Rafel Nadal
Fue director de El Periódico de Catalunya, pasó por El País y ahora colabora en La Vanguardia. Prefiere los libros al periodismo. Planta tomateras y hace conservas y confituras. Es, dice, “muy del huerto”
El cintillo de su nuevo libro, La maldición de los Palmisano, dice de usted: “Un descubrimiento literario”. ¿Es para tanto?
Eso yo no lo puedo decir. Tengo muchas ganas de dedicarme solo a la literatura y estoy muy contento de los pasos que he ido dando. Pero si soy un descubrimiento o no, lo tiene que decir usted.
En las primeras 50 páginas ya mata a veintiuna personas de la misma familia. Como para querer ser personaje de sus libros.
Pero tenía que hacerlo, para demostrar la maldición, el fatalismo. Son muertes grotescas, las de una familia del sur de Italia que va a morir a la batalla del Isonzo, que se produce 17 veces en cuatro años, y donde pierden la vida, sin saber por qué, miles de italianos y de austriacos.
En su perfil de Wikipedia pone: nacionalidad, catalana. No le hace falta esperar a plebiscitos.
Yo no lo he puesto. Soy muy realista. No soy de los que hacen política virtual. Si de momento la nacionalidad es española, pues es española. Lo que también digo es que este tema se va a solucionar solo votando. Creo que merece un esfuerzo político para hacer una Ley de Claridad a la canadiense y enfocar un referéndum con todas las garantías.
¿A usted España le roba?
No. No me gusta ni el sujeto (España) ni el verbo (robar) ni el resultado individual de la acción (a mí); pero las clases medias y populares de Cataluña sufren una doble discriminación, como trabajadoras y como catalanas, porque es la comunidad donde los salarios se han devaluado más con la crisis, hay más impuestos y la vida es más cara.
Su primer recuerdo infantil es una confitería de Gerona. ¿Le va el pasteleo?
No el pasteleo, sí los pasteles. Los escaparates de las pastelerías dan una aproximación muy clara al día a día de la ciudad, porque allí entran los que comen pasteles siempre, miran los que no los comen nunca y pasean por delante los que saben que van a tener que esperar mucho, pero que un día podrán entrar para celebrar alguna cosa.
Cuando escribió Los mandarines: Pujol, Maragall, Montilla, De la Rosa, Prenafeta y la Familia Real, ¿eligió lo mejor de cada casa? ¿Qué flor destaca en ese ramillete?
Pujol era el que estaba más preocupado por el futuro, por no tener una imagen icónica como la pirámide del Louvre de Mitterrand o los Juegos Olímpicos de Maragall, y resulta que al final pasará a la Historia como la imagen de la corrupción.
¿Le ha cundido la homonimia con el supertenista?
Me ha servido para que me den unas habitaciones de hotel maravillosas cuando reservo, o para ver la cara de decepción de las jóvenes que esperan al tenista y ven que el Rafa Nadal que llega soy yo.
No se come una rosca a costa del tenis.
No. Pero tengo también llamadas divertidas a casa: “Bonjour, Rafael, je suis Brigitte, Martine me ha dado tu nombre; y yo: ¿Martine? No conozco, no caigo”. Y mi mujer se descojona.
¿Pero acostumbra a bajar a la red?
Sí. Estar devolviendo golpes desde el fondo está bien un rato, pero luego necesitas pasar al ataque en términos de combate dialéctico, porque si solo estás al fondo aguantando, al final fallas una bola.
¿La principal diferencia entre los Rafas Nadal es que usted no es madridista?
Esa es una. Y luego, que él es isleño, y a mí me gustaría mucho serlo. Me encanta el mundo de las islas mediterráneas. Tienen un algo muy especial, y el libro que hace más tiempo que estoy escribiendo es uno de historias humanas ambientadas en las islas griegas e italianas.



