40 años de la primera negociación
En 1976 se reunieron en un hotel de Ginebra un representante del Gobierno y dos etarras.
Fue el 30 de noviembre de 1976, en una elegante habitación del hotel D’Alleves de Ginebra. Ángel Ugarte, en la cuarentena, vasco, militar, casado, tres hijos, jefe de la delegación en el País Vasco del CNI de entonces, el Servicio Central de Documentación (Seced). Enfrente del representante del Gobierno, Javier Garayalde, Erreka, miembro del comité ejecutivo de ETA p-m, y Jesús María Muñoz Galarraga, Txaflis, uno de los hombres más buscados tras su fuga de la cárcel de Segovia.
Fue la primera vez en la historia en la que en torno a una mesa se celebraba una reunión entre ETA y representantes del Estado. La iniciativa había partido de la banda terrorista. Enrique Knorr, el intermediario, que había entablado una relación de confianza con Ugarte, se lo comunicó un día. Antes el agente del Seced fue puesto a prueba para confirmar su grado de influencia ante el Gobierno. Conseguir, por ejemplo, que la mujer y la hija de Iñaki Mújica, Ezkerra, que estaba refugiada en el sur de Francia, pudieran verle unas cuantas horas. Ugarte las llevó en su coche, él solo, mostrando un interés y una humanidad sorprendentes.
Salida política
El premio a sus esfuerzos se lo puso en bandeja Knorr: ETA p-m –escindida de ETA militar– quería negociar con él, ver la posibilidad de buscar una salida política que justificara su abandono de las armas. Se quedó felizmente sorprendido. Habló con el jefe del Seced, Andrés Cassinello, le encantó la idea. Con el presidente Adolfo Suárez, “si es posible consigue una tregua para antes de las próximas elecciones”, le dijo.
Todo más improvisado, menos formal que las muchas negociaciones que se sucederían a lo largo de los siguientes 40 años. Un solo hombre, un espía, se iba a reunir con dos terroristas de ETA con los que había quedado, como si de una cita de la Guerra Fría se tratara, en la puerta del edificio de Correos de Ginebra. Se vieron, se identificaron y fueron andando unos minutos hasta el hotel. Quizás les vigilaban agentes del espionaje suizo. Seguro que les seguían miembros de ETA y varios operativos del servicio secreto español.
Cada una de las palabras que pronunciaron en aquella habitación fueron grabadas y están guardadas en el archivo del CNI. También las fotografías que se hicieron con una cámara cuyo objetivo estaba pegado a un agujero de una inocente bolsa de deportes colocada frente a los etarras. Eran otros tiempos, las cámaras de fotos hacían ruido, por lo que tuvieron que comprar un aparatoso despertador que hiciera aún más.
Los etarras le insinuaron que el tiempo de las armas ya había pasado, querían fundar un partido y que el Gobierno no solo no se lo impidiera, sino que les ayudara. Ugarte estaba feliz. Otra cosa fue el resultado de la siguiente reunión, menos de dos semanas después.
Boicotear los contactos
Los poli-milis se empeñaron en que acudieran representantes de los milis, la facción intransigente, la que quería seguir matando hasta conseguir la independencia del País Vasco. En otro hotel de la misma ciudad, esta vez elegido por los etarras, se sumaron los duros José Manuel Pagoaga, Peixoto, y José Luis Ansola, Peio el viejo. Quedó claro desde el primer momento que ETA militar solo quería boicotear los contactos.
Los poli-milis tardaron unos años, pero abandonaron la lucha armada. Los duros segaron la vida de más de 800 personas. Ángel Ugarte, el héroe de aquella historia, ya no tiene en su casa el viejo despertador que a la vuelta del viaje le regaló a su mujer –sin explicaciones– y que tapó el ruido de la cámara al hacer fotos. Todavía recuerda cuál fue el objetivo de aquellas primeras negociaciones en las que arriesgó su vida: “Sabía lo que me jugaba, había que acabar con ETA”.


