Unai Sordo

29 / 03 / 2017 Javier Otero [Foto:Txetxu Berruezo]
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Candidato a la secretaría general de Comisiones Obreras

“España debe decidir si se gasta el 15% del PIB en pensiones”

Foto:Txetxu Berruezo

¿Ha habido una crisis de imagen de los sindicatos. ¿Cómo revertirla?

Creo más bien que ha habido una crisis de las legitimidades de todas las organizaciones y de todo el aparato institucional porque no han sido capaces de hacer frente a las demandas de la mayoría social. ¿Cómo revertirlo? Siendo capaces de pegarnos al terreno y de retomar una presencia continua ante trabajadores que no han vivido las viejas legitimidades de los sindicatos, porque se les consideraba representativos de la clase trabajadora sin tener que dar muchas explicaciones. Habrá que tener una actitud de mucho vínculo al problema real, porque ha cambiado mucho la tipología de problemas de la clase trabajadora.

 

¿Los precarios forman parte de la clase trabajadora?

Es evidente que forman parte de la clase trabajadora. El problema es que sirve para poco si el trabajador no siente que sus derechos laborales tienen que ver con una organización colectiva. Hace 15 o 20 años el mundo del trabajo era más homogéneo. Los trabajadores eran más parecidos en sus realidades laborales y personales, en sus reivindicaciones... Hoy es muy diverso. El sindicato tiene que interpretar esas realidades de forma diversa, pero buscando también el interés colectivo.

¿Por qué no tuvieron más protagonismo los sindicatos en movimientos como el 15-M?

Yo conozco mucha gente de sindicato que participó en sus ciudades en los movimientos del 15-M. No fueron dos realidades separadas. Pero evidentemente hay que hacer una reflexión. Ha habido un proceso de socialización distinta de la población trabajadora con un sesgo generacional importante que ha sentido que sus expectativas de vida se venían abajo muy rápido y también fruto de una cierta despolitización. Con la crisis hay una organización de forma más difusa, más en red, no en los partidos y sindicatos tradicionales. Una parte de la ciudadanía que ha entendido que quizá el trabajo no era el principal elemento de organización e identidad colectiva. Ahí tenemos un reto. Tenemos que generar una prioridad absoluta como es la lucha contra esa precarización que tiene un efecto letal, porque si la gente se siente precaria, outsider, es muy difícil que se organice en el mundo del trabajo.

 

¿Ahora es un momento adecuado para plantear una huelga general que consiga la derogación de la reforma laboral?

Ahora hay una dirección vigente que es quien tiene que interpretar estas cuestiones. Sí creo que vamos a un proceso de movilización creciente, sobre todo si no se da salida a los convenios colectivos. Si en un contexto de recuperación la gente que ha pagado las consecuencias de la crisis ve que ese crecimiento no repercute en su salario y sus condiciones de vida, puede haber una movilización creciente. Suele ser en los momentos de remontada económica en los que, si no se reparte adecuadamente se producen los elementos de contestación.

Ahora no hay un Gobierno con amplia mayoría y también puede convocar elecciones. Los partidos tramitan derogaciones de leyes... ¿No se les va a pasar la oportunidad?

Agua pasada no mueve molino, pero yo creo que no haber cambiado el Gobierno tiene consecuencias y estas son que aunque el Ejecutivo de Rajoy es más débil, evidentemente está jugando también con el botón rojo del adelanto electoral.

 

¿No le pareció bien que no se llegara a un acuerdo para un Gobierno alternativo?

Claro que hubiera sido bueno un Gobierno distinto con un programa distinto.

 

Ha habido una gran contestación a la corrupción, que también ha salpicado a los sindicatos ¿Qué puede hacer Comisiones Obreras para limpiar esa mancha?

Más bien qué se ha hecho. Lo que se ha hecho es tomar medidas sobre cosas que yo ni pensaba que nos podrían pasar, como las tarjetas black, y sobre gobierno y control interno que hacen que la repetición de estas cosas sea muy compleja. Hay que ser cristalino y hacer mucha pedagogía sobre cómo se financian los sindicatos.

¿Qué le parecen las voces que cuestionan a los liberados sindicales?

Comparados con Europa, somos de los países que más cobertura damos a través de la negociación colectiva y también de los que tienen menos recursos sindicales que proceden de las horas sindicales o de los recursos de la Administración para los sindicatos. El discurso contra los liberados, tal como se plantea, me parece reaccionario. Renunciar a los liberados sindicales es renunciar a la solidaridad de los sindicatos con aquellos trabajadores, que son la mayoría, que están en las pequeñas y medianas empresas, que no pueden tener un recurso sindical, que no pueden elegir un delegado sindical.

¿Ha sido negativo hacerse la foto con Mariano Rajoy?

La cuestión es más profunda. La foto no es más que una expresión gráfica de la existencia de una relación con patronal y Gobierno. La cuestión es si los espacios de diálogo y concertación son necesarios. En mi opinión, si los sindicatos renunciáramos a estos espacios, estaríamos haciendo un favor al neoliberalismo, que pretende que los sindicatos fuéramos prescindibles. No debiéramos ponerles en bandeja ese escenario. Sería un error estratégico. Sí es verdad que en este momento los frutos de ese diálogo han sido nimios.

 

Sería el primer secretario general que no ha vivido el franquismo. ¿Qué carácter imprime esto?

Evidentemente, la generación de los que nacimos en los setenta no hemos vivido la épica de la lucha contra el franquismo y hemos conocido un mundo del trabajo distinto a las viejas empresas donde cientos de trabajadores compartían un espacio físico. Somos más hijos de la precariedad, de esos itinerarios laborales discontinuos... Yo creo que se pueden hacer análisis lúcidos en el sindicato con 60 años, pero la forma de entender las cosas es distinta cuando has sido nativo de esta realidad y no de la lucha desde la clandestinidad.

Hay gente que dice que Comisiones Obreras no es ya la de Marcelino Camacho y eso lo consideran malo. ¿Cómo lo ve?

Aquellas eran hijas de otro tiempo y otro país. Pero si te fijas, muchas de las cosas que estoy diciendo, de la necesidad de una penetración más cercana al puesto de trabajo se parece bastante al propio origen de Comisiones Obreras. Esta realidad histórica no tiene mucho que ver. Pero tenemos que dar un salto para que la gente entienda que sin organización no va a haber un cuadro de derechos laborales. Ahora, eso hay que hacerlo en el siglo XXI, donde hay situaciones de explotación pura y dura, de precariedad extrema, casi de feudalismo laboral, pero hay sectores de alta tecnología o en proceso de digitalización. Esto exige una respuesta distinta.

 

¿Es usted de la generación que critica la Transición y que piensa actuar de otra manera?

Yo creo que no es bueno ni mitificar los tiempos ni el discurso absolutamente edulcorado de la Transición, como una especie de maravilloso pacto de élites, donde hubo dos o tres personas con una visión de Estado. Yo ese discurso no lo comparto en absoluto. Ni creo que se deba hacer un discurso ventajista desde la realidad de 2017 para abstraernos de los condicionantes de aquel momento. El dictador murió en la cama, pero la Transición se encarriló en las calles. Yo no comparto que la Transición fuera un modelo que saliera como tenían diseñado las élites que salían del franquismo. Hubo un primer intento continuista, el franquismo sin Franco, que fue contrarrestado con una auténtica galerna de huelgas promovidas fundamentalmente desde aquellas incipientes Comisiones Obreras y de los entornos progresistas, fundamentalmente del PCE. No reconocer aquel valor es hacer un flaco favor a nuestra historia. Luego, hubo una transacción y un pacto que lleva a un sistema democrático que es comparable a las democracias del entorno.

¿Estamos condenados a no alcanzar los niveles de paro de antes de la crisis hasta 2030?

Condenados, no. Depende de las políticas económicas. Para nosotros no hay salida de la crisis si no hay distribución de la riqueza, y la mejor forma es la generación de empleo.

               

¿Estamos condenados a ser un país de camareros?

Un país no puede resignarse a que su aparato productivo esté marcado por sectores con muy poco valor añadido, ligado a actividades de temporada y a empleo de baja calidad. Las políticas de austeridad tienen que ver con una distribución funcional en los países de Europa en la que los países del Sur tienen asignadas determinadas funciones. No podemos resignarnos a eso.

¿Las pensiones tendrán que ser inevitablemente precarias?

España tiene que decidir si está dispuesta a mantener alrededor de un 15% de su PIB para pagar pensiones en los años en los que se junten pensionistas con pensión más alta y más años. Esto ya lo sabíamos. Por eso habíamos puesto las medidas oportunas para hacer frente a ello. Los ajustes tenían que ver con los ingresos, no tanto con la reducción de las pensiones. Luego vinieron las políticas de austeridad. Pero esto se puede revertir si estamos dispuestos a gastarnos en pensiones lo mismo que se gasta Francia o Italia. 

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