del “cese definitivo de la actividad armada”.
Se ampararon en la petición que unos días antes les habían formulado seis personalidades internacionales en una conferencia en San Sebastián y posteriormente diversos dirigentes de la izquierda aberzale. El presidente Zapatero, en una intervención desde La Moncloa atribuyó el mérito del final de ETA al esfuerzo de todos los Gobiernos democráticos, a las fuerzas de seguridad, a la colaboración internacional, especialmente la francesa, a la unidad de los partidos y a la sociedad española, con un recuerdo especial a todas las víctimas. No hizo referencia al CNI, como suele ocurrir con frecuencia, que había jugado un papel decisivo en el final, pero también en todos los años en que había durado la pesadilla de ETA.
Hace unos días, ante la negativa de los Gobiernos español y francés en estos años para acordar una salida negociada a la entrega de las armas y su disolución a cambio de un trato especial a sus presos, los restos de ETA han anunciado que el próximo 8 de abril entregarán de forma unilateral, sin recibir nada a cambio, las armas y explosivos que todavía mantienen escondidos, aunque una gran parte están ya en desuso. Se duda de que entre las armas se encuentren algunas pistolas utilizadas en atentados, porque podrían llevar a abrir juicios que implicaran a terroristas presos o que ya están en libertad.


